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Capitán Sankara: el "Che" Guevara africano

La figura del médico y revolucionario argentino Ernesto Guevara de la Serna Lynch ha recorrido el mundo entero y su muerte, el 9 de octubre de 1967 en Bolivia, lo ha catapultado al nivel de una leyenda viviente para la izquierda latinoamericana, resultando el Che Guevara muy reconocido como figura y producto de consumo cultural alrededor del planeta. Por otra parte, si las filas de críticos y detractores son bien nutridas, sin embargo es difícil permanecer indiferente frente a una de las figuras históricas más relevantes del siglo pasado.

No obstante, muchísimo menos conocido es el paso por la historia de Thomas Sankara, asesinado también en octubre, en su natal Burkina Faso (África occidental), de 1987. A él lo denominaron Tom Sank o el Che Guevara negro, y su programa revolucionario antiimperialista, puesto en práctica entre 1983 y 1987 cuando gobernó la antigua colonia francesa de Alto Volta, puso en vilo a Francia y a varios de sus vecinos africanos. Veneró al Che Guevara y a Cuba, nación cuyo camino revolucionario le sirvió de ejemplo. Comenzó a incorporar al final de sus discursos el lema “Patria o muerte, venceremos”.


La experiencia en Burkina Faso tuvo un final trágico y los frutos del proceso revolucionario rápidamente fueron diluyéndose. Su antiguo amigo y compañero de armas, Blaise Compaoré, lo traicionó y ordenó su ejecución, mientras que durante los años anteriores compartieron gobierno. Se trató de una gestión que dejó su huella en uno de los países más pobres del mundo, en el cual, según Naciones Unidas, en 1983, el 75% vivía en condiciones de pobreza absoluta. El ejemplo de lucha burkinabé recuerda que la batalla por la liberación de los pueblos que defendió Sankara, no ha desaparecido con él. Una lección muy valiosa.


Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Ruben Um Nyobè y otros, junto a Sankara, comparten un derrotero desgraciado. Son líderes africanos que quisieron transformar la realidad dura de sus pueblos en beneficio de las masas y, por el contrario, fueron masacrados por las fuerzas del colonialismo y el imperialismo, este último el principal enemigo de Tom Sank tras tomar el poder un 4 de agosto de 1983, dando comienzo a la “Revolución burkinabé”. Sin embargo, este proceso queda lejano frente a la perpetuación del neocolonialismo en la actualidad.


Camino a la revolución

La realidad de Alto Volta era calamitosa al comenzar la revolución y contra ese panorama se rebeló Sankara, frente a un sistema que genera ricos cada vez más opulentos y pobres cada vez más inmersos en la miseria. En la Asamblea General de Naciones Unidas de 1984 Sankara describió la situación de su país de la siguiente forma: “Un país de siete millones de habitantes, de los que más de seis millones son campesinos; una tasa de mortalidad infantil estimada en un 180%, una tasa de analfabetismo del 98%, si consideramos alfabetizado a quien sabe leer, escribir y hablar; una esperanza de vida media de solo 40 años; un médico por cada 50.000 habitantes”. El presidente resumió el cuadro con una frase potente, a su entender, Burkina Faso (“tierra de hombres íntegros”), renombrada así por él en el primer aniversario de la revolución, era “El conjunto de todas las desgracias de los pueblos, una síntesis dolorosa de todos los sufrimientos de la humanidad”.


Sankara fue reuniendo en su seno a un grupo de militares jóvenes y progresistas convencidos del camino de la radicalización. En 1981, por primera vez ocupó cargo en el gobierno, el de Secretario de Estado para la Información. A la sazón la gestión estaba involucrada en varios escándalos de corrupción y Sankara se fue desencantando. Fiel a su estilo austero, a la primera reunión de gabinete llegó en bicicleta, mostrando la humildad que debía detentar todo servidor público. El 7 de noviembre de 1982 un grupo de suboficiales, afín a Sankara, tomó el poder, frente a un régimen considerado corrupto e ineficaz, y Sank fue designado jefe de gobierno dentro del Consejo de Salvación del Pueblo, en un golpe de Estado (el cuarto en menos de 20 años). El 1° de febrero de 1983 llegó a la magistratura de Primer Ministro y enunció el código de acción a ser adoptado: “Fuerza de carácter, valentía, dedicación al trabajo, integridad y honestidad”. En consecuencia, se purgó la administración de miembros corruptos e ineficientes.


Sankara iba ganando admiración popular. El 17 de mayo de 1983 se anunció otro golpe de Estado y varios dirigentes resultaron encarcelados, incluido él, pero una multitud reunida en la capital exigió su liberación y el gobierno lo liberó. Torciendo el rumbo de un régimen tildado de impopular y rastrero, se produjo el golpe del 4 de agosto, del cual Compaoré y Sankara fueron indiscutidos protagonistas. El último dijo: “Pueblo de Alto Volta, os habla el capitán Thomas Sankara, (...) el Ejército se ha visto obligado de nuevo a intervenir en cuestiones de estado para reestablecer la soberanía, la libertad del país y la dignidad del pueblo”. La ocasión fue celebrada, siendo la primera vez que, tras un golpe, los militares desfilaron invitando al pueblo a sumarse al festejo. Poco después, los estudiantes de la Universidad de Ouagadougou, por primera vez en la historia del país, organizaron manifestaciones en favor del gobierno. Comenzaba la “Revolución burkinabé”.


Objetivos y proceso

El pueblo fue el sujeto principal en las proclamas de Sankara, al cual el líder planteó el fin de conferirle poder y bienestar. En su discurso de febrero de 1983 repitió “pueblo” 59 veces. El militar defendía la lucha de los pueblos para su liberación y el objetivo de la felicidad fue una constante en su discurso. En una de las primeras enunciaciones afirmó exultante: “Nuestra revolución tendrá éxito solo si, mirando detrás, alrededor y delante de nosotros, podemos decir que gracias a la revolución la gente es un poco más feliz porque tiene agua potable, una alimentación suficiente, acceso a un sistema sanitario y educativo (…) y puede gozar de mayor libertad, más democracia y más dignidad”.


Así como Sankara convirtió al pueblo en su principal sujeto discursivo (y de su accionar), también identificó a los enemigos. Acusó a los especuladores y oportunistas, la burguesía, quienes pretendían conservar los privilegios. En el plano externo, culpó al neocolonialismo y al imperialismo. “El imperialismo es un mal estudiante que aunque le expulsen de clase, vuelve”, remató.


Sankara quiso dejar en claro la especificidad de la revolución acaecida en su país. Ante un medio francés declaró: “(…) sabed que no necesitamos etiquetas. La nuestra es una revolución auténtica, diferente de los esquemas clásicos”. Con el objeto de devolver el poder al pueblo, las consignas revolucionarias se agruparon en tres temas: economía popular, moralización y austeridad. El Documento de Orientación Política, lanzado el 2 de octubre de 1983, formuló el objetivo supremo de la Revolución: lograr una “sociedad nueva, libre, independiente y próspera; donde hayan sido extirpadas la injusticia, dominación y explotación ejercitadas durante siglos por el imperialismo internacional”. Asimismo, Sankara reprendió a los oportunistas: “Una revolución no se hace para ocupar el sitio de los viejos gobernantes cesados”.


¿Cómo imponer los objetivos revolucionarios? A través de los organismos de base. Los Comités de Defensa de la Revolución funcionaron en otras experiencias revolucionarias, como la cubana, y en menos de un año se crearon 7.000, uno en cada pueblo. “Los CDR tienen que escuchar a las masas”, argumentó Sankara. Estos últimos funcionaron junto a asambleas populares, integradas por todo burkinabé mayor de 16 años, y consejos de aldeas y barrios. El presidente se encargó de controlarlos, de estar junto a los más necesitados, en sus visitas periódicas al interior del país. También los pueblos fueron lugar de acogida de diplomáticos, para que el mundo viera cómo se vivía en Burkina Faso.


Una de las premisas que guío el proceso revolucionario fue la austeridad. Desde el comienzo de la Revolución se estableció una serie de racionamientos. Se despidió o suspendió al personal estatal responsable de malversación de fondos, ausentismo, incompetencia, etc. Se establecieron contribuciones obligadas, un porcentaje del sueldo de acuerdo a la categoría retenido a cada funcionario público. Se impuso un tope en los sueldos. A quien llamaron el presidente más pobre del mundo, declaró tener una moto, libros y una casa muy modesta en medio del pago de su crédito, sumado a que se decía que no tenía dinero en efectivo. “No podemos ser los dirigentes ricos de un país pobre”, subrayó. Se opuso al lujo, prohibió a los funcionarios tener autos lujosos y al presidente se lo vio movilizarse siempre en un Renault 5. También ordenó reducir los gastos por viajes y estadías. El objetivo fue concebir un cargo público con decoro, no como un trampolín de ascenso para vivir a costa del Estado. “Un ministro que es maestro percibe un sueldo de maestro, el presidente que es capitán recibe ese sueldo, nada más”, comentó.


Del modo en que Sankara predicó con el ejemplo y exigió sencillez, tampoco le gustó la idea de construir de él un mito. A diferencia de otros regímenes, como comentara, se opuso en forma ferviente a toda adoración, criticó el culto a la personalidad y no permitió que se lo endiosase, yendo contra la corriente de muchos de mandatarios contemporáneos.


Mucho pasó por la reforma durante los cuatro años revolucionarios. El ejército y la economía, en opinión de Sankara, debían ser reformulados. A los militares obligó a que tres cuartas partes de su adiestramiento estuvieran destinadas a la producción pues, según explicaba, el soldado tenía que vivir entre su propia gente. “Para nosotros no existen revolucionarios fuera o dentro de los cuarteles, están en todos los sitios”, enunció. La intención del régimen era modificar la economía por medio de la reforma agraria, la modernización del sector educativo y una redistribución de los recursos disponibles. Además, propuso que la agricultura fuera el estímulo para la actividad industrial, sin perder de vista el gran problema sahariano de la deforestación. Contra esto, Sankara actuó. “Hemos decidido que cada aldea tiene que tener un bosque. La tradición africana, en efecto, dispone de un sistema para conservar el medio ambiente, una especie de tradición socio-ecológica llamada bosque sacro”, afirmó.


Logros revolucionarios

La Revolución alentó la autosuficiencia. Por caso, en tan solo cuatro años se garantizó el objetivo de diez litros de agua y dos comidas diarias para todos los burkineses. La autosuficiencia alimenticia se consiguió en el bienio 1985-1986 con una producción de cereales récord. Un gran logro revolucionario fue el de la elevación de la esperanza de vida de 44 a 50 años, junto a la caída de la tasa de mortalidad infantil, del 187% al 150%.


En materia de saneamiento de cuentas, como parte de la fuerte campaña de lucha contra la corrupción, los Tribunales Populares Revolucionarios juzgaron en los primeros ocho meses de 1984 a 126 personas y, mediante penas pecuniarias, se logró rescatar el 12% del PBI del país. Para la salud de las arcas también fue efectiva la negativa a pagar las deudas contraídas con los organismos de crédito internacionales. En 1983 si la deuda del país ascendía a u$s 398 millones, el 40% del PIB, en 1987 alcanzaba los u$s 150.000 millones. Sankara explicaba que los países endeudados ocupaban buena parte de su PBI pagando préstamos mientras gastaban en educación y salud apenas un 5%. Entonces se rebeló contra el pago de la deuda externa y propuso crear el Frente Unido de Addis Abeba con el fin de negarse conjuntamente los africanos a pagarla. “Son ellos los que tienen con nosotros una deuda que nunca podrán pagar, la deuda de la sangre que hemos vertido”, expuso.


El gobierno puso en marcha 8.000 obras en las que trabajaron quienes se beneficiarían de la infraestructura construida. Las hubo de irrigación, construcción de ambulatorios, pozos, acueductos, escuelas, viviendas de solidaridad para mendigos, salas de cine, polideportivos, etc. En el campo se las llevó a cabo para reducir el éxodo a las ciudades y se recuperaron considerables tierras de cultivo, mejorándose la cosecha de algodón, importante rubro de exportación burkinabé. En 1987 el presupuesto estatal de agricultura pasó del 2% al 40%, creándose el Ministerio de Asuntos Campesinos y declarándose 1987 “año de los campesinos”. A resultas de las obras emprendidas, varios indicadores mostraron importantes mejoras, por caso, en cuatro años las ciudades con suministro eléctrico pasaron de cuatro a 22.


Sankara privilegió la educación. Según el Banco Mundial, si uno de cada cincuenta sabía leer y escribir y el 99% de las mujeres era analfabeta a comienzos de los años 80, el gobierno alentó campañas masivas de alfabetización. Reconociendo las dificultades, el presidente comentó “Ni el 100% de nuestro presupuesto sería suficiente para que todos los niños fuesen a la escuela”. No obstante, entre febrero y abril de 1986, se llevó a cabo una campaña de alfabetización para enseñar a leer y escribir en varios idiomas locales, con 30.000 colaboradores. “Un hombre que aprende a leer y escribir es como un ciego que recupera la vista”, resumió el líder revolucionario. En general, la lucha contra el analfabetismo se hizo por medio de transmisiones radiofónicas en idiomas locales. Las obras de infraestructura alcanzaron la construcción de 932 escuelas (misma cifra que durante los 23 años anteriores). La mejor educativa fue tangible: la tasa de escolarización primaria pasó del 16% en 1983 al 32% en 1986.


En relación a la salud, fueron promovidas campañas de vacunación, y en apenas tres semanas en 1985 fueron vacunados contra el sarampión más de un millón de niños. Al menos en cerca de 7.000 pueblos se había erigido un centro sanitario en 1987. En la capital, de tres farmacias en 1983, para 1987 eran 30. Un plan quinquenal, aprobado en 1986, previó la construcción de un hospital y de una escuela en cada pueblo. La Revolución se jactó de haber cumplido esta premisa prevista en el plan.


La transformación del rol desempeñado por la mujer tuvo una importancia singular en el programa revolucionario. Con ello Sankara quiso romper una tradición de siglos de oprobio y dominación. “La revolución no puede triunfar sin la genuina emancipación de las mujeres”, exigió. Sumó tres ministras a su gabinete y muchas más en otros puestos de menor rango, algo inédito en la historia del país. En 1985 desplegó una campaña nacional en contra de la mutilación genital femenina, un flagelo que sacude inmensas regiones africanas, y que en Burkina Faso afectaba a más del 70% de la población femenina. Al año siguiente, un nuevo código de familia estableció la igualdad entre el hombre y la mujer en el matrimonio, además de prohibir los matrimonios forzados, entre otros puntos salientes.


Política internacional

Sankara se rebeló contra la injusticia en toda latitud del mundo y desplegó una política de solidaridad internacional. Invitó a combatir a los opresores en donde estuviesen: apoyó la causa palestina y execró al Apartheid sudafricano. “Queremos ser los herederos de todas las revoluciones del mundo y de todas las luchas de liberación de los pueblos del Tercer Mundo”, planteó el joven capitán. En términos de relaciones internacionales, su gobierno adoptó tres principios: respeto a la integridad territorial, la no agresión y la no interferencia en las cuestiones internas. Además rechazó la ayuda internacional vista como un mecanismo de dependencia eterno. “No es enviándonos sacos de cereales como los países más ricos nos pueden ayudar, sino proporcionándonos los instrumentos para producirlos nosotros”, afirmó.


Considerando la rispidez mundial en el contexto de Guerra Fría, Sankara se ubicó en el Movimiento de No Alineados y criticó la adquisición de armamento. Sankara opinaba que ese gasto pudiera destinarse a la construcción de escuelas, hogares, etc. y, por otra parte, que el armamento adquirido por los africanos servía para enfrentarse entre ellos. En otras palabras, Sankara pensó la lucha por el desarme como objetivo permanente. Criticó abiertamente tanto la política norteamericana como la soviética, condenando las intervenciones de ambos imperialismos, incluyendo la de los Estados Unidos en la isla caribeña de Granada (1982) y la de Moscú en Afganistán (1979). Al régimen soviético además le criticó la ayuda insuficiente ofrecida a los pueblos del Tercer Mundo en pugna por su liberación. Lo que sí abrazó fue la doctrina panafricanista. “Creo en la unidad africana y creo que se conseguirá, dentro de un año o quizás dentro de mil”, vaticinó.


Sankara no ocultó su admiración por la Revolución Cubana (entre otros países, como Nicaragua), una isla que hizo frente a una superpotencia, y con la que trazó un paralelismo respecto a las duras condiciones existentes antes de iniciarse las revoluciones. El presidente africano tendió vínculos de afecto y cooperación con La Habana. En 1984 el burkinabé se entrevistó con Fidel Castro en Nueva York. “Nosotros sabemos que siempre podemos contar con el apoyo del pueblo revolucionario de Cuba y de todos los que han abrazado los ideales de José Martí”, expresó en el encuentro con el cubano. En una visita a Managua, en 1986 y retribuyendo la del presidente Daniel Ortega en su país, dijo en apoyo a la Revolución Nicaragüense, ante 200.000 espectadores: “Vuestra lucha es justa, porque se dirige contra los opresores y los asesinos del pueblo, es justa porque es la lucha de todos los pueblos del mundo. (…) Hay que derrotar a los contras (…) que han vendido sus corazones para servir al imperialismo”.


El 8 de octubre de 1987 Sankara recordó el vigésimo aniversario de la desaparición de Ernesto Guevara. Para el africano, Guevara fue argentino tanto como cubano y africano, por haber sostenido ideas revolucionarias y querer construir un mundo libre. Agregó que de algún modo el Che no había muerto puesto que sus ideas no se pueden matar. “(…) con su juventud eterna y su ejemplo, consagró toda su persona a la revolución. Admiro al Che por haber conseguido la victoria en lo más profundo de su ser”, sentenció Sankara sobre el médico argentino.


Francia, la antigua metrópoli, no escapó de las críticas sankaristas. El presidente la acusó de comportarse con sus ex colonias como Judas con Jesús. En 1981 sostuvo que la relación francesa con África no había cambiado en nada. “No hay burkinés que no recuerde a algún padre o algún tío muerto para que Francia pudiese ser libre”, agregó. Pronto la nación europea estaría involucrada en su asesinato.


Complot, caída y asesinato

“(…) tenemos que estar preparados para convivir con regímenes que no harán nunca ningún tipo de revolución y que quizás tengan intención de atacar la nuestra”, advirtió Sankara poco antes de su muerte. En efecto, se urdía un complot contra él, capitaneado por su amigo Compaoré, y apoyado por Francia, Togo y Costa de Marfil, la órbita turbia de influencia gala en las antiguas colonias, la Françafrique, el neocolonialismo contra el que luchó el burkinabé toda su vida.


Muy atípico en un militar, Sankara previó el complot pero se rehusó a resistir y desaconsejó a sus camaradas apelar a las armas en defensa del régimen. La excusa de Compaoré para tomar el poder en forma traicionera fue la de “poner fin al proceso de disgregación sistemático del sistema productivo y la decadencia social que estaba conduciendo inevitablemente al caos”. Para los nuevos dueños del poder, el difunto fue un “traidor de la revolución de agosto, renegado, un místico autócrata y un paranoico misógino”.


Compaoré explicó que solo había dictado la orden de detención de Sankara, pero que, por la resistencia ofrecida, sus soldados se vieron obligados a eliminarlo. Como sea, los seguidores de Sankara hablan de un homicidio premeditado. Pese al toque de queda, hubo protestas en las que se coreó “Compaoré asesino”. Tras la desaparición de Sankara, las ondas de choque llegaron a varios puntos africanos. El mandatario ghanés Jerry Rawlings, íntimo amigo del burkinabé, homenajeó al difunto con la máxima distinción, decretando más de una semana de duelo y cambiando el nombre de la plaza principal de la capital, Accra, por el nombre Sankara Circle.


Con el gobierno de Compaoré reaparecieron la corrupción, el nepotismo, todo lo que había enfrentado y liquidado Sankara. Se dio marcha atrás con varias medidas que había adoptado la gestión anterior. Dos acusados de complotar contra el presidente, Lingani y Zongo, antiguos compañeros de Compaoré y Sankara, fueron ejecutados y así el presidente quedó solo en el poder. Colapsó la educación pública y arreció la meningitis por falta de vacunación. Las elecciones se volvieron una farsa, con un solo candidato, Compaoré quien gobernó el país hasta su caída en 2014.


La muerte alentó el mito. Un cartel en la tumba de Sankara, en el cementerio de Dagnoen, en las afueras de Ouagadougou indica: “¿Será posible olvidarte? Muerte a los traidores y cobardes, paz a tu alma”. A fin de cuentas, el líder de la revolución burkinabé había dicho: “Yo, Sankara, estoy de paso, lo que debe quedar es el pueblo”.


Omer Freixa

Bibliografía consultada:


Bata, Carlo (2010). El África de Thomas Sankara, Txalaparta, España.

Lozano, Antonio (2006). El caso Sankara, Almuzara, España.




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