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El Duelo


El 6 de septiembre de 1897 iba a ser una día más para todos en la joven República Argentina, excepto para dos. Uno iba a morir. Dos contendientes se enfrentaban a muerte por cuestión de orgullo, principios y, fundamentalmente, política.


El más joven de ellos llevaba 28 años sobre la tierra. Radical el hombre, santafecino, que no guardaba medias tintas sobre su mentor. No había tenido mejor idea que acusar al líder de la Unión Cívica Radical ante los otros convencionales de “egoísta, malsano y paternalista” seguido a que “su influencia es hostil y perturbadora” para el partido. Como era de esperar, el caudillo habría de reaccionar con vehemencia, por orgullo propio y para no quedar desacreditado ante el resto de sus compañeros. A sus 45 años no podía dejar que un “chiquillo” rebelde amedrentara su inmaculada figura dentro de la Unión.


Así las cosas, Hipólito Yrigoyen, jefe del partido y Lisandro de la Torre se enfrentaban a muerte en uno de los galpones portuarios de las Catalinas Sur, en la ciudad de Buenos Aires. El primero, dueño de un gran sobrepeso y lentitud de movimientos, tenía casi nula experiencia en la esgrima mientras que el segundo era reverenciado como un exquisito esgrimista por sus compañeros de deporte.


Hipólito eligió como padrinos de duelo a Eligió como padrinos al coronel Tomás Vallée y a Marcelo Torcuato de Alvear (futuro presidente) para que reglamenten las condiciones del enfrentamiento y lo asistan durante el combate. Por su parte, Lisandro convocó a Rodríguez Larreta y a Carlos Gómez, para la misma tarea. El duelo era a muerte, uno de los dos pasaría a la historia después de aquel viril enfrentamiento.


Las armas elegidas por Lisandro después de la afrenta del caudillo fueron, como era de esperar, sables. Empezaron entonces aquella extraña danza de la muerte donde acero y acero se encontraban buscando carne y sangre. Después de treinta minutos de golpe y contragolpe, la extraña, mística que rodeaba al caudillo radical lo encontraba ileso. Sin tanta experiencia en las artes de la fuerza como en la oratoria y la política, no sufría ningún rasguño (o así trascendió la historia). Mientras que por el otro lado, el renombrado esgrimista, contaba tajos en brazos, pecho, oreja, mejillas y en el labio. Agobiados, cansados, los duelistas encontraron el fin de aquella absurda afrenta en sus padrinos de duelo. Fueron los amigos de Lisandro quienes dieron por finalizada la batalla de orgullos.

Así, Lisandro, acepto a regañadientes la derrota arrojando su sable con desprecio a los pies del caudillo que lo habría de condenar por el resto de sus días a llevar una espesa barba que ocultara aquellas marcas de la deshonra. El joven santafecino decidió alejarse del partido de Yrigoyen y buscar su propio rumbo político. La muerte no lo alcanzo aquella mañana, pero le dio una nueva perspectiva a su futuro que lo llevaría a ser una de las más brillantes mentes en el parlamento nacional.

Pablo Javier Coronel.

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