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El Arte de la Guerra Moderna

Abordar la historia de la Europa moderna y la creación de los Estados modernos nos lleva ineludiblemente a cuestionarnos sobre el papel de la guerra en dicha creación. La secuencia y generalidad de las guerras durante este período (el siglo XVI, sostiene Parker, fue un siglo de guerras)[i] no nos permite obviar su presencia. Ahora bien, ¿fueron decisivas las guerras para la conformación de los estados o fueron secundarias?

La respuesta depende de los modelos interpretativos sobre la formación de los Estados modernos. Lachmann hace una síntesis de ellos, destacando el modelo de Weber (para el cual la Reforma Protestante es central y la guerra parece no ser importante); el de Marx y sus seguidores (para los que la clave está en que “el estado es un instrumento de las clases dominantes” y en cuya explicación la guerra en sí no parece ser relevante tampoco); el modelo fiscal-militar (en donde, como podemos deducir, la guerra y el aparato militar de los estados nacientes ocupan un lugar central. Volveré sobre este modelo enseguida); el de la elección racional (que otorga un rol clave a la decisión de los gobernantes respecto a la guerra y otras medidas que son sopesadas por ellos para evitar la revuelta de los súbditos); y la teoría del poder de Michael Mann (que parte del modelo británico como la forma arquetípica de la centralización y reorganización del poder en la Europa antes medieval). En este último modelo, la potencia militar de Inglaterra resulta clave en la formación de un Estado fuerte pero esa potencia es entendida más como una forma de “mantener la dominación tradicional sobre los campesinos”[ii] que una forma de enfrentarse a potencias vecinas. Por último, el autor ofrece un modelo alternativo basado en el conflicto entre élites. Según su tesis, “los estados llegaron a existir cuando las elites y su capacidad de organización se combinaron en una única institución”.[iii] En ese sentido, la guerra no es de ninguna manera central en su teoría, pero no descarta su presencia como hacen otras teorías que, al menos en apariencia, ni siquiera la mencionan. El autor reconoce que “la totalidad de estos estados alcanzaron el monopolio del uso legítimo de la fuerza en sus territorios” (32) (concepto proveniente de Weber) pero no le otorga un rol central a la guerra como lo hace el modelo fiscal-militar antes mencionado. Para este modelo, la fuerza y el desarrollo de los Estados modernos dependió de su capacidad para resistir y derrotar a sus rivales en el marco de “la escala de guerra incrementada”[iv], y dicha capacidad residía en la posibilidad de los monarcas de reunir ejércitos más grandes y recolectar impuestos para financiarlos. En otras palabras, dependió de “las concentraciones relativas de capital y coerción dentro de cada territorio”.[v] Es pertinente al respecto la postura de Poggi, inserta en este modelo, quien sostiene que “a medida que la escala de la guerra fue creciendo, [los señores feudales] no pudieron afrontar la compra del nuevo tipo de armamento, ni reunir los ejércitos cada vez más grandes que se requerían para competir en la arena internacional”.[vi]

Ahora bien, veamos que ocurrió en la práctica. Si tomamos como referencia a Parker y a Campillo, encontramos que la “revolución militar” del siglo XVI fue central en el desarrollo de los Estados modernos europeos. Por “revolución militar” Parker comprende cuatro modificaciones en el arte de la guerra (en las que no me explayaré abundantemente por una cuestión de espacio): la revolución táctica (que implicó el reemplazo de la guerra ofensiva por la guerra defensiva y las batallas campales por las guerras de asedio[vii]), la implementación de nuevas armas en reemplazo de las antiguas, el aumento espectacular del tamaño de los ejércitos junto con el cambio de estrategias y la mayor repercusión de la guerra en la sociedad.[viii]


Estos cambios producidos por la revolución militar, tanto en la defensa y construcción de fortalezas como en la adquisición de las nuevas armas (la “revolución de la pólvora”) o el incremento del tamaño de los ejércitos, implicaron un gran costo a comparación de las guerras de la Edad Media. Además, el cambio a la guerra defensiva en vez de ofensiva (o guerra de asedio) hacía que las guerras se prolongaran en el tiempo y se ganaran por “hambre”. Más tiempo, obviamente, significaba más recursos – materiales y humanos - a disposición de la guerra. En ese sentido, ningún señor feudal por sí solo podía costear estos cambios. A raíz de la magnitud y longitud de las guerras de principios de la Edad Moderna, es que se hace necesario un Estado poderoso capaz de movilizar semejantes recursos relativos al reclutamiento, financiación y abastecimiento de las guerras y los ejércitos.

Siguiendo este argumento, Campillo sostiene que “solo los Estados reunían las condiciones políticas y económicas imprescindibles para movilizar grandes contingentes de tropas, para adiestrarlas, aprovisionarlas, armarlas y alojarlas, y esto durante largos periodos de tiempo.” Así, la guerra pasa a ser monopolio exclusivo del Estado, monopolio que según el autor los Estados utilizan como principal instrumento de consolidación política. Para él la conexión entre la formación de los Estados modernos y la guerra es inminente: “todas las guerras del Renacimiento (…) dieron como resultado la consolidación de las grandes monarquías absolutas”.[ix]


De todas formas, creo que no hay que exagerar este vínculo. Si bien considero que la guerra sí ocupa un lugar central en la formación de los Estados modernos, no hay que sobreestimar este rol dejando de lados otros aspectos, como el conflicto de élites que aporta Lachmann, o la debilidad de los señores feudales para imponerse al campesinado tras la Peste Negra, como sostiene Anderson. Pero sin duda, las guerras del siglo XVI son un elemento constitutivo de los Estados modernos y del traspaso de una sociedad altamente dividida y descentralizada a sociedades centralizadas en aparatos de dominación fuertes y definitivos representados en las monarquías absolutas. Dicha centralización permitió, en parte gracias a la formación de un ejército y una burocracia permanentes, la creación de un aparato estatal mucho más grande y poderoso que los señoríos feudales de la Edad Media.


Por último, no hay que olvidar que para sus contemporáneos, la guerra también se vuelve un elemento central. El “arte de la guerra” comienza a aparecer en tratados militares y políticos y se ponen en debate sus prácticas y formas concretas, además de su legitimación. Sobre ello, el análisis de El Príncipe de Maquiavelo en contraposición a la Utopía de Moro resulta interesante, siendo para el primero que un príncipe “nunca debe alejar su pensamiento del ejercicio de la guerra”[x], y para el segundo la guerra nunca es deseosa (“Los Útopicos detestan la guerra como cosa de animales”) pero igual deben estar preparados para defender su fronteras en caso de que ocurriere.[xi]


Lucía Gracey

Citas y Bibliografía:

[i] PARKER, Geoffrey. La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Barcelona, Crítica, 1990 (1988), introducción y capítulos 1-2, p. 17.

[ii] LACHMANN, Richard. States and Power, Cambridge, Polity Press, 2011 (2010), capítulo 2, p.18.

[iii] Lachmann, R., Op. Cit., p.30

[iv] Ibídem, p.11.

[v] Ibídem, pp. 10-11.

[vi] Ibídem, p. 12.

[vii] CAMPILLO, Antonio. La fuerza de la razón. Guerra, Estado y ciencia en el Renacimiento, Murcia, Universidad de Murcia, 2008, primera parte, p. 61.

[viii] Parker, op. Cit., pp. 17-18.

[ix] Campillo, Op. Cit., p. 101.

[x] Niccolò Machiavelli, Il Principe, p. 112.

[xi]Thomas More. Utopia, 1516, segunda parte, capítulo VII, pp. 143-156

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