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Nos quedaron algunos pueblos por pasarnos: A once años de “Ni una menos” | #GenHistoria | Huellas de la Historia

A 11 años de Ni Una Menos, analizamos los femicidios, la violencia de género, el patriarcado y los desafíos del feminismo en Argentina.


ni una menos

En este momento hay una chica avisándole a una amiga que llegó bien. Una madre recibe el mensaje que esperaba para saber que su hija llegó. Alguien comparte su ubicación en tiempo real. Otra acelera el paso al volver a casa sin dejar de mirar atrás. Son gestos cotidianos, tan naturalizados que muchas veces pasan desapercibidos, pero forman parte de las múltiples estrategias que las mujeres desarrollan para habitar un mundo que no siempre resulta seguro. No son estrategias para vivir, sino para sobrevivir. Mientras tanto, vos te levantás, desayunás, estudiás trabajás, salís con tus amigxs, compartís tiempo con tu familia. Te volvés a dormir y pasó un nuevo día. En el transcurso de esas 24 horas, mientras algunas despliegan las más variadas estrategias de supervivencia, es probable que una mujer haya sido asesinada. Según los registros más recientes de organizaciones que monitorean la violencia de género en Argentina, ocurre aproximadamente un femicidio cada 36 horas. Así de crudo.


Mientras la vida nos pasa entre rutinas, responsabilidades y este intento cada vez más cuesta arriba de sobrellevar la alienación de un sistema que parece exigirnos cada vez más para obtener cada vez menos, la violencia machista sigue allí. El patriarcado no descansa. Se reproduce en prácticas cotidianas, en discursos, en instituciones, en los medios y redes, en relaciones de poder que atraviesan nuestra sociedad. Se escurre capilarmente por el tejido social y mata. Pero no lo hace por sí solo. No actúa como una fuerza abstracta ni como una entidad autónoma. Lo hace materializado en personas concretas que ejercen la violencia, que golpean, que amenazan, que violan y que asesinan. No son monstruos, son personas, son “hijos sanos del patriarcado”. 


Cada femicidio parece un hecho aislado. Cada caso ocupa titulares durante unos días y luego desaparece de las pantallas. Sin embargo, detrás de cada nombre propio existe una trama histórica mucho más profunda. Y, sobre todo, un sistema que articula, justifica y permite estas prácticas. Para comprender por qué once años después seguimos gritando Ni Una Menos, es necesario mirar más allá de la coyuntura.


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El patriarcado: una historia de desigualdades

“No se nace mujer, se llega a serlo”. Con esta afirmación, Simone de Beauvoir cuestionó la idea de que los roles asignados a hombres y mujeres fueran naturales o inevitables. Las diferencias sociales entre los géneros no son el producto exclusivo de la biología sino el resultado de procesos históricos que distribuyen de manera desigual el poder, los recursos y las oportunidades. El concepto de patriarcado permite pensar precisamente esa organización histórica de las relaciones sociales. Podemos definir al patriarcado como el sistema que privilegia la autoridad masculina y que asigna posiciones jerárquicas diferenciadas según el género. Es una estructura compleja que atraviesa múltiples dimensiones de la vida social. 


¿Qué sería del patriarcado sin el capitalismo? Aunque el patriarcado es históricamente anterior al capitalismo, ambos sistemas han mantenido una relación estrecha y mutuamente beneficiosa en la modernidad. Mientras uno organiza jerarquías de género, el otro se beneficia históricamente de trabajos de cuidado que continúan recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres y que muchas veces permanecen invisibilizados o no remunerados. Son sistemas que se potencian y retroalimentan, que mantienen una relación simbiótica. El patriarcado encontró en el capitalismo a su mejor aliado para reproducir sus lógicas y desigualdades estructurales. La violencia no surge mecánicamente de esas estructuras, pero encuentra allí condiciones históricas que favorecen relaciones de dominación, control y posesión sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres.


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El feminismo, esa “mala palabra”

Aunque suele presentarse como un fenómeno reciente, el feminismo tiene una larga trayectoria histórica. Y más de una que se proclama “no feminista”, al leer esto se dará cuenta de que lo es. 


Sus antecedentes pueden rastrearse en las discusiones de la Ilustración y la Revolución Francesa, cuando mujeres como Olympe de Gouges denunciaron la exclusión femenina de los derechos proclamados como universales. Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, los movimientos sufragistas lucharon por el acceso de las mujeres a la ciudadanía política. Más tarde, durante las décadas de 1960 y 1970, la llamada segunda ola feminista amplió la agenda de reivindicaciones incorporando debates sobre sexualidad, trabajo doméstico, violencia de género y autonomía corporal. Fue entonces cuando comenzó a difundirse una consigna fundamental: lo personal también es político. La violencia ejercida dentro de los hogares dejaba de ser un asunto privado para convertirse en un problema social y político.


En Argentina, las luchas feministas también tienen una larga historia. Desde las reivindicaciones impulsadas por figuras como Julieta Lanteri y Alicia Moreau de Justo hasta la conquista del voto femenino en 1947, las mujeres organizaron múltiples estrategias para ampliar derechos y disputar espacios históricamente vedados.


Con el retorno democrático en 1983 surgieron nuevas formas de organización. Los Encuentros Nacionales de Mujeres, iniciados en 1986, se transformaron en espacios fundamentales para la construcción de demandas colectivas y redes de militancia que atravesaron generaciones. Décadas después, esas experiencias serían parte del entramado que hizo posible una de las movilizaciones más importantes de la historia argentina reciente.


Ni una menos, el grito que cambió una época

Me acuerdo perfectamente de aquel 3 de junio. Muchas salimos a las calles para exteriorizar años, décadas e incluso siglos de opresión, desigualdades y violencia acumuladas. Fue un grito que surgió de las entrañas de miles de mujeres, pero también de una larga historia de luchas, resistencias y reclamos. Ese lluvioso día de 2015 cientos de miles de personas ocuparon plazas y calles de todo el país bajo una consigna que condensaba años de denuncias y luchas: Ni Una Menos.


La movilización fue impulsada tras el femicidio de Chiara Páez, una adolescente de 14 años asesinada por su novio en Santa Fe. Pero su masividad no puede explicarse únicamente por aquel crimen. Ni Una Menos fue posible porque existía una acumulación previa de experiencias, organizaciones y debates que venían denunciando la violencia machista mucho antes de que el tema alcanzara centralidad mediática. Aquella movilización marcó un punto de inflexión.


Conceptos como femicidio, violencia de género, brecha salarial, trabajo doméstico no remunerado y desigualdad estructural comenzaron a formar parte de las conversaciones cotidianas y de la agenda pública. Buscábamos cuestionar los discursos mediáticos que culpabilizaban a las víctimas, que las revictimizaban una y otra vez y que convertían cada femicidio en una historia sobre lo que ella había hecho, dicho o llevado puesto. Queríamos correr el foco de la víctima para ponerlo donde siempre debió estar: en el agresor, en el violento, en el femicida. Nombrarlos, visibilizarlos y dejar de tratarlos como figuras abstractas o excepcionales. Porque detrás de cada caso hay responsables concretos y una estructura social que durante demasiado tiempo les permitió actuar con impunidad.


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Los números detrás de la consigna

Las estadísticas muestran que los femicidios constituyen apenas la expresión más extrema de una violencia mucho más amplia. A ellos se suman situaciones de violencia física, psicológica, económica, sexual y simbólica que afectan cotidianamente a miles de mujeres y diversidades. También persisten desigualdades vinculadas al mercado laboral, a la distribución de las tareas de cuidado y al acceso a recursos económicos. Los asesinatos son solo una dolorosa punta del iceberg. El Observatorio de las Violencias de Género “Ahora que si Nos Ven” registró entre el 1/1 y el 30/4, a partir del análisis de medios de comunicación: 80 víctimas fatales: 67 femicidios directos, 7 vinculados, 3 instigaciones al suicidio y 3 travesticidios/transfemicidios. 


Las cifras tampoco existen en el vacío. Cada femicidio genera una disputa por los sentidos. La forma en que los medios de comunicación narran estos hechos no es menor, porque contribuye a moldear las interpretaciones sociales sobre la violencia de género. Durante décadas fue habitual encontrar coberturas que presentaban los femicidios como “crímenes pasionales”, “ataques por celos” o tragedias inevitables producto de conflictos privados. Aunque en los últimos años hubo avances importantes en el tratamiento periodístico de estas problemáticas, todavía persisten prácticas que desplazan la atención desde el victimario hacia la víctima. ¿Cómo iba vestida? ¿Por qué estaba en ese lugar? ¿Qué hacía sola? ¿Por qué salió a determinada hora? ¿Por qué no denunció antes? ¿Por qué tomó determinadas decisiones? Las preguntas suelen recaer una y otra vez sobre las mujeres. Como si la explicación de la violencia debiera buscarse en las conductas de quienes la padecen y no en quienes la ejercen.


Este mecanismo no es inocente. Cuando la atención se concentra exclusivamente en las acciones de las mujeres, la violencia aparece como el resultado de errores individuales y no como parte de una problemática social más amplia. El victimario desaparece del centro de la escena y, junto con él, también desaparecen las estructuras que hacen posible esa violencia. En ese desplazamiento se juega una de las batallas culturales más importantes de nuestro tiempo: la disputa por comprender que los femicidios no son accidentes, ni excepciones, ni tragedias privadas. Son la expresión extrema de relaciones de poder históricas que siguen atravesando nuestras sociedades.


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¿Nos pasamos tres pueblos?

En los últimos años se volvió frecuente escuchar que las demandas feministas fueron demasiado lejos. Que hubo excesos. Que se exageró. Que “nos pasamos tres pueblos”. Sin embargo, cada vez que se afirma eso conviene recordar algo elemental: ninguno de los derechos conquistados por las mujeres fue recibido con entusiasmo por quienes defendían el orden existente. También parecía excesivo reclamar educación. También parecía excesivo reclamar ciudadanía política. También parecía excesivo reclamar igualdad jurídica. También parecía excesivo denunciar la violencia machista.


La historia demuestra que toda ampliación de derechos fue considerada exagerada por quienes se beneficiaban de las desigualdades vigentes. Esta discusión adquiere una relevancia particular en el contexto actual. En distintos lugares del mundo, y también en Argentina, asistimos al fortalecimiento de discursos políticos que cuestionan las agendas de género, desacreditan las demandas feministas y presentan las desigualdades como problemas exclusivamente individuales.


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Cuando toda explicación social es reemplazada por la responsabilidad individual, se vuelve cada vez más difícil comprender fenómenos complejos como la violencia de género. Si todo depende únicamente de decisiones personales, desaparecen las estructuras, las relaciones de poder y los condicionamientos históricos que moldean nuestras vidas. Al mismo tiempo, reaparecen con fuerza discursos que reivindican modelos tradicionales de familia y que buscan relegar a las mujeres nuevamente al espacio doméstico, asociándolas principalmente con las tareas de cuidado, la maternidad y la reproducción. Ni hablar del lugar que estos discursos pretenden para las disidencias y el colectivo LGTBQ+.


Cada vez que se intentó restringir la autonomía femenina, se reforzaron también las relaciones de subordinación que sostienen las desigualdades de género. Y allí donde las desigualdades se profundizan, la violencia encuentra condiciones más favorables para reproducirse. Por eso defender los derechos conquistados no es una discusión secundaria ni una batalla cultural abstracta. Es también una forma de enfrentar las condiciones que permiten que la violencia siga formando parte de la vida cotidiana de millones de mujeres.


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Nos vemos en las calles

Hoy, a once años del primer grito de Ni Una Menos, seguimos nombrando a quienes ya no están. Seguimos recordando que detrás de cada cifra existe una vida arrebatada, una familia atravesada por el dolor y una sociedad que todavía tiene deudas pendientes. Ni Una Menos nació desde nuestras propias entrañas. Desde la indignación, el miedo, la bronca y también desde la esperanza de construir una sociedad más justa. Por eso ese grito no debe transformarse en un eco lejano ni en una consigna vaciada de sentido. Tampoco debe ser reducido a una moda pasajera o a un supuesto exceso del que ahora habría que arrepentirse.


En un contexto en el que la derecha, sus discursos y su batalla cultural nos ofrecen respuestas individuales frente a problemas profundamente colectivos, recuperar lo común y volver a unirnos en una sola voz resulta fundamental. También implica reclamar frente al retroceso de políticas públicas destinadas a la prevención, la protección y el acompañamiento de quienes atraviesan situaciones de violencia. Porque este no es un problema individual ni privado. Es una problemática social que exige y merece una respuesta que solo puede ser colectiva.


Si algo nos enseña la historia es que los derechos nunca fueron regalos. Siempre fueron conquistas. Y si todavía hay mujeres asesinadas por razones de género, si todavía existen desigualdades estructurales que limitan vidas y oportunidades, entonces quizás sea cierto, nos quedaron algunos pueblos por pasarnos. Por ellas. Por nosotras. Por las que vendrán. Ni una menos. Vivas nos queremos. Nos vemos en las calles.


Guadalupe Rosso


Bibliografía para el "Ni Una Menos": 

  • Barrancos, D (2020). Historia mínima de los feminismos en América Latina. Ciudad de México: El Colegio de México.

  • Beauvoir, S. de. (1949/2011). El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana.

  • Engels, F. (1884/2006). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Madrid: Akal.

  • Scott, J (2008) Género e historia. México: Fondo de Cultura Económica.

  • #NiUnaMenos (2015). #NiUnaMenos. Vivas nos queremos. Buenos Aires: Milena Caserola.

  • Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven (datos estadísticos actuales sobre femicidios).


Guadalupe Rosso


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Preguntas frecuentes sobre Ni Una Menos, feminismo y violencia de género

¿Qué es Ni Una Menos?

Ni Una Menos es un movimiento social y feminista surgido en Argentina en 2015 para denunciar los femicidios, la violencia de género y las desigualdades estructurales que afectan a mujeres y diversidades.


¿Por qué surgió el movimiento Ni Una Menos?

El movimiento nació tras el femicidio de Chiara Páez, una adolescente de 14 años asesinada en Santa Fe. Su caso impulsó una movilización masiva que visibilizó una problemática social mucho más amplia.


¿Qué significa la consigna "Ni Una Menos"?

La consigna expresa el reclamo de una sociedad libre de violencia machista y femicidios. Su objetivo es que ninguna mujer pierda la vida por razones de género.


¿Qué es un femicidio?

Un femicidio es el asesinato de una mujer motivado por razones de género. Se considera la forma más extrema de violencia contra las mujeres.


¿Cuál es la diferencia entre femicidio y homicidio?

Mientras que el homicidio es una categoría general que refiere a la muerte de una persona causada por otra, el femicidio reconoce que el crimen ocurre en un contexto de violencia y desigualdad de género.


¿Qué se entiende por violencia de género?

La violencia de género incluye agresiones físicas, psicológicas, sexuales, económicas y simbólicas ejercidas contra una persona por motivos vinculados a su género.


¿Qué es el patriarcado?

El patriarcado es un sistema social e histórico que otorga mayor poder y autoridad a los hombres, generando relaciones de desigualdad que afectan especialmente a las mujeres.


¿Cómo se relacionan el patriarcado y la violencia de género?

El patriarcado contribuye a reproducir relaciones de poder desiguales que pueden favorecer situaciones de discriminación, control y violencia contra las mujeres.


¿Qué logros obtuvo el movimiento feminista en Argentina?

Entre otros avances, el feminismo impulsó la visibilización de la violencia de género, la ampliación de derechos, la incorporación de la perspectiva de género en el debate público y diversas políticas de protección y prevención.


¿Por qué sigue siendo importante Ni Una Menos once años después?

Porque los femicidios y otras formas de violencia de género continúan ocurriendo. La movilización sigue siendo una herramienta para reclamar justicia, promover políticas públicas y defender los derechos conquistados.


¿Qué impacto tuvo Ni Una Menos en la sociedad argentina?

El movimiento logró instalar en la agenda pública temas como los femicidios, la violencia machista, la brecha salarial, el trabajo de cuidados y las desigualdades estructurales de género.


¿Qué puedo hacer para prevenir la violencia de género?

Informarse, cuestionar estereotipos, promover relaciones igualitarias, acompañar a las víctimas y apoyar políticas de prevención son acciones fundamentales para construir una sociedad más justa e igualitaria.

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