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Nombrar lo que existe: desaparecidos, género y sexualidad | #GenHistoria | Huellas de la Historia

El 30 de agosto es el día de los desaparecidos en Argentina y en este artículo buscamos analizarlo desde el género y la sexualidad para dar cuerpo a esa figura indeterminada y que sigue esperando Memoria, Verdad y Justica.


desaparecidos género sexualidad

En nuestra historia, pero sobre todo en nuestra memoria colectiva, hay una palabra que adquirió un significado que excede ampliamente su definición: “desaparecidos”. Incluso, tenemos un día específico que nos invita a volver sobre esas ausencias y  llenarlo de memoria: el 30 de agosto, “Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas”.


Pero cuando pensamos en un desaparecido, ¿Qué imagen aparece en nuestra cabeza? ¿Qué cuerpos imaginamos cuando hablamos de los desaparecidos? Seguro recordamos las fotografías y carteles que cada 24 de marzo inundan y toman las calles con nombres, siluetas, cifras. Pero hay algo que muchas veces no pensamos por lo menos de inmediato, que antes de convertirse en una categoría “desaparecido” esas personas tuvieron un nombre, una vida, una familia, una historia, un trabajo, vínculos, proyectos. También tuvieron un cuerpo atravesado por relaciones de género y sexualidad, por las ideas y normas de la sociedad en la que vivieron y que atravesó formas específicas de violencia y disciplinamiento.


¿Quiénes fueron? La respuesta es necesariamente diversa, había mujeres y varones, trabajadores y estudiantes, militantes de distintas organizaciones políticas, sociales y sindicales, personas embarazadas, madres y padres, jóvenes y adultos, y también personas cuya sexualidad o identidad de género se apartaba de las normas dominantes. Inmediatamente, aparecen algunas preguntas fundamentales para pensar históricamente la desaparición forzada: ¿el género y la sexualidad incidieron en las formas de persecución y violencia?¿Existieron experiencias particulares atravesadas por estas dimensiones?¿De qué manera los roles y las representaciones de género fueron atravesados por el dispositivo represivo? Estas preguntas implican comprender cómo la experiencia represiva estuvo atravesada por relaciones de género y sexualidad.


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¿Qué significa ser un desaparecido? 

Se me vienen a la cabeza las palabras de Videla: “No está ni muerto ni vivo, está desaparecido; no tiene entidad”. Inmediatamente siento repulsión y bronca. Las Madres respondieron: “Queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos”. La tensión entre ambas expresiones dice mucho sobre lo que significó la desaparición. De un lado, el poder que niega la existencia; del otro, quienes exigen saber qué ocurrió. 


La desaparición forzada no implica solamente la eliminación física de una persona. Supone la privación ilegítima de su libertad llevada a cabo por parte de agentes del Estado, seguida de la negativa a reconocer esa privación y ocultar el paradero de la víctima. Es una acción que atravesó y atraviesa a muchas sociedades del mundo, pero que en nuestra historia particular se encuentra vinculada a la última dictadura cívico-militar y que tiene una historia que continúa viva en nuestro presente a través de la memoria, la búsqueda de verdad y el reclamo de justicia. 


La dictadura desplegó un plan sistemático de persecución a quienes consideraron “subversivos” y utilizaron el terrorismo de Estado como dispositivo para imponer un proyecto político y social, junto a las desapariciones y a los Centros Clandestinos de Detención, actuaron en conjunto para mantener el funcionamiento de este poder disciplinador y totalizador. A las personas las secuestraban y las desaparecían, muchas veces a la vista de todos para poder dejar en claro que nadie estaba totalmente exento; luego eran llevadas a los CCD donde comenzaba un “proceso de deshumanización”, secuestro, interrogatorio, tortura, en el cual en el que se producía esa condición de “desaparecido. Esta desaparición forzada instalaba la duda, no como efecto secundario de la represión, sino como parte de su lógica de poder.  El “poder desaparecedor” (como lo denominó Pilar Calveiro), no terminaba en las paredes de los centros clandestinos, sino que alcanzaba a las familias y a la sociedad en su conjunto. El terror se proyectaba y contribuía a disciplinarla ¿qué mejor que el temor para generar obediencia?


Cuando miramos ese poder desaparecedor sobre las subjetividades de esos cuerpos sobre los que actuó, aparece una dimensión que durante mucho tiempo permaneció en segundo plano: el género y la sexualidad. Los cuerpos no fueron apropiados de la misma manera, y las prácticas de violencia, disciplinamiento y castigo tampoco fueron idénticas.

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Los desaparecidos, el género, la sexualidad y el poder desaparecedor 

Aunque la represión, persecución y experiencia concentracionaria han ejercido violencia, abusos y vejaciones a todos los sujetos, las experiencias de las mujeres y la comunidad LGBTQI+ estuvieron atravesadas por relaciones de género. 


Si bien las mujeres detenidas-desaparecidas no fueron perseguidas únicamente por ser mujeres, en la mayoría de los casos, fueron secuestradas por su militancia política, social, sindical o por sus vínculos con personas consideradas “enemigas”. Pero una vez ingresadas en los CCD fueron sometidas a formas específicas de violencia: desnudez forzada, humillaciones, violencia sexual, amenazas de violación, violaciones, abusos, embarazos y maternidad en cautiverio. La maternidad también se convirtió en un espacio de intervención y violencia, muchas mujeres atravesaron embarazos y partos en cautiverio, sufrieron pérdidas de esos embarazos, amenazas y, en muchos casos, el robo de sus hijos. Las investigaciones sobre la experiencia concentracionaria permiten comprender que la violencia sexual no fue simplemente una serie de abusos individuales, en determinados casos funcionó también como una práctica de disciplinamiento y castigo a mujeres que, en su militancia y en sus elecciones de vida, habían cuestionado los roles sociales que se esperaba que ocuparan. La represión también estuvo atravesada por las ideas que esa sociedad tenía sobre lo que debía ser una mujer, una madre, una militante y una sexualidad legítima. La violencia ejercida sobre ellas podía adquirir entonces una dimensión disciplinadora, no solo se buscaba destruir a una militante, sino también castigar aquello que, desde la mirada represiva, aparecía como una transgresión de los lugares de género establecidos. 


Las experiencias de abusos y violencia sexual que recayeron sobre los cuerpos femeninos no fueron desconocidas ya que hubo denuncias y testimonios. Sin embargo, durante mucho tiempo encontraron enormes dificultades para ser escuchadas, en muchos casos incluso recayó sobre estos relatos un manto de duda por el supuesto “consentimiento” de aquellas mujeres durante la experiencia concentracionaria y por haber “escapado”. En resumidas cuentas se tendió una trama de dudas (sostenida muchas veces por los mismos compañeros de militancia) y sospechas sobre algo para lo que no puede haber dudas, ¡no hay consentimiento posible en un contexto de violencia y miedo! 


Durante los años posteriores muchos de estos testimonios quedaron subordinados a una narrativa más general sobre la tortura y la desaparición. La violencia sexual podía aparecer como un aspecto secundario, privado de la experiencia concentracionaria, en lugar de ser comprendida como lo que fue, una parte de las relaciones de poder construidas por el terrorismo de Estado. En otros casos se dudaba o juzgaba por haber sobrevivido. Recién en las últimas décadas estas experiencias comenzaron a ocupar un lugar mucho más visible en los procesos judiciales y en las políticas de memoria. La reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad, las transformaciones del derecho internacional, los movimientos feministas y los cambios en las formas sociales de comprender la violencia de género fueron ampliando esos “marcos de escucha”. 


Entonces, también tenemos que preguntarnos: ¿qué violencias estuvimos/estamos dispuestos a escuchar y reconocer como sociedad? Muchas de estas experiencias permanecieron durante décadas en los márgenes de los relatos sobre el terrorismo de Estado y de los procesos judiciales. ¿Qué otras experiencias quedaron fuera de la memoria cuando construimos una imagen aparentemente universal del desaparecido?

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Por qué 30.400 desaparecidxs

Este análisis se completa con otra cuestión: ¿qué ocurrió con quienes no respondían a las normas heterosexuales y cisgénero? La persecución de homosexuales y personas trans no comenzó con la dictadura. Pero durante esos años la violencia estatal hacia las personas cuyas orientaciones sexuales, identidades o expresiones de género desafiaban las normas heterosexuales y de género dominantes se intensificó. Muchas personas del colectivo LGBTIQ+ eran detenidas en la vía pública mediante los mecanismos contravencionales vigentes, por su expresión de género o por conductas consideradas “sospechosas”. No todas estas personas atravesaron el mismo circuito represivo que los militantes políticos. En el caso de las mujeres trans, además, la dictadura aplicó una ampliación del aparato represivo que intervino sobre sus cuerpos. La persecución, que ya era ejercida por la policía, involucró también a otras fuerzas de seguridad y se produjeron secuestros, torturas, violencia sexual y trabajos diversos en centros clandestinos. En particular, estuvieron expuestas a formas extremas de violencia. Sin embargo, estas experiencias permanecieron prácticamente invisibilizadas ¿qué cuerpos fueron considerados dignos de ser recordados y qué cuerpos quedaron fuera de la narración predominante?


En las últimas décadas comenzó a circular con fuerza la expresión 30.400, utilizada por organizaciones y activismos de la diversidad sexual para visibilizar que entre las víctimas del terrorismo de Estado también hubo personas que no respondían al ideal cis-genero, homosexuales y trans. ¿De dónde proviene la cifra? Carlos Jáuregui publicó en su libro “Homosexualidad en Argentina” la referencia a 400 homosexuales desaparecidos, a partir de información obtenida por parte del rabino Marshall Meyer, integrante de la CONADEP. Años después, Jáuregui volvió sobre el tema y precisó que Meyer había identificado unos 400 homosexuales dentro de una nómina de 10.000 personas denunciadas como desaparecidas, y que estas 400 habían recibido un trato particularmente sádico y violento.


No podemos determinar con precisión cuántas personas desaparecidas pertenecieron a las disidencias sexuales y de género debido a la clandestinidad del aparato represivo, a la destrucción y ocultamiento de documentación y a las propias condiciones de producción de los registros que hacen imposible construir una cifra definitiva. La cifra de 30.000 se convirtió, con el tiempo, en un símbolo de memoria y denuncia contra el terrorismo de Estado, a la que luego se le sumaron 400 más. Sin embargo, la discusión no debe reducirse a una disputa matemática, porque detrás de cada número hay un nombre, una persona, una historia y una trama de relaciones sociales y sobre todo afectivas.


Las características y particularidades mismas del plan sistemático de exterminio impiden establecer esto con precisión, pero trazan un puente directo con nuestro presente. A más de cincuenta años aún hoy existen historias, recorridos y experiencias que fueron difíciles de reconstruir, sujetos que no conocen o dudan de su identidad y otros que aún esperan. Los desaparecidos son la herencia más cruel de la dictadura. No solo desaparecieron personas, también se las negó, se sembró miedo, incertidumbre, duda y una espera, que en muchos casos, todavía continúa. Por eso, frente a la desaparición aparece otra tarea: nombrar, reconstruir esas vidas, recuperar sus historias y preguntarnos quiénes fueron y dónde están esas personas antes de ser “desaparecidos”.



Nombrar

En un contexto de retroceso de políticas públicas y de derechos humanos, en el que se han instalado discursos de odio hacia la comunidad LGBTIQ+ y se siguen poniendo en duda distintas formas de violencia, volver sobre esta historia también es una forma de mirar nuestro presente. La memoria colectiva tampoco es neutra en términos de género. Durante décadas, muchas experiencias quedaron en los márgenes de los relatos sobre el terrorismo de Estado. Los testimonios de sobrevivientes, las investigaciones feministas y los activismos permitieron abrir nuevos espacios de escucha y formular otras preguntas sobre ese pasado. Recuperar las experiencias de las mujeres y de las personas LGBTIQ+ no fragmenta la memoria, la completa. También nos permite preguntarnos qué violencias persisten hoy. Porque la desaparición forzada tampoco terminó con la dictadura, existen personas desaparecidas en democracia cuyas familias todavía esperan respuestas. Es necesario nombrar, las memorias generalizadas trazan continuidades con los activismos contemporáneos: encuentran en el pasado estrategias de lucha para comprender el presente y construir futuros diferentes.


Guadalupe Rosso




Bibliografía para los desaparecidos

  • Álvarez, Victoria (2020). “Memorias y marcos sociales de escucha sobre la violencia sexual del terrorismo de Estado”. Clepsidra. Revista Interdisciplinaria de Estudios sobre Memoria, vol. 7, n.º 14. 

  • Calveiro, Pilar (1998). Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina. Buenos Aires: Colihue. 

  • CONADEP (1984). Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Buenos Aires: Eudeba.

  • Guerriero, Leila (2024). La llamada. Un retrato. Buenos Aires: Anagrama.

  • Insausti, Santiago Joaquín (2015). “Los cuatrocientos homosexuales desaparecidos: Memorias de la represión estatal a las sexualidades disidentes en Argentina”. En Débora D'Antonio (comp.), Deseo y represión: Sexualidad, género y Estado en la historia argentina reciente, pp. 63-82. Buenos Aires: Imago Mundi. 

  • Jáuregui, Carlos (1987). La homosexualidad en Argentina. Buenos Aires: Tarso.

  • Oberlin, Ana (2020). “La memoria no se guarda en el closet”. Violencias invisibilizadas del terrorismo de Estado en Argentina. Clepsidra, vol. 7, n.º 14, pp. 102-119. 

  • Oberti, Alejandra (2015). Las revolucionarias. Militancia, vida cotidiana y afectividad en los setenta. Buenos Aires: Edhasa. 

  • Segato, Rita Laura (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes/Prometeo


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