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Venezuela y los Imperialismos

Venezuela, el pozo petrolero de América Latina se ha venido transformando en los últimos años en simplemente un pozo. Un agujero negro y profundo que se traga todo lo que tiene cerca y que expulsa a su población de manera constante. Sin embargo, la izquierda latinoamericana se ha tomado la molestia de opinar con gran desconocimiento o con posturas patéticas para defender la supuesta autodeterminación del pueblo venezolano contra el imperialismo norteamericano. Posturas ambivalentes de rechazo a Maduro y a la intervención de los Estados Unidos, denuncias al imperialismo, acusaciones a la oposición, etc. Todos argumentos que sesgan la realidad de un país que se ha olvidado de lo que es comer. Es importante para hacer una crítica seria poder caracterizar a todos los sectores intervinientes en el país bolivariano.

Venezuela ha pasado a ser una dictadura. Despojando de todo carácter peyorativo de esta caracterización, es importante realizar un análisis de las consecuencias de la implantación de este tipo de gobierno. Quienes se han quedado con el poder son los sectores militares que, habiendo llegado mediante el voto democrático después de la muerte del presidente Hugo Chávez, consiguió los medios necesarios para perpetuarse en el poder por diferentes situaciones de coyuntura histórica. El carácter social de este sector militar no deja de representar a la burguesía nacional. Mediante la repartición de empresas entre las diferentes cúpulas se han dispuesto a perpetuar el sistema de explotación capitalista. Lo han hecho de la forma más brutal: se aumentaron exponencialmente los márgenes de explotación se los trabajadores mediante la pérdida de poder adquisitivo con mecanismos tales como devaluación e inflación (nada que no conozcamos durante los gobiernos de Cristina Kirchner y Mauricio Macri en la Argentina).


Por otro lado, los poderes republicanos y la democracia comenzaron a sufrir sus propios recortes. La Asamblea Nacional (con mayoría opositora) comenzó a ser reemplazada por la Asamblea Constituyente que tiene como mandato modificar la Constitución Nacional (sin acuerdo de la AN). Y no es por pura paquetería que se indica este punto, sino que la calidad democrática en su sentido más puro esta desarticulada. El “demos-cratos” (poder del pueblo) no existe. La Asamblea Nacional o la Constituyente no contemplan ningún tipo de participación directa del Pueblo. Solo mediante representantes de la burguesía es que se intenta dirigir los hilos del poder en el país. En el sentido socialista (que pretende reivindicar Maduro) el poder sigue en manos de la misma clase social que lo detentara antes de la “Revolución Bolivariana”.


En la vereda de enfrente esta la “oposición”. Un conglomerado de políticos de raza que representan fielmente los intereses de la burguesía desplazada por el avance totalitario del chavismo. Dueños de la tierra, medios de comunicación y pequeñas industrias deficitarias o asociadas al petróleo que fueron quedando fuera del sistema estatal. Su desesperación está ligada directamente a sus ganancias. La designación de Guaidó como presidente paralelo es un intento más en lograr desplazar la dictadura madurista pero sin más perspectivas que entregar el país al tutelaje estadounidense para salir del pozo.


En la chiquita se pueden ver esos dos grandes conglomerados políticos enfrentados. Pero en la pelea a gran escala, la izquierda latinoamericana sigue con su mirada infantil y atrasada de asociar “imperialismo” con “Estados Unidos”. Siguiendo esa visión, la miopía no permite ver que Rusia y China también son países imperialistas y que replican la misma lógica que Estados Unidos. Los tres países tienen atados a Venezuela sus propias cuerdas económicas: la deuda, la compra de la producción y la intervención en el precio del petróleo. Una intervención militar seria para cualquiera de estos países más costoso en términos económicos y mediáticos que presionar con sus amarras a Venezuela. Los titiriteros mueven a sus muñecos en su pequeño teatro de marionetas. Las posiciones pueden ser más o menos duras pero lo más seguro es la presión por estos medios.


Aún contemplando la intervención militar de cualquiera de estos países ¿Cómo podemos hablar de imperialismo solo cuando Estados Unidos interviene? ¿Si Rusia y China envían sus tropas para proteger sus propios intereses (pago de deuda externa y abastecimiento de petróleo) no serian imperialistas? ¿La deuda venezolana con los países orientales no forma parte de la lógica imperialista que describiera Lenin hace varios “mundos” atrás? En el medio de todo esto, la gente.


Cuando hablo de “la gente” me quiero referir a la clase trabajadora. No voy a hablar yo por ellos, sino que voy a transmitir la experiencia de conversar con ellos. Me tocó últimamente conocer Colombia y Ecuador, dos de los países que más venezolanos acogió durante el gran éxodo poblacional de los últimos años.


Rosa, llegada a Santa Marta (Colombia) hace dos meses, trabaja limpiando en un hostel junto a sus hermanas vivió el día de la proclamación de Guaidó con euforia. Mirándome a los ojos me dijo: “Esto se va a arreglar y vamos a poder volver”. Con sus manos trabajadoras me indicaba cuantas bolsas de arroz podía comprar por semana con su sueldo en la localidad de Valencia. Una.


Wilmar, de unos treinta años, fue un compañero ocasional en un viaje en bus. Con su gorra de Venezuela me contaba con voz temblorosa como tuvo que dejar Maracaibo con su mamá para poder trabajar en Barranquilla. Una libra de arroz y un tomate era todo lo que podía comprar para comer por quincena. Responsable de una hija y una hermana chiquita se enfrentaba incrédulo ante mí que viajaba como turista desde Argentina. Intentando brindarle esperanza ante un futuro que se ve a la legua que será negro, le hice ver que muchos venezolanos habían logrado rehacer su vida fuera del país. Sobre el final de la charla, señala su gorra (la típica con la bandera tricolor y las estrellas blancas) y me dice “no la quería traer, pero es lo único que tenía mi papá para darme”. Tal sentimiento de desesperanza es el que puede sentir una persona que come solo arroz para sobrevivir.


Entre imperialismos y nacionalismos, la necesidad de alimentarse se hace más fuerte que todo. La miopía para ver la encrucijada que enfrenta Venezuela tiene como conclusión respuestas absurdas y ambiguas como “Fuera el imperialismo” (para defender al Maduro custodiado por los imperios ruso y chino) o “Abajo la dictadura comunista” cuando lo que se ve es una dictadura más de la burguesía. La solución de Venezuela seguramente vendrá de afuera, a la vista de la insuficiencia de la fuerza que tiene la clase trabajadora para organizarse y llevar adelante la transformación necesaria. Primero esta lo urgente: que la gente pueda comer.


Quizás podamos empezar por cambiar el sujeto del cambio. Revitalizar y poner en valor al trabajador venezolano, al pescador, al campesino, al llanero, al vendedor ambulante. Cuidar de ellos en los países a los que lleguen exiliados y hacerles recobrar la confianza para la lucha necesaria para cambiar la realidad del país. Ellos son el centro del cambio. Podrán pasar Maduro, Guaidó, EEUU, Rusia o China pero la situación real no va a cambiar, se necesita de la fortaleza de un pueblo que hoy está deprimido o gastando energías por falsas alternativas. En la auto-organización, la autogestión, el cooperativismo, la articulación de las Asambleas Populares esta el principio de la reconstrucción de venezolana, una Venezuela para todos y todas.


Pablo Javier Coronel

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