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Los Travestis Asesinos de Tebas

La historia de las crisis políticas de la humanidad está cargada de muertes y elucubraciones misteriosas. Tenemos grandes estadistas y dirigentes políticos asesinados con sustancias venenosas, disparos de bala, apedreos, cuchillos silenciosos en la noche y asesinos a sueldos. Pero ninguno tan curioso como el caso de los travestis asesinos de Tebas.


Durante la década de 380 los ciudadanos de Tebas estaban divididos en dos facciones. Una apoyaba la intervención espartana que había ganado terreno en toda Grecia después de la Guerra del Peloponeso alentando oligarquías favorables a los intereses de Esparta. Por otro lado, estaban aquellos que mantenían su fe en Atenas y su floreciente democracia.

En 382, Leontíades (líder de la facción pro-espartana) persuadió al general lacedemonio (espartano) Fébidas de que ocupara la acrópolis de Tebas, llamada la Cadmea, e instalara un gobierno pro-espartano. Quien llevo la peor parte de todo esto fue Ismenias (líder de la facción pro-ateniense). Fue juzgado y ejecutado por el gobierno pro-espartano de la ciudad tras acusarlo de conspirar con los persas y aceptar dinero de ellos. La fuerte contradicción que produjo este juicio se daba en contexto de pacto y acuerdo con Persia con Esparta para asegurar la paz y autonomía en Grecia a cambio de tierras (ciudades de Asia y las islas de Clazomenas y Chipre).


Por todo esto en el año 379, siete partidarios de Ismenias que se habían refugiado en Atenas entraron en secreto en Beocia y, en connivencia con los conspiradores que aun quedaban en Tebas fueron conducidos disfrazados de mujer ante los oligarcas, a los que habían prometido la compañía de ciertas hetairas. Es importante destacar que en la sociedad de la antigua Grecia, las hetairas eran mujeres independientes y, en algunos casos, de gran influencia, a quienes se les obligaba a utilizar vestidos distintivos y que tenían que pagar impuestos. Era un colectivo formado principalmente de antiguas esclavas y de extranjeras, y tenían un gran renombre en sus capacidades de danza y música, así como por sus talentos físicos. Existen evidencias de que, al contrario de la mayoría del resto de las mujeres griegas de la época, las heteras recibían educación. También es importante señalar que las heteras no sólo eran las únicas mujeres que podían tomar parte en los simposios, sino que sus opiniones y creencias eran además muy respetadas por los hombres.


Lo cierto es que estos siete hombres travestidos se presentaron ante los oligarcas y sacando sus armas los liquidaron fácilmente. Todos los magistrados perecieron, pero no fueron los únicos. Se trasladaron, bajo el manto gris de la noche, a la casa de Leontíades y también lo mataron. Al día siguiente, dos generales atenienses al mando de sus tropas ayudaron a los patriotas tebanos a expulsar a la guarnición espartana que había dejado Fébidas en la Cadmea.


Los lacedemonios enviaron inmediatamente a su joven rey Cléombroto al frente de una expedición. Aunque no consiguieron cambiar la situación en Tebas, la campaña tuvo unas consecuencias importantes. Alarmados ante la presencia militar espartana y temerosos de sufrir represalias por romper la frágil paz firmada ante el rey Persa, los atenienses procesaron a los dos generales que habían ayudado a los tebanos a recuperar su ciudad, ejecutaron a uno y desterraron al otro. Aunque la ayuda prestado a los tebanos por los estrategos probablemente tuviera una carácter extraoficial, no dejaba de ser reprochable que los atenienses los castigaran de esa forma por poner en práctica una medida que el estado ateniense seguramente aprobada.


La historia de los siete asesinos travestidos pone en evidencia la falta de acuerdo político y la contigua crisis de gobierno que existía en los inicios del siglo IV en toda Grecia y los desbalances de poder suscitados después de la Guerra del Peloponeso y los frustrados intentos de conciliar la paz.

Pablo Javier Coronel.

Bibliografía usada:

  • Pomeroy; “La Antigua Grecia, Historia Política, Social y Cultural”; Critica Barcelona; Barcelona, 2001.

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