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Con el dedo en los labios: la niñez en el antiguo Egipto | Columnas de Egipto | Huellas de la Historia

Durante tres milenios, los niños egipcios estuvieron ahí, pero casi nunca dejaron su propia voz. ¿Cómo era realmente crecer, jugar, aprender, enfermar y sobrevivir a la niñez en el antiguo Egipto? 


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Cuando un escriba egipcio necesitaba escribir “niño”, dibujaba una figura sentada y desnuda que se lleva el dedo índice a la boca. El signo se repite durante tres milenios y, sin embargo, los niños de carne y hueso son una de las presencias más esquivas del valle del Nilo. Lo que quedó son tumbas de familias acomodadas, papiros redactados por funcionarios varones y objetos que los excavadores del siglo XIX apartaron por considerarlos menores.


La invizibilización de la niñez

Amandine Marshall plantea que se trata de seres que estaban ahí todo el tiempo y que resultaron invisibilizados de doble manera; primero para quienes escribieron las fuentes y después para quienes las estudiaron. Reconstruir esa experiencia obliga a indagar, de manera conjunta, en huesos, recetas médicas, conjuros, ajuares y listas de ausencias laborales, y a asumir que buena parte de lo que sabemos llega por vía negativa debido a que nuestro entendimiento de los niños egipcios proviene de las producciones generadas por sus padres frente a lo que temían que les pasara.

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La lengua tampoco ayuda a delimitar el objeto. No existía un término abstracto equivalente a “infancia”. Había, en cambio, un abanico de palabras que se superponen sin corresponder a franjas de edad: kherd, la más frecuente; sheri, “el pequeño”; nekhen, aplicable al recién nacido; hun, el muchacho. Algunas designan también a adultos en posición subordinada, un sirviente o un aprendiz, de tal forma que el vocabulario habla menos de años que de dependencia. Los egipcios, además, no llevaban registro de la edad ya que nadie celebraba cumpleaños ni consignaba fechas de nacimiento, y el tiempo personal se contaba por hitos como el destete, el corte del mechón lateral, la circuncisión, el primer jornal, el matrimonio, o por los años de reinado del faraón de turno. Los ciento diez años que los textos sapienciales fijan como vida ideal son una cifra simbólica, no una expectativa. La niñez como etapa con necesidades propias es, en buena medida, una categoría que nosotros proyectamos sobre los egipcios.


Maternidad en el antiguo Egipto

Lo que sí está documentado (y aquí, querido/a lector/a, te sugiero leer las investigaciones de Marshall en torno a la maternidad) es el deseo de tener hijos. Una descendencia numerosa significaba brazos para la tierra, sostén en la vejez y, sobre todo, alguien que mantuviera el culto funerario y pronunciara el nombre del muerto, condición para seguir existiendo. Las instrucciones sapienciales insisten en casarse joven y engendrar pronto. La esterilidad se atribuía siempre a la mujer y contra ella se movilizaba un repertorio que integraba consulta médica, peregrinación y ofrenda: figuras femeninas depositadas en santuarios de Hathor, exvotos en forma de falo, invocaciones a Bes y a Tueris. Aquellas estatuillas de mujeres desnudas que la egiptología decimonónica bautizó como “concubinas del muerto” se leen hoy como pedidos de fecundidad, tanto para vivos como para difuntos. Cuando nada funcionaba quedaba la vía jurídica; el llamado Papiro de la Adopción, de época ramésida, muestra a un matrimonio sin hijos adoptando y liberando criaturas para constituirse herederos legales.


Niñez y medicina en Egipto

La medicina egipcia acompañó ese deseo. El papiro ginecológico de Lahun, y más tarde los papiros Ebers y Berlín, reúnen diagnósticos, pronósticos y pruebas. La más famosa consistía en que la mujer orinara durante días sobre dos bolsitas, una con cebada y otra con trigo escanda: si algo germinaba había embarazo y el cereal que brotara anunciaba el sexo. José Miguel Parra suele señalar este tipo de hallazgos como “auténticas primeras veces de la historia”, junto a las recetas anticonceptivas que combinan acacia, miel, natrón y un tapón de hilas, una mezcla que la química moderna no considera del todo inútil. Marshall observa ciertas contradicciones en lo referente a estos mecanismos: los mismos papiros ofrecen diagnósticos contradictorios para síntomas idénticos y, más revelador aún, no proponen ningún tratamiento para evitar un aborto espontáneo ni para aliviar un parto difícil. Esos dos vacíos no se llenaban con medicina sino con magia, porque la pérdida del embarazo se atribuía a la acción de espíritus hostiles y no a una causa corporal.



El parto ocurría en casa y sin profesionales. La administración egipcia, tan minuciosa con los títulos, no registra un oficio de partera: asistían la madre, las hermanas, las vecinas, mujeres con experiencia acumulada. La parturienta no se acostaba; se acuclillaba sobre dos o cuatro ladrillos, un dispositivo tan cargado de sentido que la diosa Mesjenet se representa como un ladrillo con cabeza humana. En 2001 apareció en Abidos un ejemplar pintado del Reino Medio, con la imagen de una madre, su recién nacido y las asistentes. Varios ostraca de Deir el-Medina muestran a una mujer sentada en un lecho bajo una pérgola de vides, peinada por una sirvienta, en lo que se ha interpretado como el pabellón donde transcurrían los días del alumbramiento. 


Literatura y maternidad en Egipto

El relato más vívido, sin embargo, es literario y lo podemos encontrar en el papiro Westcar, Isis, Neftis, Mesjenet y Heket se disfrazan de músicas ambulantes para asistir el parto triple de Reddjedet, mientras el dios alfarero Jnum modela los cuerpos. La escena idealiza algo que era peligroso de verdad. Los cementerios muestran un índice de mortalidad femenina en plena edad fértil, consecuencia de hemorragias, infecciones, presentaciones anómalas y pelvis todavía inmaduras. Superado el trance venía un tiempo de reclusión. Las listas de asistencia de la aldea de los constructores registran obreros que faltan al trabajo porque su mujer está dando a luz o porque debe purificar a su hija y sugieren un período de aislamiento de alrededor de dos semanas, compartido por la madre y el recién nacido. En algún momento de esos días llegaba el nombre, que se imponía enseguida y sin ceremonia conocida. Esto último no era una formalidad, nombrar equivalía a confirmar que ese cuerpo diminuto existía, del mismo modo que pronunciar el nombre de un difunto lo sostenía en el más allá. Muchos nombres funcionaban como escudos al invocar a Amón, a Ptah, a Hathor para que amparen a quien los lleva, otros aluden a las circunstancias del alumbramiento y casi todos convivían con un apodo doméstico.


Alrededor de la cuna se desplegaba también un aparato de predicción: se creía que las Siete Hathores acudían al nacimiento para fijar el destino de la criatura, y existían calendarios que asignaban a cada día del año un carácter fasto o nefasto y permitían anticipar, a partir de la fecha, qué le esperaba a quien había nacido en ella. A partir de ese momento el mundo se volvía una suerte de campo minado. La colección de conjuros del papiro Berlín 3027, escrita para proteger a la madre y a la criatura, describe a los muertos y los demonios que se acercan de noche a llevarse al niño, y ordena expulsarlos con fórmulas, nudos, cuentas y leche de una mujer que haya dado a luz un varón. Las varitas de marfil de hipopótamo, grabadas con leones, serpientes y genios armados de cuchillos, servían probablemente para trazar un círculo protector alrededor del lecho, aunque Marshall indica que, en la actualidad, ignoramos los pasos precisos del procedimiento. Bes y Tueris vigilaban desde los reposacabezas, las camas y los mangos de los espejos. El modelo mítico de todo esto era la infancia de Horus, escondido por Isis en los pantanos del Delta y picado por un escorpión, episodio que dio origen a las estelas curativas sobre las que se vertía agua para bebérsela después. Los peligros concretos no eran menores que los invisibles: canales e inundaciones, cocodrilos, escorpiones, hornos domésticos, malaria, tuberculosis, parásitos intestinales y diarreas. Según los cálculos de Marshall, cerca de un tercio de los nacidos no llegaba a los cinco años. Frente a esa amenaza, los recursos volvían a repartirse de manera desigual: consultar a un médico titulado, con su formación en la Casa de la Vida (la Per Ankh que analizamos en Columnas de Egipto anteriores) y su acceso a fármacos de procedencia extranjera, era un privilegio de las familias de la corte y de la administración, mientras que en las aldeas la terapéutica quedaba en manos de remedios caseros, ensalmos y mujeres con reputación de saber.


Contra este mosaico de peligros y medidas de protección de la vida del infante (incluso de la madre) se entiende la importancia de la lactancia. La instrucción de Any se lo recuerda al lector como una deuda impagable: su madre le dio el pecho durante tres años y después lo llevó a la escuela cargando su pan y su cerveza. Amamantar espaciaba además los embarazos, de modo que el ritmo de la fecundidad seguía el ritmo del destete. La nodriza fue, por eso, una de las pocas ocupaciones femeninas con prestigio real. Maia, la nodriza de Tutankamón, recibió una tumba propia en Saqqara y las familias de las nodrizas reales entraban en la órbita del palacio, donde sus hijos crecían como “hermanos de leche” del futuro rey. Contratos de época tardía detallan las obligaciones del oficio, desde la dieta hasta la prohibición de amamantar a otra criatura. La leche humana también era medicamento y se conservaba en vasijas con forma de mujer arrodillada que sostiene a su hijo. Cabe destacar que no había cunas, los bebés viajaban en un cabestrillo de tela a la espalda o la cadera de la madre mientras esta molía, tejía o iba al mercado. El destete, en cambio, era un umbral temible, porque sustituía la leche por papillas de cereal y agua de canal justo cuando la protección inmunitaria materna se retiraba.


Los que sobrevivían jugaban

Se conservan pelotas de lino y papiro, trompos, animalitos de madera con mandíbulas móviles y figuras de barro cocido; en las paredes de Beni Hasan se conservan escenas de juegos de fuerza, malabares y acrobacias. Sin embargo, debemos ser cautelosos en la forma en que entendemos estos objetos o las representaciones que aún subsisten en las paredes, al respecto, Marshall, señala que muchos objetos catalogados como juguetes en los museos podrían ser exvotos o piezas rituales y la frontera entre juego y culto resultaría porosa más que sólida. También el aspecto de los niños exige matices. El arte egipcio los muestra desnudos, con la cabeza rapada salvo un mechón lateral trenzado, pero se trata de una convención: en los poblados aparecieron prendas de talla infantil y los inviernos del valle no invitaban a andar sin ropa. La desnudez y el mechón indicaban una condición, no un vestuario. El resto de la figura confirma que a los artistas les interesaba poco la anatomía infantil, salvo excepciones, los niños se dibujan como adultos en miniatura, con las mismas proporciones y la misma pose rígida, reducidos de tamaño según una escala jerárquica que medía importancia y no estatura. Los bebés casi no aparecen. Lo que el arte egipcio representa no es una edad sino un lugar en la familia.


Niñez y clase social en Egipto

Es en el trabajo y la instrucción donde la pertenencia social decidía casi todo. Los hijos de la elite aparecen en las tumbas junto a las piernas de sus padres, con nombre y título y, hacia los cinco años, empezaban el aprendizaje de escriba, copiando, memorizando y recibiendo golpes: la Per Ankh egipcia repetía que el oído de un muchacho está en su espalda y que escucha cuando se lo azota. Algunos ingresaban al kap, la institución palaciega donde se criaban los príncipes junto a hijos de altos funcionarios y de reyes extranjeros. La Sátira de los oficios pone en escena a un padre que lleva a su hijo a la Per Ankh de la capital y le describe la miseria de todos los demás trabajos para convencerlo. De ese aprendizaje quedan huellas materiales muy concretas; en la Per Ankh del Ramesseum, donde la propia Marshall excavó, aparecieron borradores escolares con copias de textos clásicos, errores y correcciones al margen, el equivalente egipcio de un cuaderno de clase. Semejante camino estaba al alcance de una minoría diminuta ya que se calcula que el 1% de la población sabía leer. Los demás empezaban a trabajar hacia los cinco o seis años, espantando pájaros de los sembrados, espigando, acarreando agua, cuidando cabras o ayudando en el taller familiar; las niñas molían grano y aprendían a hilar y tejer al lado de sus madres y, en aldeas como Deir el-Medina, el oficio pasaba de padre a hijo por herencia casi automática. La osteología confirma el costo de este modo de vida signado por la clase social, en los cementerios de trabajadores abundan restos óseos con lesiones vertebrales, anemia y detención del crecimiento, cuerpos que cargaron peso antes de terminar de formarse. La brecha entre varones y mujeres corría en paralelo a la de clase social. Las niñas quedaban fuera de la escuela de escribas (cabe aclarar que las mujeres alfabetizadas, incluso dentro de la elite, eran casos excepcionales) y su formación era enteramente doméstica y textil, en un trabajo que sostenía buena parte de la economía familiar sin figurar en ningún registro. En las paredes de las tumbas se las representa con menos frecuencia que a sus hermanos. El derecho era, quizás, más parejo: hijas e hijos heredaban en igualdad de condiciones y una mujer podía administrar sus bienes sin tutor, algo insólito en el Mediterráneo antiguo.


La muerte también distinguía por clase social. Los hijos de familias privilegiadas recibían ataúd, amuletos, collares y un lugar en la tumba familiar; Tutankamón hizo enterrar a sus dos hijas nacidas muertas en sarcófagos en miniatura. En las aldeas, los bebés se depositaban en vasijas, cestos o cajas reutilizadas, a veces bajo el piso de la casa o en el patio, como se documentó en Lahun y en la necrópolis oriental de Deir el-Medina. Sería fácil leer esa modestia como indiferencia ante una mortalidad enorme pero los envoltorios cuidados, las cuentas colocadas en el cuello y las pequeñas provisiones de comida pueden estar indicando algo totalmente opuesto: un entierro sin monumento no es un entierro sin duelo. Había, además, una dimensión religiosa en la pérdida, porque en las capillas funerarias son los hijos quienes aparecen oficiando el culto de sus padres y garantizando su permanencia. Un niño muerto antes de tiempo no dejaba solo un vacío en la casa, también interrumpía una cadena de la que dependía la eternidad de los demás. Resulta oportuno aclarar, además, que no hay rastros de abandono sistemático de recién nacidas en el Egipto faraónico; el testimonio más citado sobre exposición de niñas, la carta en que un tal Hilarión ordena criar al hijo si es varón y descartarlo si es mujer, pertenece al Egipto ya griego y responde a una costumbre foránea.


Ningún rito único cerraba la infancia. Se cortaba el mechón y a los varones se los circuncidaba en plena adolescencia, operación que aparece en un relieve de la mastaba de Ankhmahor en Saqqara y que un hombre llamado Uha recuerda en su estela haber atravesado junto a ciento veinte compañeros. Para las chicas el corte era la menarca, seguida a menudo de un matrimonio temprano con hombres bastante mayores. Después venían la ropa, el jornal, el impuesto y los hijos propios. Para una muchacha casada a los trece años que amamantaría durante tres, la vida adulta empezaba cuando su cuerpo apenas había terminado de crecer.


Conclusión

Queda para el final de nuestra Columna de Egipto aquel signo del niño con el dedo en la boca. El gesto no pedía silencio, imitaba a una criatura chupándose el dedo. Funciona igual como metáfora involuntaria, porque los niños egipcios atravesaron treinta siglos de historia sin dejar prácticamente una palabra propia. Lo que dejaron son huesos pequeños, una cuenta de collar, un conjuro contra la fiebre nocturna o un animal de madera con la mandíbula rota. Puede parecer poco o insuficiente, pero alcanza para saber que ninguna de esas vidas puede ser entendida por fuera de su clase social y su género, sus vínculos con el mundo adulto y las exigencias de una sociedad que depositaba en ellos, entre otros aspectos, ser la garantía de eternidad al sostener el culto a los difuntos del grupo familiar.


David Basano


Bibliografía para niñez en Egipto

  • AA. VV., La historia cotidiana a orillas del Nilo, trad. de Ramón Sala, Barcelona, Ediciones Folio, col. Biblioteca Egipto, 2005.

  • MARSHALL, Amandine, Motherhood and Early Childhood in Ancient Egypt: Culture, Religion, and Medicine, pref. de Salima Ikram, trad. del francés de Colin Clement, El Cairo-Nueva York, The American University in Cairo Press, 2024.

  • PARRA ORTIZ, José Miguel, La historia empieza en Egipto. Eso ya existía en tiempos de los faraones, Barcelona, Crítica, col. Tiempo de Historia, 2017.

  • PARRA ORTIZ, José Miguel, La vida cotidiana en el Antiguo Egipto. El día a día del faraón y sus súbditos a orillas del Nilo, Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

  • SHAW, Ian (ed.), Historia del Antiguo Egipto, trad. de José Miguel Parra Ortiz, ed. 15º aniversario, Madrid, La Esfera de los Libros, 2016.

  • STROUHAL, Eugen, La vida en el Antiguo Egipto, Barcelona, Ediciones Folio, col. Biblioteca Egipto, 2005.


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