Venezuela en el Naufragio | Huellas de la Historia
- Pablo Javier Coronel
- hace 58 minutos
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Son como las 7 de la tarde. Nosotros de turistas. Un bus que tomamos de paso en la ruta que tiene como destino Santa Marta. Viene de Cúcuta. Viene lleno. Son venezolanos exiliados. Contrastes que duelen. Me siento en el primer lugar libre que encuentro, habíamos visitado el Parque Tayrona, allá por el norte de Colombia. Mi compañero de asiento resultó ser un curioso venezolano que me abordó con preguntas a penas sentarme. Y claro, éramos muy distintos, la curiosidad brotaba de ambas partes. Lo vi con su típica gorra tricolor, la que usaban en las manifestaciones chavistas y asocié directamente su origen. Viajaba con su madre y su hermana. Escapando.

Sus primeras preguntas tenían que ver con mi origen, “argentino” le dije, y sintió curiosidad de si estaba viviendo en Colombia, a donde iba y de donde venía. Si sabía de algún trabajo. Rápidamente me di cuenta que no iba a ser una conversación más. Su voz sonaba quebrada, salía de a poco, a gotas. Sentí un poco de vergüenza al contestarle que estaba de turista y que no sabía de trabajos. Mientras me iba contando la historia de su vida se me iba desgarrando el alma latinoamericana.
Se reconocía chavista pero que ahora la cosa era distinta, que no iba bien. Que con su trabajo llegaba a comprar “un paquete de arroz y un tomate” por fuera del CLAP (caja de comida entregada por el gobierno). Que la gorra que traía consigo era de su padre que había quedado en Maracaibo. Que el viaje era largo pero que tenían la ilusión de establecerse en Colombia y tener una vida un poco más normal.
Este testimonio directo, personal, me atravesó la mirada que pudiera llegar a tener sobre Venezuela y el chavismo degradado que había quedado en manos de Maduro. Desde joven había seguido con entusiasmo el proceso encabezado por Hugo Chávez, su oratoria y los pasos en la construcción del socialismo parecían acordes a lo que sentía que era el camino correcto para Latinoamérica. Sin embargo, ese camino se truncó. Estados Unidos impuso un bloqueo económico, la revolución bolivariana cambio de manos, se “burocratizó” en los altos mandos del ejército y la burguesía nacional que había creado el chavismo se convirtió rápidamente (y sin esfuerzo) en un parasito del Estado y los precios del petróleo.
La crisis producto de la caída del precio de las comodities junto a la crisis política producida por la muerte de Chávez, el rol autoritario ejercido por Maduro, el desenfreno de la corrupción entre el Estado y la burguesía bolivariana, la violación de los derechos humanos, la diáspora de los 8 millones, la persecución a la prensa, el hambre y la presión imperialista de EEUU fueron todos factores que hundieron a Venezuela en una crisis orgánica (económica, social y política) sin precedentes.
Maduro, un presidente que hablaba con el espíritu de Chávez encarnado en un pajarito para ganar las elecciones. Que intentó imponer su figura personal por sobre el bienestar de su pueblo. Que distribuyó el negocio del petróleo entre sus socios más cercanos para beneficiarse de la exportación a China, Rusia, Cuba, Irán pero también (y en gran medida) a los propios EEUU. Un país que vio florecer las mafias instaladas en la propia Guardia Nacional, los colectivos paramilitares chavistas y las diferentes escenas represivas que venimos viendo en los últimos años que se resumen en la tenebrosa cárcel Helicoide. Todo esto tuvo como corolario final el alevoso fraude electoral que vio el mundo en 2024 en donde directamente se falsearon las actas a los ojos del mundo.
Venezuela, un pueblo oprimido por su propia burguesía es ahora bombardeada por el imperialismo. El atropello de Trump se ha llevado puesta la soberanía y la legalidad de un país. La actuación puede parecer como un soplo liberador ante todo lo que venimos mencionando, sin embargo, nuevamente y tristemente, debemos matizar. El propio presidente norteamericano se expresó con la impunidad de los poderosos: “vamos por el petróleo” ¿Democracia? “No es el momento” ¿Soberanía? “Nosotros (EEUU) estamos a cargo” ¿Corina Machado? “No cuenta con el apoyo de su pueblo” ¿Delcy Rodríguez? “Tenemos un acuerdo con ella, hará lo que digamos” ¿Más muertos? “Si no acatan lanzaremos un segundo ataque”.
El pueblo venezolano parece encerrado en elegir entre Maduro o Trump. Después de años de atropellos, no podemos negarle a los que viven dentro y fuera del país que contengan la alegría que provoca el revanchismo lógico que hierve la sangre de cualquier persona. Pero la situación en más compleja. Hay leyes internacionales violadas, reglas de juego que mantienen la estabilidad cada vez más frágil del mundo. Trump acaba de abrir la puerta para que Putin se lleve a Zelensky, de que China ocupe Taiwán o que Corea del Norte pruebe misiles en la costa de Japón. Ni hablar del genocidio palestino, el avance árabe en Yemen o la ocupación norteamericana de Nigeria. Se comprende el festejo de aquel que ve a Maduro con los ojos tapados en un helicóptero rumbo a Nueva York, pero el mundo es un poco más complejo.
Quien se pronuncia en contra de los bombardeos de Trump o en rechazo el régimen criminal de Maduro es tildado de "tibio". Como si estar en contra de dos poderes tan fuertes (internos y externos) fuera una postura fácil. Como si hubiera que elegir entre uno y otro. Elegir un bando. Más aún, se nos tilda de "tibios" cuando desde la intelectualidad nos esforzamos por proponer la salida más difícil de todas: la auto-organización obrera para aprovechar el vacío de poder a partir de asambleas populares barriales. Quizás lo más puro de aquel chavismo primigenio que se vio en las primeras organizaciones comunales que luego se devoró la burocracia del PSUV. Si desde nuestras columnas no expandimos el horizonte de lo imaginable ¿Quién lo va a hacer?
Ese día, en Santa Marta, le deseé bendiciones a mi compañero de asiento. Porque aunque no sea creyente, los latinoamericanos nos brindamos buenos augurios de la forma que conocemos. El siguió rumbo a Barranquilla donde al parecer tenía un primo que lo esperaba con casa y oportunidades de empezar de vuelta. Era 22 de enero del 2019, un día después inesperadamente un tal Juan Guaidó se proclamo presidente y las venezolanas que trabajaban en el hostel celebraron, un poco me transmitieron esa alegría y esperanza. Pero su experiencia terminó en otro de los tantos fracasos políticos de Venezuela. Hoy estamos a las puertas de una situación mucho más degradada, más tensa y más peligrosa. Porque cuando el diablo mete la cola, el lugar huele a azufre.
Pablo Javier Coronel





























