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EE.UU. también sabe de crisis


“La primera impresión que llama la atención fue que ellos son todos pálidos y muy flacos, obviamente desnutridos (…) Sus huesos sobresalían prominentemente en sus cuerpos semidesnudos”[1]. Este crudo relato, proveniente de un estudio de las hilanderías de los pueblos del Sur para 1931 impone cuestionarse sobre el grado de degradación de las condiciones de vida que impone la Gran Depresión y si el New Deal va a mejorar esta situación. Buceando en esta fuente podemos encontrar dos o tres detalles que nos permiten pensar que las condiciones de vida de la clase obrera no comenzaron a deteriorarse en el ’29 y que el problema parece ser de tipo estructural.


Por ejemplo, en un apartado sobre las obligaciones a cumplir por los obreros se relata que “muchas familias están aun pagando por mercaderías compradas en 1925”[2], lo que sugiere que el nivel de salarios se encontraba muy por debajo de la satisfacción del consumo de supervivencia. En este sentido, parece relevante establecer un paralelo con el trabajo de Gordon, Edwards y Reich (G.E.R. en adelante), “Trabajo segmentado, trabajadores divididos” en donde se plantea que durante los años veinte y treinta el capitalismo norteamericano se encuentra en la decadencia de la etapa de “homogeneización” del trabajo y en la de exploración de la “segmentación”. En este período, la explotación de la mano de obra se encuentra en su máximo apogeo. El capital había logrado vencer al movimiento obrero imponiendo un sistema de control directo de la producción (quitando de manos de los obreros ciertos conocimientos que permitían controlar los ritmos de trabajo), la prohibición de los sindicatos y el aumento de la productividad mediante la mecanización y la flexibilización laboral (aumento de horas de trabajo y estancamiento de salarios). Esta “estructura social de acumulación” (ESA en adelante) se encontraba al borde del colapso, el aumento de los stock sobre una población incapaz de consumirlos haría caer estrepitosamente los precios, haciendo inviable cualquier empresa industrial (evidenciando la típica crisis de sobreproducción del capitalismo que ya presagiaba Marx con el aumento de la composición orgánica del capital que llevaría a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia).


Nuestra fuente también evidencia los problemas en el sector agropecuario: “algunos cultivadores de duraznos estaban dejando 100 furgones enteros de duraznos, que se pudrieran en la tierra de bajo de los arboles”. No habían considerado tratar de venderlos. (…) Los duraznos están siendo arrojados por ahí, aun cuando esta gente está hambrienta. ¿Por qué?”[3] La realidad marcaba que en este sector, la sobreoferta de productos agrícolas había hecho caer los precios, sumado a las trabas a la exportación, la agricultura se había transformado en una empresa de escasos réditos –fundamentalmente para los pequeños productores que no tenían la capacidad de “guardarse” para tiempos mejores-.


A este panorama se suman dos realidades que van entrelazadas: la desocupación y el crecimiento de la tensión social. Nuevamente el texto de las hilanderías es revelador: “El ha tratado una y otra vez, pero sin embargo, no ha podido obtener empleo”[4] cuenta la “Sra. S.E.” en referencia a su marido, y no era el único, la cantidad de desocupados ascendía al 23,6% de la fuerza laboral para 1931[5]. Por su parte, la tensión social es uno de los fundamentos claves del cambio de la ESA para G.E.R.; se sostiene allí que la “Gran Depresión proporcionó el contexto en el cual la formación de los grandes sindicatos industriales daría el golpe definitivo al sistema de control directo”[6]. En este sentido, el sindicalismo vendría a exponer el grado de aumento en la conflictividad social para estos autores, aunque también se puede palpar en algunos de los comentarios de los trabajadores de las hilanderías: “no estoy avergonzado. Esto no es nuestra culpa. Yo he trabajado en forma fija en la hilandería e hice un buen trabajo, lo mejor que he podido”[7]. Se denota aquí un sentido de pertenencia de clase “no es nuestra culpa” es una frase clave en este sentido, la responsabilidad de la situación de miseria es de otros.


Nos planteamos ahora si el New Deal si tenía como intención revertir la condición social de los norteamericanos o si venía simplemente a recomponer la situación del capitalismo para iniciar un nuevo ciclo de acumulación después de la debacle de 1929. El contrapunto entre los trabajos de Degler y Bernstein puede resultar fructífero en para este cometido. El disenso se encuentra en si las políticas públicas fueron llevadas adelante en beneficio de la clase obrera o de los monopolios.


Degler veía el gobierno de Franklin D. Roosevelt como una “Revolución” que venía a expandir los márgenes de participación democrática de los sectores más postergados (trabajadores sindicalizados, negros y mujeres) y que redefiniría el rol del Estado en la intervención de la economía y las políticas públicas. En este sentido, las leyes aplicadas a la recuperación de sectores económicos específicos, como el sector financiero, el agropecuario y el industrial, fue el paso más grande del Estado intervencionista. Por otro lado, rescata la importancia de las políticas sociales para contener a los grandes bolsones de miseria generados por la crisis: leyes de seguridad social, la Administración para el Progreso del Trabajo (WPA) y Administración de Trabajos Civiles (CWA) -leyes que empleaban gente para brindar servicios públicos- y la generación de trabajo con los grandes proyectos de obra pública (entre ellos la recuperación del Valle del Tennessee). Por último, Degler, brinda superlativa importancia a la “Revolución en el Trabajo”, fundamentalmente a la “sección 7 a)” de la ley de Nacional de Recuperación Industrial (NIRA) en primer instancia y a la Ley Wagner en un segundo momento. Estas leyes que ampliaban y garantizaban la sindicalización, eran observadas por Degler como otra victoria del gobierno, “La enorme expansión del sindicalismo que tuvo lugar durante los últimos años de la depresión no se puede atribuir solamente al nuevo espíritu que se abrió paso entre los sindicatos y los trabajadores. Una buena parte del impulso procedió de la nueva actitud adoptada por el gobierno”[8]. La participación de los sindicatos en ciertas instituciones gubernamentales para discutir salarios, regulación de las horas de trabajo y de las condiciones de trabajo dentro de cada fabrica, era observado como el rasgo más revolucionario por el autor, ya que, se cambiaba una larga tradición en EUA y en Europa de sindicatos no pactistas y negociadores por fuera del Estado.


“Roosevelt fue un conservador de corazón (…) Pero su conservadurismo no era dogmático y estaba profundamente enlazado con una autentica preocupación por la gente”[9]. En estas palabras de Degler va a coincidir Bernstein en parte, “Roosevelt era un conservador” aunque según su visión, el interés parecía ser por la gente que manejaba grandes empresas y extensas porciones de tierras. Según la mirada del autor, todas las políticas del presidente iban en ese sentido. Ya Trotsky lo observaba en 1936, “Utilizó [Roosevelt] los recursos financieros del estado para socorrer a las empresas bancarias y comerciales e hizo votar leyes que restringieran la competencia, permitían el alza de los precios, etc., es decir, favorecían el capitalismo monopólico”[10]. Observando la realidad de los EUA, para 1933 se habían aprobado varias leyes claves que habían salvado al capital norteamericano del colapso total. Entre ellas, la Agricultural Adjustement Act (AAA). Dice Nigra que “buscó reducir la oferta agrícola con la idea de lograr que los precios de dichos productos aumenten”[11]. Esta ley consistía básicamente en el otorgamiento de créditos, ayudas para el conocimiento, etc. con el objetivo de recuperar a un sector estancado por los bajos precios. Pero la clausula más importante establecía una retribución fijada en la expectativa de plantaciones que se abonaba por adelantado al productos, habiendo producido o no en su campo. Esto llevó a que los grandes terratenientes dejaran grandes porciones de tierra sin producir (al tener garantizada su retribución) expulsando gran cantidad de aparceros y peones que trabajaban dentro de sus dependencias. En este sentido, la AAA terminó perjudicando a los consumidores y desalentando la competencia. Había dejado intactas las anteriores relaciones de propiedad. La política crediticia y de subsidios beneficiaron enormemente a los grandes propietarios, en desmedro de los pequeños, llegando a la expulsión de aparceros gracias a la política de reducción de cosechas. Este breve balance nos deja ver que la AAA, si bien recuperó la producción agropecuaria, fue parte de una política claramente pro-monopólica.


En el sector secundario las cosas no fueron muy diferentes. La National Industrial Recovery Act (NIRA, Ley Nacional de Recuperación Industrial). La nueva política industrial se sentó sobre un triple compromiso: “a) la política de precios para la producción industrial; b) la política laboral; c) la de obras públicas”[12]. En el primer punto, el gobierno fomentaría a los conglomerados monopólicos, ya que ellos podrían desarrollar una política de precios que evitara una tendencia deflacionaria y destructiva. La suspensión de la ley Antitrust fue más que nada en este sentido. En lo que respecta a la política laboral, es renombrada en toda la bibliografía el rol de la sección 7a) que estipulaba salarios mínimos y salarios máximos, reducción de la jornada laboral (ocupando a la masa de desempleados), la eliminación del trabajo infantil, entre otras medidas como el impulso de la sindicalización obrera. Citando nuevamente a Nigra:


“Esto indujo al avance en industrias antes reacias a la penetración sindical, y asimismo, al aumento en la conflictividad laboral. Sin embargo, creaba garantías para los empleadores que podían cartelizarse y no ser perseguidos por practicas monopólicas, a cambio de los beneficios antes apuntados. Asimismo, fijaba una serie de marcos en la negociación colectiva, como el arbitraje forzoso y la exclusión del derecho a huelga”.[13]

Por último, la obra pública fue la pata final de la NIRA y apuntaba a la inversión directa en infraestructura para recuperar los niveles de empleo (que nunca lograron superar los de 1929). Además, el empleo de mano de obra desocupada va a incorporar al mercado de consumo a una porción importante de norteamericanos que anteriormente no consumían y estancaban -en parte- la realización de la producción de las empresas industriales y del campo. Y si bien el cachetazo de la Corte Suprema de Justica del 27 de mayo 1935, va a llevar a una redefinición de la pata industrial del New Deal (mas agresiva que antes), la nueva Estructura Social de Acumulación ya había sentado sus bases y entre varios altibajos, va a lograr superar la crisis del `29 con el inicio a la Segunda Guerra Mundial y el “tirón” hacia delante de la industria bélica.


Los cambios en la legislación, fundamentalmente la “sección 7 a)” de la NIRA y la Ley Wagner de 1935 que permitían la sindicalización y la negociación de convenios colectivos de trabajo vinieron a consolidar la relación del Estado con el movimiento obrero. El impulso de la afiliación a un sindicato multiplico el número de trabajadores sindicalizados de manera exponencial lo que denota que había una tensión latente en los trabajadores. Como dicen G.E.R.,


“La organización del trabajo representó una respuesta obrera tanto al sistema de control directo institucionalizado por el proceso de homogeneización como a las más recientes ramas de experimentación puestas en práctica por las grandes compañías; además, los sindicatos tuvieron más éxito en los centros de trabajo en los que el sistema de control directo había alcanzado una base técnica”.[14]


Las divisiones dentro de la estructura sindical más importante de los EUA, la AFL, fue clave para la nueva subordinación del sindicalismo al Estado. Si bien la CIO había nacido como un conglomerado de sindicatos combativos que tenían como base la sindicalización por industria (y no por oficio como en la AFL), la conducción de Lewis le imprimió un carácter colaboracionista con el Estado. Su obsesión por ganar adeptos y su gran pragmatismo lo llevo a desarrollar una estrategia que requería de la más amplia visibilidad, para la cual las nuevas metodologías como las tomas de fabrica y la inclusión de trabajadores “rojos” (comunistas y socialistas). Una vez consolidado el poder del CIO, se expulsó a los componentes más combativos y se brindó apoyo completo a la candidatura de Roosevelt para su segunda presidencia adoptando una política colaboracionista ante la guerra.


En definitiva, para 1939, el New Deal había logrado conservar la estabilidad de las empresas monopólicas del país. Si bien no pudo iniciar por sí mismo un nuevo ciclo de acumulación, había cuidado a los grandes empresarios y terratenientes. No había logrado contener la eruptividad social a pesar del impulso de la sindicalización y las maniobras para subordinarlo al Estado, las bases seguían movilizadas, como se observa en las tomas de fábricas. No había solucionado la desocupación, que aun se encontraba en índices muy altos para 1939 (17,2% de la capacidad empleable)[15]. Como muestran Nigra y G.E.R. e induce Trotsky, solo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial pudieron los Estados Unidos de América solucionar todos estos problemas estructurales. La industria militar dio el verdadero “tirón” al resto de la economía. El Estado intervencionista fue la nueva herramienta del capitalismo para el desarrollo de la economía, fue el verdadero resultado de todo el periodo de exploración. Por medio de él, se logró encaminar una nueva Estructura Social de Acumulación, donde el movimiento obrero coordinado desde el Estado, la inversión del gasto público en la industria de la guerra, la solidez del remodelado sistema financiero y la perspectiva imperialista fueron claves en el andamiaje de la nueva economía norteamericana.


Pablo Javier Coronel

Citas y Bibliografia:

[1] American Federationist. “Un estudio sobre las hilanderías de los pueblos del Sur”; en De Sur a Norte. Perspectivas Sudamericanas sobre Estados Unidos, vol. 5 nro. 9. Pág. 100

[2] Ídem. Pág. 104

[3] Ibídem., Pág. 111.

[4] Ibídem., Pág. 112.

[5] Véase Fabio Nigra Una historia económica (inconformista) de los Estados Unidos de America, 1870-1980, Pág. 160.

[6] David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich. Trabajo segmentado…, Óp. cit., Pág. 214.

[7] American Federationist. “Un estudio sobre las hilanderías…, óp. Cit., pág. 112.

[8] Carl N. Degler. Historia de los Estados Unidos. El desarrollo de una nación, 1860-1985, Barcelona, Ariel, 1986, pág. 206.

[9] Ídem., pág. 215.

[10] León Trotsky. “Sobre los Estados Unidos de América” (Julio 1936); en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Buenos Aires, CEIP, 1999, págs. 154

[11] Fabio Nigra. Una historia económica…, óp. Cit., Pág. 156

[12] Ídem., pág. 161

[13] Ibídem., pág. 161

[14] David Gordon, Richard Edwards y Michael Reich. Trabajo segmentado…, Óp. cit., Pág. 230

[15] Fabio Nigra. Una historia económica…, óp. Cit., Pág. 160

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