Carlo Ginzburg: Microhistoria entre el queso y los gusanos | Huellas de la Historia
- Pablo Javier Coronel

- hace 14 minutos
- 15 min de lectura
Una conversación sobre brujas, molineros heréticos, hombres lobo y el arte de leer los silencios de la historia.
Hay historiadores que escriben sobre el pasado desde arriba, desde las cumbres del poder, los tratados y los archivos de Estado. Carlo Ginzburg eligió bajar al sótano.

En 1961, con 22 años y una hoja de papel en la mano que lo acreditaba como "persona digna de confianza", entró solo en el archivo arzobispal de Udine, en el Friuli italiano, y no volvió a ser el mismo.
Lo que encontró allí —siglos de procesos inquisitoriales manuscritos que nadie había leído— lo llevaría a construir una de las corrientes historiográficas más influyentes del siglo XX: la microhistoria. Esta es la historia de cómo llegó hasta allí, contada por él mismo en una conversación que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional de Chile.
Un niño, un toro pacifista y los primeros miedos
Antes de ser uno de los historiadores más leídos del mundo, Carlo Ginzburg fue un niño que escuchaba. Su madre o su padre le leían libros en voz alta, como hacen los padres que aman los libros, antes de que él mismo supiera descifrar las letras. El primero que recuerda se titulaba Fernando el Toro —ese cuento clásico sobre un toro español que prefiere oler flores a pelear en la corrida—, y lo recuerda con la nitidez de quien guarda algo valioso.
Pero hubo otro libro que no lo dejó tranquilo. Un libro de cuentos sicilianos del escritor Luigi Capuana, ilustrado, que le leían cuando tenía tres o cuatro años. Había una historia, «Gomitetto» —el pequeño ovillo—, en la que una niña entraba en una casa encantada y se encontraba con un ser diminuto vestido con turbante y gran pluma de pavo real. La criatura le decía su nombre. Se daba vuelta la página. Y aparecía un hombre lobo que le saltaba encima.
"Lo que me daba realmente miedo no era el hombre lobo. Era el gomiteto. Había ese retorno al miedo: la cosa extraña es que después me ocupé reiteradamente de los hombres lobo"
Ginzburg confiesa que, sin saber leer, pasaba las páginas de ese libro para llegar al hombre lobo desde el gomiteto. Lo que le aterraba no era el monstruo explícito sino el umbral, la criatura enigmática que lo anunciaba. Esa distinción —entre el símbolo superficial y la estructura profunda que lo sostiene— se convertiría décadas más tarde en la piedra angular de su método histórico.
La infancia en los Abruzos y las historias de brujas
Ginzburg nació en Turín en 1939, pero pasó sus primeros años en un pequeño pueblo de los Abruzos, en el centro-sur de Italia. Su padre, Leone Ginzburg —escritor, antifascista, uno de los fundadores de la editorial Einaudi—, había sido confinado allí por el régimen fascista, tanto por su militancia política como por su origen judío. La madre fue a reunirse con él, y la familia vivió allí hasta que Carlo tenía cuatro años.
En ese pueblo, una chica cantaba baladas, contaba historias. Y esas historias estaban llenas de brujerías. Era, según cuenta, una zona "especialmente fértil" en ese tipo de narraciones. Toda Italia lo era: Italo Calvino lo confirmaría años más tarde al recopilar sus célebres Fiabe italiane , repletas de hechiceras, transformaciones y mundos paralelos. Ginzburg dice que desconfía de la mirada retrospectiva, de ese impulso de trazar una línea causal perfecta entre la infancia y la obra adulta. Pero tampoco puede ignorar el hilo.

Solo en el archivo: el momento fundacional
Tenía 19 años y estudiaba en Pisa cuando decidió que quería estudiar los procesos de brujería. No la persecución institucional, sino las personas detrás de las acusaciones: los hombres y las mujeres concretos que comparecían ante los inquisidores. En ese momento, sin ser consciente de ello, se había metido en una trampa.
"Sin saberlo, me coloqué en una trampa de la que luego intenté salir", dice. El problema era metodológicamente explosivo: ¿cómo reconstruir los pensamientos, los sueños, las creencias de personas acusadas de brujería, si la única fuente disponible son los documentos producidos por quienes las perseguían? ¿Cómo separar la voz del inquisidor de la voz del acusado?
Los benandanti (literalmente "los que van bien") eran hombres y mujeres del Friuli, región del noreste de Italia, que afirmaban haber nacido con el velo o camisa fetal. Según su propia creencia, eso los obligaba a salir del cuerpo por las noches —a veces en forma de animal— cuatro veces al año, durante las Témporas, para combatir contra brujas y hechiceros armados de cañas de hinojo. La fertilidad de los campos dependía del resultado de esas batallas nocturnas.
No eran brujas: se consideraban sus opuestos, sus enemigos. Los inquisidores tardaron décadas en comprenderlo —o en decidir que no importaba.
Una hoja de papel y dos siglos de silencio
En 1961, Ginzburg entró en el archivo arzobispal de Udine con una credencial artesanal: una hoja grande en la que un sacerdote-historiador había escrito que "el doctor Ginzburg es persona digna de confianza". Recuerda haber pensado en D'Artagnan. El archivero abrió los armarios y se fue.
Lo que había dentro era extraordinario: dos siglos y medio de procesos inquisitoriales del Friuli, manuscritos, que prácticamente nadie había leído antes. Ninguna máquina de fotos. Ningún ordenador. Ginzburg transcribió los documentos a mano, solo, en una sala con frescos de Tiepolo en el piso de arriba. "Era una especie de viaje mental", dice. Los benandanti contaban sus batallas con una profusión de detalles sensoriales: un hechicero gordo, vestido de amarillo, con barba negra. La imagen era tan vívida que resultaba irreal.
Lo que Ginzburg encontró fue aún más revelador que los contenidos en sí: la forma del diálogo. Los inquisidores no entendían a los benandanti. No los reconocían en ninguno de sus manuales ni esquemas teológicos. Y esa incomprensión mutua —ese diálogo roto— se convirtió para el historiador en una herramienta de certeza. Cuando el interrogador no comprende, no puede imponer su guión. Y lo que el acusado dice espontáneamente es genuino.
"La falta de comunicación se convierte en un instrumento de certeza para el historiador. Cuando el diálogo no funciona, el acusado dice algo que no viene de los inquisidores"
Menocchio: el molinero que quería hablar con el Papa
En ese mismo archivo, entre las miles de notas descriptivas de los procesos, Ginzburg encontró una que lo detuvo: un campesino que decía que el mundo había nacido de la putrefacción. Guardó la anotación en sus carpetas durante siete años. La llevaba consigo como una promesa pendiente.
Cuando por fin retomó el hilo y se hizo fotocopiar esos procesos, se encontró ante uno de los personajes más fascinantes de la historiografía europea: Domenico Scandella, apodado Menocchio , molinero del pueblo de Montereale Valcellina, en el Friuli, que fue procesado dos veces por la Inquisición y finalmente ejecutado en 1599 por orden directa del papa Clemente VIII.
Una cosmogonía de queso y gusanos
Lo extraordinario de Menocchio no era solo que pensara diferente, sino la profundidad y originalidad de su sistema de ideas. El mundo, según él, había surgido como el queso surge de la leche: por fermentación espontánea, sin creador divino. De esa masa primordial habían emergido los ángeles como gusanos. Era una cosmogonía materialista, casi pre-darwiniana, construida a partir de lecturas heterodoxas y filtrada por una cultura oral campesina milenaria.
Y Menocchio leía. En ese pequeño pueblo circulaban libros: el Decamerón de Boccaccio, el Corán , el Fioretto della Bibbia , obras que Ginzburg identificó pacientemente a partir de los relatos que el molinero hacía a los inquisidores. Cuando Menocchio hablaba de "un libro llamado Zampollo", el historiador descubrió que era una pronunciación veneciana de "Giampaolo": se trataba de Il sogno del Caravia . La biblioteca de Menocchio fue reconstruida libro a libro.
Lo que separa a Menocchio de "uno de nosotros"
Ginzburg advierte en su libro —y en la entrevista— de una tentación fácil: convertir a Menocchio en un precursor del pensamiento moderno, en un proto-Iluminista del Renacimiento tardío. Hay momentos en que su tolerancia religiosa parece asombrosamente contemporánea: "Cristianos, judíos, herejes, Dios a todos los quiere igual", decía. Pero hay algo en él que no encaja con nosotros.
La lectura que hace Menocchio de los libros es radicalmente diferente a la nuestra. Él lee con los oídos: filtra cada página a través de una cultura oral que es anterior a la cultura impresa. Las expectativas que trae al texto son las de un mundo en el que el conocimiento circula hablado, cantado, narrado de noche junto al fuego. El resultado es un pensamiento genuinamente original: no es una síntesis de sus lecturas, sino una transformación de ellas.
El gran deseo de Menocchio, repetido ante los inquisidores, era hablar con el Papa y con el Emperador. Creía tener cosas importantes que decir. Los inquisidores estaban intrigados, incluso mientras preparaban su condena. Lo hacían transcribir. Le hacían preguntas. Y los vecinos del pueblo, cuando el tribunal preguntó si Menocchio estaba loco, respondieron: "No. Es extraño. Dice cosas que no entendemos. Pero no está loco."

Los hombres lobo bálticos y el hilo de la camisa
El libro sobre los benandanti había terminado. Ginzburg lo envió a la editorial Einaudi —donde su madre trabajaba desde hacía años, la misma que su padre había cofundado antes de morir cuando Carlo tenía cinco años— y esperó. El libro tardó en publicarse. Y en ese tiempo de espera ocurrió algo que cambiaría toda su obra futura.
Por casualidad, en una revista académica oscurísima de Livonia, encontró el proceso de un anciano hombre lobo. Se llamaba Thiess. Y su declaración ante el tribunal era sospechosamente parecida a la de los benandanti friulanos.
La semejanza no era superficial. No era que ambos pertenecieran a la categoría genérica de "seres sobrenaturales". Era que la estructura era idéntica: unos y otros afirmaban combatir por las noches contra brujas y hechiceros para asegurar la fertilidad de los campos. Los friulanos combatían por el vino; los bálticos, por la cerveza. El fondo era el mismo.
¿Difusión o convergencia independiente?
El problema era que entre ambos testimonios había un siglo de diferencia y mil kilómetros de distancia. "Muchos historiadores hubieran dicho: esta semejanza no carece de interés, pero los lugares son demasiado distantes", reconoce Ginzburg. La tentación era descartar el paralelo como coincidencia.
Ginzburg no lo descartó. Y la pieza que lo unió todo llegó de la filología románica: un ensayo del lingüista rumano Lazăr Şăineanu sobre un texto medieval en el que un príncipe era hombre lobo precisamente porque había nacido con el velo fetal. El velo. La camisa. Los benandanti también decían que su condición especial venía de haber nacido con la camicia. Los hombres lobo bálticos también. Había un sustrato compartido, antiquísimo, que había sobrevivido en formas distintas a uno y otro lado de Europa.
Y entonces vino Freud. Leyendo el célebre caso del "hombre de los lobos" —aquel paciente ruso de familia acomodada cuya neurosis Freud interpretó a partir de un sueño de infancia con lobos en un árbol—, Ginzburg descubrió que ese paciente también había nacido con el velo. Su niñera campesina le había contado historias. En el Friuli o en los países bálticos, ese hombre habría sido un benandante o un hombre lobo. En Viena, en el consultorio de Freud, se convirtió en un neurótico.
"En el Friuli habría sido un benandante. En un país báltico, un hombre lobo. En cambio, en el contexto de la alta burguesía rusa, se convirtió en un neurótico"
El sabbat, la conspiración y el miedo que no cambia
El gran libro de síntesis de Ginzburg, publicado en 1989, se llama Historia nocturna . En él rastrea la genealogía del estereotipo del sabbat de las brujas: esa reunión nocturna con el diablo, los vuelos sobre escobas, los rituales obscenos que los inquisidores describían con detalle minucioso en sus manuales. ¿De dónde vino esa imagen? ¿La inventaron los perseguidores o tenía raíces en algo real?
La respuesta de Ginzburg es que ni lo uno ni lo otro, exactamente. El estereotipo del sabbat fue el resultado de lo que él llama una "formación de compromiso" : una construcción lenta, a lo largo de décadas, en la que confluyeron elementos de la cultura popular —creencias antiguas sobre vuelos nocturnos, combates rituales, transformaciones animales— y elementos de la cultura dominante, especialmente la idea del complot .
El complot eterno: de los leprosos a nuestros días
El libro abre con un episodio de 1321 en Francia: corre el rumor de que los leprosos están envenenando los pozos para exterminar a los sanos. Los leprosos son interrogados, torturados. Confiesan. Pero añaden: nosotros obedecemos órdenes de los judíos. Y los judíos, a su vez, actúan en nombre de los sultanes musulmanes. Tres capas de conspiración. Una amenaza total contra la sociedad cristiana.
Ginzburg ve en ese episodio el origen de la idea de la "quinta columna": el enemigo interno que trabaja para destruir la comunidad desde dentro. La misma lógica estructural aparecerá siglos después en las acusaciones contra las brujas, luego en los grandes procesos políticos modernos, y en las teorías conspirativas contemporáneas.
"Escribí ese libro en 1989", dice Ginzburg. "Estoy seguro de que si lo releo hoy, lo leeré de manera diferente. El tema del complot se ha vuelto mucho más actual."
Cuando la historia sirve para un proceso real
Uno de los momentos más personales y polémicos de la entrevista es cuando Ginzburg habla de un libro que escribió sobre un proceso judicial contemporáneo italiano. Un queridísimo amigo suyo fue acusado de haber organizado un crimen político. Ginzburg estaba convencido de su inocencia absoluta.
La historia le sonaba conocida. Leyó en la prensa una carta firmada por varios intelectuales, entre ellos el historiador Adriano Prosperi, que describían el proceso como "un proceso de brujas". Y Ginzburg, que había pasado décadas estudiando exactamente eso, pensó que podía hacer algo útil: analizar las tres mil páginas de transcripciones procesales con las mismas herramientas que había aplicado a los archivos del siglo XVI.
Las lecciones de los inquisidores del siglo XVII
Lo que encontró fue perturbador por su coherencia. En un manual para inquisidores del siglo XVII, el autor advertía explícitamente que los cuerpos del delito debían conservarse con cuidado, porque los procesos de brujería hasta entonces habían sido conducidos de manera injusta. En el proceso contemporáneo, las pruebas materiales clave —la máquina de los supuestos atacantes, la ropa de la víctima— habían sido destruidas por la policía antes del juicio. Los inquisidores del siglo XVII lo hubieran considerado inadmisible.
"Mi libro no funcionó", admite Ginzburg con una sencillez que duele. Su amigo fue condenado. Pasó ocho años en prisión. Estuvo al borde de la muerte. Solo después de muchos años y muchos recursos quedó en libertad.
La experiencia dejó una huella en la concepción que Ginzburg tiene de la historia: el pasado no es un territorio seguro y neutral. El método histórico es también un método crítico, aplicable al presente. Y los patrones que se repiten no son metáforas: son estructuras reales.
Las trampas que uno se construye: el arte del indicio
Si hay una frase que resume la filosofía de trabajo de Ginzburg, es esta: "Yo creo que si uno no se construye trampas, lleva una vida un poco aburrida." No lo dice como provocación. Lo dice como diagnóstico.
El paradigma indiciario —así lo llamó en un famoso ensayo de 1979— parte de la idea de que la historia se puede leer como se lee una huella: atendiendo a los detalles aparentemente insignificantes, a las anomalías, a los márgenes. Un médico diagnostica a partir de síntomas menores. Un detective resuelve el crimen a partir de cenizas de cigarrillo. Giovanni Morelli identificaba cuadros auténticos a partir de la forma en que el pintor dibujaba las orejas y los dedos. Freud interpretaba los sueños a partir de los detalles que el paciente consideraba sin importancia.
El historiador, para Ginzburg, trabaja igual. Los grandes relatos —la historia de los reyes, los tratados, las batallas— son el cuadro general. Pero la verdad más profunda sobre cómo vivían, pensaban y soñaban las personas corrientes está en los márgenes: en las confesiones arrancadas a medias, en los errores del notario, en las contradicciones del testigo, en el diálogo que no funciona.
"Generalizar las preguntas no es lo mismo que generalizar las respuestas. El caso anómalo no es un obstáculo: es la puerta de entrada"
Una vida dedicada a escuchar lo que los documentos no quieren decir
Ginzburg tiene ahora más de 80 años. Su obra sigue siendo leída en universidades de todo el mundo. El queso y los gusanos —el libro sobre Menocchio— es uno de los textos de historia más vendidos y citados de las últimas décadas. Ha sido traducido a docenas de idiomas. Cada nueva traducción abre conversaciones que él no anticipó.
En Tokio, presentando Historia nocturna ante un público japonés completamente desconocido para él, lejos de su país, algo se le aclaró. A esa distancia, con esa soledad, pudo ver su propia trayectoria con ojos nuevos. El gomiteto de la infancia. Las historias de brujas en los Abruzos. El archivo de Udine. El molinero herético. Los hombres lobo del Báltico. El neurótico de Freud. El proceso político.
Todo conectado. No por destino, sino por método: el método de quien sabe que la historia no está donde parece estar, sino donde el ruido se detiene y empieza el silencio.
Pablo Javier Coronel
Bibliografía de Carlo Ginzburg
I benandanti (1966) El libro fundacional. La historia de los combatientes nocturnos del Friuli y su lenta transformación en brujos a manos de los inquisidores.
El queso y los gusanos (1976): El mundo del molinero Menocchio, su cosmogonía radical y el encuentro imposible entre cultura popular y cultura letrada.
Mitos, emblemas, indicios (1986):Ensayos metodológicos, incluyendo el célebre «Spie» (El paradigma indiciario), clave para entender su método.
Historia nocturna (1989): El estudio comparado del sabbat de las brujas: sus raíces en la cultura popular euroasiática y su construcción inquisitorial.
Cronología de una investigación
1939
Nace en Turín. Su padre, Leone Ginzburg, cofundador de Einaudi, morirá en la cárcel en 1944.
1943–1946
Primeros años en un pueblo de los Abruzos, donde su padre está confinado como judío y antifascista.
1958
Estudiante en Pisa. Decide a los 19 años estudiar los procesos de brujería desde la perspectiva de los acusados.
1961
Entra solo en el archivo arzobispal de Udine. Descubre los procesos de los benandanti.
1966
Publica I benandanti con Einaudi. Primer libro, primer impacto internacional.
1976
Publica El queso y los gusanos. El libro sobre Menocchio se convierte en un clásico mundial de la microhistoria.
1989
Publica Historia nocturna. Síntesis comparativa sobre el sabbat y sus raíces euroasiáticas.
Preguntas frecuentes sobre Carlo Ginzburg, la microhistoria y la Inquisición
¿Quién fue Carlo Ginzburg y por qué es considerado uno de los historiadores más importantes del siglo XX?
Carlo Ginzburg es un historiador italiano nacido en 1939 y uno de los principales referentes de la microhistoria. Su obra revolucionó la historiografía al demostrar que el estudio de individuos aparentemente anónimos, como campesinos, molineros o acusados de brujería, puede revelar aspectos fundamentales de la cultura y la sociedad de una época. Sus investigaciones sobre la Inquisición, la cultura popular y las creencias europeas lo convirtieron en una figura clave de la historia cultural contemporánea.
¿Qué es la microhistoria y cuál fue el aporte de Carlo Ginzburg?
La microhistoria es una corriente historiográfica que analiza casos particulares para comprender procesos históricos más amplios. Carlo Ginzburg fue uno de sus principales impulsores y mostró que el estudio detallado de una persona, una comunidad o un juicio puede ofrecer información valiosa sobre la mentalidad colectiva, las relaciones de poder y la cultura popular de una época.
¿Cuál es el libro más famoso de Carlo Ginzburg?
El libro más conocido de Carlo Ginzburg es El queso y los gusanos (1976). La obra reconstruye la vida y las ideas de Menocchio, un molinero italiano del siglo XVI procesado por la Inquisición. Este libro se convirtió en un clásico de la historia cultural y de la microhistoria por mostrar cómo una persona común podía desarrollar una visión del mundo original y compleja.
¿Quién fue Menocchio y por qué es importante para la historia?
Menocchio, cuyo nombre real era Domenico Scandella, fue un molinero del Friuli que vivió en el siglo XVI. Su importancia radica en que los documentos inquisitoriales conservaron sus ideas religiosas y cosmológicas con gran detalle. Gracias a la investigación de Carlo Ginzburg, Menocchio se transformó en uno de los personajes más estudiados de la historiografía moderna y en un símbolo de la cultura popular europea.
¿Qué significa la teoría del queso y los gusanos?
La teoría del queso y los gusanos era la explicación que Menocchio daba al origen del universo. Según su visión, el mundo surgió de manera espontánea, como el queso se forma a partir de la leche, y los ángeles aparecieron como gusanos dentro de esa masa primordial. Esta cosmología fue considerada herética por la Inquisición y constituye uno de los ejemplos más conocidos de pensamiento popular en la Europa moderna.
¿Quiénes eran los benandanti estudiados por Carlo Ginzburg?
Los benandanti eran hombres y mujeres del Friuli que afirmaban abandonar sus cuerpos durante ciertas noches del año para combatir a las brujas y proteger la fertilidad de los campos. Se consideraban defensores de la comunidad y no practicantes de la brujería. Carlo Ginzburg descubrió sus testimonios en archivos inquisitoriales y demostró que representaban una tradición cultural distinta de la imagen clásica de las brujas europeas.
¿Qué relación existe entre los benandanti y la brujería?
Aunque los inquisidores terminaron asociando a los benandanti con la brujería, ellos se definían como enemigos de las brujas. Ginzburg mostró que la identificación entre ambos grupos fue un proceso gradual impulsado por los tribunales inquisitoriales, que reinterpretaron las creencias populares según sus propios esquemas religiosos y jurídicos.
¿Qué es el paradigma indiciario de Carlo Ginzburg?
El paradigma indiciario es un método de investigación histórica basado en la interpretación de pistas, huellas y detalles aparentemente insignificantes. Ginzburg sostenía que los pequeños indicios pueden revelar aspectos ocultos de la realidad histórica, del mismo modo que un detective reconstruye un crimen o un médico diagnostica una enfermedad a partir de síntomas.
¿Qué relación existe entre la Inquisición y la obra de Carlo Ginzburg?
La Inquisición ocupa un lugar central en la obra de Ginzburg porque muchos de sus estudios se basan en procesos inquisitoriales. Estos documentos permiten conocer las creencias, temores y formas de pensamiento de personas que normalmente no dejaron testimonios escritos. Para Ginzburg, los archivos inquisitoriales son una puerta privilegiada para acceder a la cultura popular europea.
¿Qué plantea Carlo Ginzburg sobre la cultura popular?
Ginzburg cuestionó la idea de que la cultura popular simplemente imitaba a la cultura de las élites. Sus investigaciones demostraron que existía un intercambio constante entre ambas. Los sectores populares reinterpretaron ideas religiosas, literarias y filosóficas según sus propias experiencias, creando formas culturales originales y complejas.
¿Qué es Historia nocturna y por qué es una obra importante?
Historia nocturna (1989) es una de las obras más ambiciosas de Carlo Ginzburg. En ella analiza el origen de las creencias relacionadas con el sabbat de las brujas y rastrea elementos comunes presentes en distintas tradiciones europeas. El libro combina historia, antropología y análisis comparativo para explicar cómo surgieron algunas de las imágenes más conocidas de la brujería occidental.
¿Por qué Carlo Ginzburg sigue siendo relevante en la actualidad?
Las investigaciones de Carlo Ginzburg siguen siendo fundamentales porque ofrecen herramientas para comprender cómo se construyen los relatos históricos, cómo funcionan los mecanismos de exclusión y persecución y cómo pueden recuperarse las voces de grupos marginados. Su método continúa influyendo en historiadores, antropólogos, sociólogos y especialistas en cultura popular de todo el mundo.








































Comentarios