Revolución Rusa: Aleksandra Kollontái y los derechos de las mujeres | #GenHistoria | Huellas de la Historia
La Revolución Rusa fue contada como un acontecimiento meramente masculino. Sin embargo ellas estaban ahí desde el principio. Esta es la historia de solamente una de ellas: Aleksandra Kollontái en la Revolución Rusa.

Aquel miércoles 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre según el calendario gregoriano), parecía un día más de guerra y escasez. Sin embargo, algo flotaba en el aire, algo venía recorriendo desde hacía tiempo las calles de Petrogrado. En el silencio de aquella madrugada se escuchaban caer los últimos cimientos del Gobierno Provisional. Aquel día parecían condensarse mares de tinta escritos sobre marxismo y revolución. Como si aquel fantasma que Marx y Engels habían anunciado décadas atrás finalmente comenzara a materializarse, la teoría se enfrentaba a la prueba de la praxis revolucionaria. El ¿Qué hacer? encontraba, de algún modo, una respuesta en la revolución. Para el final de la jornada, el Palacio de Invierno había sido tomado por las fuerzas bolcheviques.
La Revolución de Octubre fue el resultado de un proceso que se había gestado durante años y que tuvo un punto de inflexión en la Revolución de Febrero. Esta última puso fin a la autocracia zarista y dio lugar a una situación de poder dual. Las tensiones entre ambos marcaron los meses siguientes, hasta que la insurrección bolchevique terminó con el Gobierno Provisional y abrió una nueva etapa.
Aunque los procesos históricos son colectivos, muchas veces recordamos las revoluciones a través de sus principales dirigentes. Al pensar en Octubre de 1917, seguramente aparezcan las figuras de Lenin y Trotsky. Sin embargo, junto a ellos hubo otras personas que participaron de la revolución y debatieron sobre el rumbo de la nueva sociedad. Entre ellas, una mujer cuya trayectoria permite recuperar una dimensión muchas veces relegada en los relatos tradicionales: Aleksandra Kollontái. Dirigente bolchevique, escritora y teórica marxista, Kollontái reflexionó sobre las relaciones entre los sexos, la familia, el trabajo y la emancipación de las mujeres. Recuperar su figura nos permite recorrer el proceso revolucionario y preguntarnos: ¿hasta qué punto una transformación política podía traducirse también en una transformación de las relaciones sociales? ¿Qué nos dejan estas experiencias para analizar nuestro presente?
Cerca de la Revolución: el Imperio ruso antes de Febrero de 1917
Alguna vez leí que, a finales del siglo XIX y principios del XX, la Rusia zarista era "un gigante con pies de barro", una imagen ilustrativa del atraso económico del país frente a otras potencias industriales. ¿Qué rol tenían las mujeres en este contexto? En las áreas rurales realizaban tareas agrícolas y sostenían los hogares; en las ciudades, muchas trabajaban en fábricas y también se ocupaban de sus familias. Unas y otras compartían las desigualdades de género, que para las trabajadoras se sumaban a la explotación económica.

En paralelo, muchas mujeres se organizaban políticamente; entre ellas, una joven Aleksandra Kollontái. Nacida en una familia aristocrática, recibió de su padre el interés por la historia y la política. A los 19 años se casó con Vladímir Lúdvigovich Kollontái y tuvo un hijo. Sin embargo, pronto se alejó de las expectativas sociales de su clase y su género. En 1898 viajó a Zúrich para estudiar economía política y se involucró en las luchas por la emancipación social dentro de la socialdemocracia marxista. Al año siguiente se afilió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. La Revolución de 1905 profundizó su compromiso político y la impulsó a participar en la organización de las trabajadoras. Junto con otras mujeres, como Nadezhda Krúpskaya, Elena Stásova e Inessa Armand, se abrió camino dentro del movimiento socialista. A través de sus escritos e intervenciones, sostuvo que los derechos de las mujeres no podían tratarse de manera independiente de la cuestión social.
Con la participación rusa en la Primera Guerra Mundial, muchas mujeres ocuparon los puestos que los varones dejaban en las fábricas, los talleres y el campo, sin abandonar por ello las tareas domésticas. La guerra agravó la escasez y el aumento del costo de vida, profundizando el descontento. Kollontái se opuso a la participación rusa en el conflicto, al que consideraba una guerra imperialista, y se acercó a la corriente bolchevique.
Fuegos de octubre: de la Revolución de Febrero a Octubre de 1917
A veces analizamos la Revolución rusa sin tener en cuenta un detalle no menor: la Revolución de Febrero fue iniciada por una huelga de mujeres. Aquel 23 de febrero (8 de marzo según el calendario gregoriano), en el Día Internacional de la Mujer, las trabajadoras salieron a las calles y comenzaron una huelga que pronto se convirtió en revolución. Siempre me pregunté si estas mujeres sabían la magnitud de lo que estaban haciendo, una pieza de dominó que terminaría derribando la autocracia zarista y abriría el camino a la caída del Gobierno Provisional y al triunfo bolchevique. Lo que sí podemos afirmar es que actuaron como resultado de la explotación y el hambre que atravesaban, porque no estaban despolitizadas.
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Tras la caída del zar, Kollontái regresó a Rusia. Escribió en Pravda, tomó la palabra en espacios que hasta entonces estaban vedados a las mujeres y fue elegida para integrar el Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado. En agosto de 1917 se convirtió en la primera mujer elegida para el Comité Central del Partido Bolchevique. En los meses previos a Octubre, defendió la insurrección y votó a favor de la toma del poder. Mientras tanto, las mujeres continuaban organizándose y participando en huelgas y protestas. En abril, miles de esposas de soldados se movilizaron para reclamar mejores raciones de alimentos y el fin de la guerra. Las trabajadoras también protestaban contra las condiciones de vida, mientras las militantes bolcheviques impulsaban espacios de organización y publicaciones dirigidas a las mujeres. No eran espectadoras de la revolución; intervenían en las disputas políticas y sociales que definirían su rumbo.
En este contexto, Kollontái defendía la necesidad de organizar específicamente a las mujeres dentro del movimiento obrero y de los partidos socialistas, para que sus demandas no quedaran relegadas frente a otras prioridades políticas. Impulsó cambios en las leyes que las subordinaban a los varones, defendió el derecho al voto, la consigna de "a igual trabajo, igual salario", el divorcio, la protección de la maternidad y la creación de guarderías y hogares para menores. También reflexionó sobre la familia, el amor y las relaciones entre mujeres y hombres. Cuestionó los vínculos basados en la dependencia económica y la subordinación femenina. La "mujer nueva" que imaginaba debía afirmar su personalidad, luchar por sus derechos y dejar de ser solamente el complemento de su esposo. Las relaciones debían fundarse en la libertad y el reconocimiento mutuo, no en la dependencia económica ni en los vínculos de propiedad. Con estas ideas como guía, apoyó la toma del poder en Octubre de 1917. Pero ¿lograría llevarlas a la práctica?
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Triunfo revolucionario y nuevo gobierno
Al triunfar la Revolución de Octubre, Kollontái se convirtió en comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública en el primer gobierno bolchevique, encabezado por Lenin. Fue la primera mujer en integrar ese gobierno como comisaria y una de las primeras en ocupar un cargo ministerial en la historia contemporánea. En pocos meses, el gobierno puso en marcha medidas vinculadas con una causa que Aleksandra defendía desde hacía años. A la igualdad política conquistada durante la Revolución de Febrero se sumaron el Código de Familia de 1918, el matrimonio civil, el derecho al divorcio y la igualdad jurídica de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio. En 1920, la Rusia soviética legalizó el aborto. También se impulsaron medidas de protección laboral, de las madres y los niños, y se promovió la educación de las niñas.
Estas transformaciones buscaban ir más allá de la igualdad ante la ley. La lucha contra la doble explotación económica y doméstica debía permitir que las mujeres participaran plenamente en el trabajo, la ciencia, la cultura y la política. Se promovió su participación en los sóviets, el Partido, los sindicatos y las cooperativas. También se intentó organizar colectivamente la educación de los niños y las tareas familiares, para que el cuidado dejara de recaer exclusivamente sobre las mujeres. ¿Estos cambios serían para siempre?
Cambios y retrocesos
Las transformaciones revolucionarias convivieron desde temprano con profundas dificultades económicas y políticas. A veces se piensa que con la Revolución rusa triunfó el comunismo y se constituyó la Unión Soviética, como si se tratara de un único acontecimiento. Sin embargo, después de la toma del poder bolchevique llegaron años de guerra civil, crisis y disputas sobre el rumbo de la revolución. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se fundó en diciembre de 1922 y atravesó cambios profundos, especialmente después de la muerte de Lenin, en 1924.
En 1921, Kollontái se sumó a la Oposición Obrera, una corriente que cuestionaba la creciente burocratización del Partido y reclamaba una mayor participación de los trabajadores en la dirección de la economía. Sus integrantes rechazaban la Nueva Política Económica impulsada por Lenin, porque consideraban que se alejaba de los principios colectivistas e igualitarios de la revolución. Sin embargo, el Décimo Congreso del Partido Comunista ordenó disolver las fracciones internas, consolidando la centralización política. Aleksandra perdió influencia y, a partir de 1922, comenzó una extensa carrera diplomática.
Mientras tanto, las conquistas de los primeros años revolucionarios enfrentaban sus propios límites. En 1921, Kollontái escribió:
"La separación de la cocina y el matrimonio ha sido tan importante como la de la Iglesia y el Estado"
La frase expresa una idea central de su pensamiento: la liberación de las mujeres exigía transformar la vida cotidiana. Las cocinas colectivas, los centros de maternidad y las guarderías debían permitir que el cuidado dejara de ser una responsabilidad exclusivamente femenina. Sin embargo, esa infraestructura era frágil y no alcanzaba para responder a las necesidades de una sociedad atravesada por la guerra y la crisis.
Durante los años siguientes, las dificultades económicas y los cambios políticos debilitaron parte de ese proyecto. En 1926 se aprobó un nuevo Código de Familia que modificó aspectos de la legislación anterior, pero no resolvió problemas materiales como la manutención y el acceso a la vivienda después de una separación. En 1936, el gobierno de Stalin prohibió el aborto, salvo excepciones médicas, y reforzó una política que colocaba nuevamente a la maternidad y a la familia en el centro de la vida social.
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La revolución había abierto posibilidades inéditas para la emancipación femenina, pero los derechos no eran irreversibles. La igualdad legal no garantizaba por sí sola la autonomía económica; también eran necesarias políticas públicas e instituciones capaces de sostenerla. Mientras los primeros años revolucionarios habían intentado socializar las tareas de cuidado y ampliar la participación de las mujeres en la vida pública, las transformaciones posteriores restringieron algunas de esas conquistas.
Ecos de una revolución
La historia de Kollontái nos deja una pregunta vigente: ¿hasta dónde puede llegar la emancipación de las mujeres si no se transforman las condiciones materiales que sostienen la desigualdad?
Más de un siglo después, esta experiencia permite mirar críticamente el avance de las derechas contemporáneas y la muerte silenciosa del asistencialismo social que contribuía a distribuir parte de las tareas de cuidado. Cuando se recortan los servicios públicos y el Estado se retira de esas responsabilidades, las tareas no desaparecen, sino que vuelven a los hogares y recaen, una vez más, principalmente sobre las mujeres. Debilitar la infraestructura pública puede convertirse así en un doble triunfo para los proyectos conservadores, porque reduce el gasto estatal y refuerza, de hecho, la familia tradicional. La omisión estatal privatiza el bienestar y convierte problemas estructurales en asuntos que cada familia debe resolver por su cuenta.
Kollontái imaginó una transformación que iba más allá de conquistar derechos: buscaba cambiar la organización de la vida cotidiana. Su historia nos recuerda que la emancipación no consiste solamente en reconocer derechos, sino en construir las condiciones materiales para ejercerlos. Cuando las políticas que sostienen la vida colectiva se debilitan, la desigualdad no desaparece; vuelve a organizarse puertas adentro.
Guadalupe Rosso
Bibliografía para estudiar a Aleksandra Kollontái
Frencia, C., y Gaido, D. (2018). Feminismo y movimiento de mujeres socialistas en la Rusia Soviética. Santiago: Ariadna.
Fitzpatrick, Sheila (2018). La Revolución Rusa. Buenos Aires: Siglo XXI.
Goldman, Wendy (2016). La Mujer, El Estado y la Revolución. Política Familiar y Vida Social Soviéticas 1917-1936. Buenos Aires: IPS.
Kaplan, T. (1992). On the socialist origins of International Women’s Day. International Review of Social History, 37(3), 351–374.











































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