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Nelson Mandela entre el mito y la realidad


Si tuviera que escribir algo sobre Nelson Mandela pensaría que estoy abocándome a una tarea trillada y repetitiva, puesto que, al menos en nuestra cultura occidental, la muerte de una persona de tanta importancia a nivel mundial implica glorificarlo más que en vida y así fue como a partir del 5 de diciembre de 2013, en consecuencia, se multiplicaron reflexiones, retratos, estatuas y placas sobre el incansable combatiente anti-Apartheid e ícono de la lucha por los Derechos Humanos y en contra del racismo y la discriminación. Asimismo, al día siguiente de su muerte proliferaron numerosos artículos periodísticos compilando sus frases célebres.


No es la intención de este artículo dar a conocer la prolífica obra de este héroe, primer presidente democrático de la Sudáfrica post-Apartheid y acreedor de más de 250 premios a todo nivel (entre ellos el Nobel de la Paz, en 1993), sino alumbrar algunos aspectos actuales que incitan a pensar que su mensaje no ha calado profundamente pese a su paso a la inmortalidad hace ya más de un año y medio.


Si Nelson Mandela viviera, ayer hubiera cumplido 97 años. Este 18 de julio, como todos los años, establecido por mandato de Naciones Unidas a finales de 2009, se celebra el Día Internacional de Mandela, en virtud de su natalicio. El compromiso es entregar 67 minutos del tiempo personal a tareas de beneficencia y de ayuda a los demás en homenaje a la misma cantidad de años que el activista entregara a la causa universal de la lucha contra la injusticia y la opresión. Aprovechando la efeméride es bueno recordar parte del mensaje de Madiba. Los libros y las biografías en que se rememora el arsenal de frases que lo consolidaron como una figura de relieve internacional son numerosos. Profirió frases imborrables sobre la intolerancia, como se verá en el caso de una al final de este artículo.



Variedad poblacional y convivencia problemática


El sueño de Mandela de concretar en Sudáfrica la construcción de una “Nación arcoíris” este año parece estar más lejano que nunca, como se verá en el apartado posterior. El país es una amalgama de grupos étnicos muy diferentes. En esta sección se mencionará a la mayoría negra (cerca del 80% de la demografía, incluyendo africanos de otros países), blancos, mestizos, indios y chinos.


A los pobladores locales, de mayoría bantú parlante, se agregaron, a partir de mediados del siglo XVII, refugiados religiosos, calvinistas testarudos provenientes de Holanda, los afrikaans o bóers, quienes, considerándose a sí mismos africanos, se instalaron en El Cabo y crearon una colonia para reproducir el mismo estilo de vida de antaño. Se instalaron, a diferencia de la mayor parte de África, como pobladores. Estos inmigrantes generaron una sociedad feudal que, dicho sea de paso, esclavizó a los nativos y se trajo más esclavos provenientes de las posesiones de las Indias Orientales, como javaneses. 150 años después Gran Bretaña tomó por la fuerza de las armadas esa colonia cuando su población era de 30.000 esclavos, 26.000 colonos, 20.000 negros libres y un número desconocido de habitantes en regiones remotas. Británicos y bóers acordaron que la superioridad blanca era el motor para el funcionamiento armónico de esa sociedad. En otras palabras, la idea de igualdad racial tuvo aceptación en muy pocos. Pronto, a pesar de la legislación colonial, comenzó la expansión de los blancos más allá de la colonia. En efecto, la presión británica y ciertas desavenencias con los otros blancos (en particular el tema de la esclavitud), suscitaron la expansión bóer al interior en lo que se conoce como el Gran Trek entre 1835 y por casi una década, sin dejar de agregar que, a comienzos del siglo XIX, la presión del grupo zulú provocó una espiral de desplazamientos masivos a lo largo de todo el África austral en lo que se conoce como la Época de los Disturbios (o Mfecane, en lengua zulú), extendida durante casi toda la primera mitad de dicha centuria. Los refugiados africanos chocaron con los bóers en El Cabo y durante su avance más allá.


A mediados del siglo XIX la actual Sudáfrica estuvo conformada por cuatro colonias europeas. El Cabo y Natal fueron británicas y Orange y Transvaal, más apartadas y en el interior sudafricano, de posesión bóer. En total, la población blanca no alcanzaba los 300.000 individuos mientras que la población nativa rozó el orden de los 2 millones de habitantes. Faltaba una chispa para que británicos y afrikaans entraran en puja y eso fue el hallazgo de minerales, entre las décadas de 1860 y 1880 (diamantes y oro), que revolucionó la fisionomía de la región con el ingreso de Sudáfrica en el capitalismo maduro y la época imperialista, profundizadora de la segregación y el prejuicio racial. En el período 1860-1910 unos 150.000 indios llegaron a Sudáfrica para trabajar por contrato, forma bien cercana a una modalidad de semiesclavitud, así como los “coolies” trabajadores chinos cuasi esclavos, más de 100.000 arribados durante la segunda mitad del siglo XIX. Por supuesto, hubo camadas posteriores de inmigración asiática. En la actualidad, la comunidad asiática compone el 2,5% de la población sudafricana (de poco más de 48 millones). De ese porcentaje, los indios no son menos de 1 millón y los chinos unos 400.000, la presencia oriental más fuerte de todo el continente.


Dos guerras mal llamadas anglo-bóers (participaron los africanos en ambos bandos), en las que los contendientes blancos disputaron la primacía del territorio, dieron por ganadores definitivos a los británicos quienes aprovecharon y en 1910 declararon la formación de la Unión Sudafricana, con un grado de autonomía considerable al interior de las Repúblicas creadas en el pasado pero no tanto en el caso de las bóers. Entre 1910 y 1948 el aislamiento y avasallamiento de los escasísimos derechos restantes de las poblaciones mayoritarias fueron en aumento. En ese último año 4 millones de blancos avasallaron por completo a 15 millones de africanos. El Partido Nacional llegó al poder y gobernó hasta 1966, período en el que la minoría blanca llevó la legislación segregacionista al límite. En otras palabras, se consolidó el sistema del Apartheid, que en lengua bóer significa segregar, y respecto del cual Mandela, junto a otros militantes, entregara su vida para desmantelar. Ese régimen obtuvo múltiples condenas internacionales. La presión democratizadora, que se abalanzó sobre África desde principios de la década de 1990 en general, mostró en el caso sudafricano un ejemplo más de apertura con las primeras elecciones libres y democráticas del país a fines de abril de 1994 y la asunción a la presidencia de Mandela, liberado en febrero de 1990 tras 27 años en prisión, el día 10 de mayo.


Finalmente, existe un 9% de la población que se considera mestizo, en virtud de la mezcla étnica de las categorías mencionadas al comienzo. 4 millones son blancos, paradójicamente una minoría que conserva el dominio económico del país, una secuela que el régimen nacido hace 21 años no ha podido resolver. Pero en este escrito el problema a analizar es otro, la xenofobia, en el acápite final, a continuación.



Xenofobia, lecciones no aprendidas


Una de las tantas frases memorables de Mandela expresa: “La diversidad étnica no debe convertirse en un peligro con el que perforar nuestros corazones”. Se pueden destacar muchos más dichos memorables que prueban la inmensa humanidad de Madiba. Pero Sudáfrica no solo es Mandela, su activismo y los pensamientos legados para la posteridad. Detrás del héroe se esconde la historia de lucha de un pueblo, el mismo que hoy, a más de un año y medio de la partida de su hijo pródigo, sigue padeciendo diversos problemas cotidianos, como la xenofobia.

Entre el 4 y el 7% de la población sudafricana no ha nacido allí, según un reconocido estudio de 2014. El rechazo al inmigrante es acompañado por varias presunciones mitificadas, como el que el mismo busca instalarse ilegalmente, viene a robar trabajo a los ciudadanos y utiliza sin contraprestación el sistema de salud pública que, en realidad, está abierto a toda persona.


La oleada de odio hacia el extranjero tuvo comienzo a fines de marzo tras hacerse eco de las lapidarias declaraciones del rey del pueblo zulú, Goodwill Zwelithini, que refirió a los extranjeros como una plaga que debería retornar a sus países de origen. No es la primera vez que ocurre la violencia xenofóbica (en 2008 murieron 67 personas) puesto que el rechazo al extranjero es un odio tradicional que precede a la era post-Apartheid. En parte, los indicadores socioeconómicos apuntalan y explican los estallidos. En particular, la inequitativa distribución de la riqueza que afecta tanto a locales como a extranjeros y la tasa de desempleo que, según cifras del gobierno, alcanza el 25%. Una de las presencias extranjeras más fuertes en Sudáfrica es la de unos 3 millones de zimbabuenses. Se estima que los extranjeros son alrededor de 5 millones.


La región más caliente fue la provincia de KwaZulu-Natal y en especial la ciudad costera de Durban, en donde el saqueo de negocios y turbas iracundas provocaron un total de siete muertes, incluyendo la de tres sudafricanos, confundidos con extranjeros. Pero también la violencia llegó al norte, a Johannesburgo. Varios de los perseguidos (de Burundi, Nigeria, Somalía, República Democrática del Congo, Malawi, entre otros países africanos y no) retornaron rápidamente a sus países mientras otros buscaron asilo en campos de refugiados locales abiertos al efecto. Malawi repatrió a 3.200 de sus ciudadanos. Se calcula que unas 5.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares solo en abril y la cifra continuó aumentando hasta alcanzar unos 10.000 más 9.100 arrestados por los ataques. Si bien a finales de junio la situación se estabilizó, no obstante, algunos migrantes, tras volver a sus países de origen y por las duras condiciones de vida allí, además de la amenaza latente y lo vivido, decidieron retornar a Sudáfrica, en condición ilegal y habiéndolo perdido todo.

En virtud de la tragedia ocurrida, es fácil observar que el deseo de Mandela que profirió respecto a la diversidad étnica está muy lejos de volverse una realidad. Madiba dijo “Mucha gente en este país ha pagado un precio antes de mí, y muchos pagarán el precio después de mí”. No se equivocó.

Omer Freixa.



Bibliografía utilizada


Roland OLIVER y Anthony ATMORE, África desde 1800, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1977.


Jack y Ray SIMONS, Clase y color en Sudáfrica 1850-1950, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Biblioteca Sur (2), 2007.

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