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La mecha de 1898 y el Imperialismo Norteamericano


La guerra entre España y los Estados Unidos de América (se utilizará la sigla EUA en adelante) por la independencia de la isla de Cuba se configuró como el puntapié inicial de la expansión imperial de la creciente potencia norteamericana. La interrelación de diferentes factores hicieron posible este proceso, ciertas concepciones ideológico-políticas y condiciones económico-sociales fueron determinantes en el surgimiento de una forma de interpretar el lugar que pasarían a ocupar los EUA después de 1898 a escala internacional. Parándonos sobre tres ejes fundamentales, como ser los límites del capital al interior de la Nación, los fundamentos para la política externa de expansión imperial y el rol del imperialismo a la hora de cimentar el sentimiento nacionalista, se tratará de comprender como interactuaron entre sí en todo un proceso de alta complejidad que va a depositar a los EUA en una posición acomodada en el concierto de las potencias internacionales y que, en su proyección a la salida de la Primera Guerra Mundial, lo colocará en un lugar de preeminencia imperial.


Para comenzar a desglosar el análisis, me parece importante entender que la expansión al exterior del recientemente consolidado territorio nacional, responde a ciertas lógicas y condiciones específicas del pensamiento y la economía norteamericana hacia el interior mismo del país. Si bien, la supuesta agresión de España a un buque estadounidense, que velaba por los intereses de los comerciantes de su nación, habría despertado el vigor expansionista de la potencia del norte; no debemos dejar pasar los límites económicos que encontraban los EUA dentro de su frontera, en la expansión del mercado interno. Por ende, la expansión imperial sería una consecuencia lógica de las incapacidades del capitalismo norteamericano de seguir expandiéndose dentro de un mercado interno ya consolidado.

Si bien en “Trabajo segmentado, trabajadores divididos. La transformación histórica del trabajo en los Estados Unidos”, de Gordon, Edwads y Reich, no se pretende una visión ampliada de la situación de los EUA con respecto al imperialismo, si podemos observar que en la periodización que desarrollan, el país se encuentra para fines del siglo XIX en un proceso de homogeneización del trabajo. Esto hace suponer que el crecimiento industrial de los EUA ha desembocado en una constante concentración de capital que se expresa en la formación de grandes monopolios y oligopolios con la capacidad de controlar el proceso de trabajo.[1] Esto solo es posible en el marco de un mercado interno ampliamente consolidado y que se proyecta al exterior más bien como oferente de productos (industriales y de servicio, en este caso) que como demandante. En este sentido, la expansión imperialista vendría a ser una válvula de escape para toda esa concentración de capital que encuentra sus límites en el mercado interno, necesitando desplegarse sobre otras regiones geopolíticas para reanudar el ciclo ascendente de ganancias.


En el trabajo “La guerra de 1898 y el imperialismo norteamericano”, de López Palmero, la autora entiende como causas de la expansión, fundamentalmente dos factores: el agotamiento de la frontera interna y el crecimiento capitalista:


“La flamante hegemonía norteamericana se construyó sobre un contexto marcado por el cierre de la frontera continental y un acelerado desarrollo capitalista, cuyas contradicciones inmanentes hicieron permeable la recurrencia de la crisis y la inexorable lucha de clases. El estado norteamericano, a través de sus políticas imperialistas, se constituyó en el acicate para la reproducción ampliada del capital. Cuba fue, sin dudas, el campo de inversión que creció más rápido después de 1898, y en Puerto Rico, más de la mitad de las riquezas se concentro en manos norteamericanas. Por su parte, la nueva frontera instalada en las islas del Pacífico, concedió cuantiosos mercados y nuevas posibilidades de inversión”.[2]


La cita anterior sintetiza todas estas cuestiones. Los límites del capitalismo al interior de los EUA hicieron indispensable la expansión por la vía imperialista para salvaguardar los intereses del gran capital y lograr iniciar un nuevo ciclo de expansión y acumulación ampliada de la riqueza.


A su vez, la política exterior de los EUA siempre había sido muy ambiciosa. Desde la injerencia en los mercados europeos con la venta tanto de productos industriales como agrícolas, hasta los fundamentos del Destino Manifiesto que impulsaba a la nación por voluntad divina a guiar al concierto mundial hacia la libertad total de todos los pueblos. La Doctrina Monroe de 1823 fue el precedente de lo que luego serian las intervenciones en el resto de América. En ella claramente se sentaban las bases de lo que luego serían interpretadas como esferas de influencia.


En el trabajo de López Palmero que citábamos anteriormente se observan algunos casos que preceden a la expansión imperial en el Caribe y luego en las Filipinas. El caso Hawái es uno de esos, quizás el más claro en donde se observa una progresiva intención de anexión de la isla, pero también en la incorporación de Texas (antiguo territorio mexicano) a la federación de Estados comprueba que el proceso de formación de la “frontera nacional” fue a su vez una gran empresa imperialista por conquistar territorios ocupados por otros países constituidos como México y Rusia con el caso Alaska, sin olvidarnos de las poblaciones indígenas que ocupaban el mítico Far West.


Todos estos antecedentes permiten explicar la política de bases navales en cada uno de los enclaves comerciales y la etiqueta de “territorio no incorporado” se fueron multiplicando en los países caribeños y en Guam, Wake y Filipinas, como su posterior invención, la de las Open Doors en China para competir en igualdad de condiciones con las potencias europeas en la región.


Por su parte, el imperialismo fue parte fundamental de la construcción de la Nación. En los primeros momentos de la expansión imperial, el conjunto de la sociedad norteamericana se vio interpelada por una disyuntiva que chocaba con los mismos preceptos que cimentaban a la nación estadounidense un su conjunto. Las palabras de Monroe al congreso en 1823 aun retumbaban en la memoria histórica de los norteamericanos.


“Es asimismo imposible para nosotros ver con indiferencia toda forma de intromisión. Si establecemos una comparación entre la fuerza y los recursos de España y los que poseen los nuevos gobiernos, así como la distancia entre ellos resulta claro que España no debe sojuzgarlos, en modo alguno”.[3]


Si bien la preocupación de Monroe en su alocución era por establecer esferas de influencia entre Europa y los EUA, la tradición por la libertad y la no intromisión en los asuntos de otras naciones estaba arraigada en una porción importante de la sociedad. Tal es así que la Liga Antiimperialista va destacar que “subyugar a un pueblo es una “agresión criminal” y una deslealtad abierta a los principios que caracterizan a nuestro gobierno”[4]. El debate estaba planteado y encerraba posiciones encontradas con fuerte arraigo en la sociedad, y que implicaban una discusión sobre qué era ser estadounidense.


Mientras los antiimperialistas se oponían a la subyugación de otros pueblos por un condicionante moral que hace a la libertad que habría fundado el sentimiento norteamericano, los imperialistas hacían caso a su más arraigada tradición expansionista. Como señala M. Graciela Abarca en “El Destino Manifiesto y la construcción de una nación continental, 1820-1865”,


“El nacionalismo estadounidense surgió con fuerza a partir de 1820 y tomo la forma de una “comunidad imaginada”, más que como una ideología explícita. Los estadounidenses compartían entonces la sensación de un país caracterizado por la movilidad social, las oportunidades económicas y la disponibilidad de amplias extensiones de tierra. Estados Unidos no era una nación mas, era un proyecto, una misión de significado histórico. Por esta razón, el dinamismo capitalista se centró en la expansión territorial, ya que de esta forma, la comunidad se había consolidado podría expandirse a voluntad. De cierta manera, la nación se construía como una serie de redes temporarias en torno a la expansión del espacio territorial y su consecuente desarrollo económico”.[5]


En este sentido, expansión y progreso económico eran parte del ser norteamericano. El imperialismo encuadraba perfectamente en este esquema dentro de la “comunidad imaginada”. Ya en 1839, O’ Sullivan pasaba en limpio el sentimiento nacional. En “The Great Nation of Futury” deja sentadas las máximas del nacionalismo estadounidense, es decir, todas aquellas virtudes que hacen excepcional a los EUA. Entre ellas, la igualdad democrática, el destino de grandeza, el amparo de Dios, su predestinación a ser una nación por encima de todas[6]. Es por todo esto que el imperialismo viene a cumplir el “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos de América. Es la síntesis perfecta de la “comunidad imaginada” y la realidad histórica.


En fin, el imperialismo de los Estados Unidos de América fue un proceso largo que hunde sus raíces en la expansión de la frontera nacional y que tiene su renovada versión a fines del siglo XIX cuando la “frontera interna” está agotada. A su vez, el imperialismo fue una manera de expresar un tipo de identidad nacional ideada por las hegemonías gobernantes para amalgamar y aunar posiciones encontradas en un supuesto interés nacional común alrededor de la guerra, la expansión y el progreso.


Pablo Javier Coronel.


Citas:

[1] Véase David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich. Trabajo segmentado, trabajadores divididos. La transformación histórica del trabajo en los Estados Unidos; Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1986. Págs. 31-32.


[2] Malena López Palmero. “La guerra de 1898 y el imperialismo norteamericano”, en Pozzi y Nigra (comps.), Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos; Buenos Aires, Maipue, 2009. Pag.71


[3] “Doctrina Monroe (1823)”, en Daniel J. Boorstin (Comp.), Compendio Histórico de los Estados Unidos. Un recorrido por sus documentos fundamentales; México, Fondo de Cultura Económica, 1966. pág.213.


[4] “Plataforma de la Liga Anti-imperialista (17 de octubre de 1899)”, en Silvia Núñez García y Guillermo Zermeño Padilla, EUA. Documentos de su historia política. México, Instituto Mora, 1988. Pág. 364.


[5] María Graciela Abarca, “El Destino Manifiesto y la construcción de una nación continental”, en Pozzi y Nigra (comps.), Invasiones bárbaras…, óp. Cit. pág. 2


[6] Véase John O’Sullivan, John O’Sullivan, “The Great Nation of Futurity”, Democratic Review (1839). Traducción.


Bibliografía Utilizada:

  • Albert Beveridge, "En defensa de la República imperial”; en Silvia Núñez García y Guillermo Zermeño Padilla (comps.), EUA. Documentos de su historia política, México, Instituto Mora, 1988,

  • Darío Martini. “La Guerra Filipino-Estadounidense (1899 1902). Un laboratorio de ensayo para el naciente imperialismo estadounidense”, Huellas de Estados Unidos, n° 3, Septiembre 2012, http://www.huellasdeeua.com.ar/ediciones/edicion3/6_Martini_p.7388.pdf

  • David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich. Trabajo segmentado, trabajadores divididos. La transformación histórica del trabajo en los Estados Unidos, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1986.

  • “Doctrina Monroe (1823)”, en Daniel J. Boorstin (Comp.), Compendio Histórico de los Estados Unidos. Un recorrido por sus documentos fundamentales. México, Fondo de Cultura Económica, 1966.

  • John O’Sullivan. “The Great Nation of Futurity”, Democratic Review (1839). Traducción.

  • Malena López Palmero. “La guerra de 1898 y el imperialismo norteamericano”, en Pozzi y Nigra (comps.), Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos; Buenos Aires, Maipue, 2009.

  • “Plataforma de la Liga Anti-imperialista (17 de octubre de 1899)”, en Silvia Núñez García y Guillermo Zermeño Padilla, EUA. Documentos de su historia política, Vol. 3, México, Instituto Mora, 1988.

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