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Un modelo para la América Colonial

El modelo propuesto por Wallerstein[1] del sistema mundo, divide al mismo en tres: centro – periferia – semi-periferia y a cada una le atribuye una forma de trabajo predominante, pero todas están sometidas al sistema mundial que es esencialmente capitalista. Para el centro, encuentra que la forma predominante es el trabajo libre; para la semi-periferia, la aparcería (una suerte de contrato entre el capitalista y el trabajador en el que este último recibe una parte de la producción y no un salario pero también “invierte capital”); y para la periferia, el trabajo coactivo o forzado a destajo. Como en este modelo las economías se definen por el lugar que ocupan en el sistema mundial, la América colonial debería pertenecer a la periferia y por ende predominar en ella el trabajo a destajo.

Stern critica el modelo de Wallerstein a partir del análisis de la economía colonial de América Latina. Específicamente, contrapone los casos de la producción de plata y azúcar, demostrando que el paradigma del sistema mundial no resiste a la evidencia histórica. Por otro lado, para Stern la América colonial no puede definirse como “capitalista” o “feudal” puesto que estos son modelos adecuados a Europa. En ese sentido entiende que la integración de diversos territorios a un sistema comercial internacional orientado al lucro no basta para conceptualizar la economía de esos territorios como “capitalista” (Stern, “Feudalismo”:52) y que por ende, el error de Wallerstein no es sólo empírico sino también teórico, al entender el capitalismo como un sistema mercantil y no como modo de producción. La América colonial es entonces la una “combinación dinámica de tecnologías y relaciones sociales” (Stern, “Feudalismo”:51). El sistema mundial vendría a ser uno de los tres factores que definen los modos de producción y formas de trabajo junto con la resistencia indígena y los intereses mercantiles y de las élites locales (Stern, “Feudalismo”:40).


Por supuesto que hay que matizar la crítica a Wallerstein. Este autor, en su defensa, dice que su modelo no estipula que la forma de trabajo de cada parte del mundo es la única, sino la predominante (Wallerstein: 6), y considera que el sistema mundial no ignora los tres factores de Stern, sino que los contiene como un todo: “lo que varía es la correlación de fuerzas”(Wallerstein:14). La mayor diferencia reside, quizás, en que Wallerstein encara el problema desde una visión eurocéntrica, poniendo a la acción de los pueblos americanos en un plano secundario y como respuesta a impulsos externos, mientras que Stern lo hace desde la perspectiva americana, al hacer foco en las condiciones locales o características internas del sistema de producción y sobretodo en la resistencia indígena, dándole a los pueblos locales mayor importancia “como agentes y causas históricas de su propia experiencia” (Stern, “Todavía”:15).


Ahora bien, el caso de la minería es, según Stern, ilustrativa del error del paradigma de Wallerstein. El supuesto predominio de la mita en las minas de Potosí parece confirmar un sistema que explotaba el trabajo “coercitivo a destajo” en la periferia, y que servía a las necesidades de la economía mundial europea (Stern, “Feudalismo”:29-30). Pero Stern demuestra que la mita sólo fue central como fuerza de trabajo en la segunda fase de la producción minera en Potosí, entre 1570 y 1590. Luego, la mita dejó de ser importante como relación de trabajo y pasó a serlo como forma de subsidio o de “renta” que abarató el costo del trabajo libre. Es decir, la institucionalización de la mita como sistema de trabajo forzado subsidiado por el Estado generó una serie de formas de resistencia local a dicha institución (huidas, uso del sistema legal, pagos para evitar la carga tributaria)[2] que limitaron el acceso de los empresarios a mitayos e hicieron surgir un sistema de contratación voluntario: los indios minga (Stern, “Feudalismo”:31-32). Wallerstein no omite la existencia de estos trabajadores voluntarios pero la atribuye a los incentivos del mercado mundial, que según él obligó a los dueños de minas a recurrir a mingas para disminuir sus riesgos cuando el precio de la plata cayó y a intensificar “brutalmente” el trabajo de los mitayos, que fue lo que finalmente aumentó la producción (Wallerstein:5-6). Pero Stern contradice este argumento al sostener que los mingas no constituían una fuerza de trabajo más atractiva que los mitayos para los dueños de las minas, sino todo lo contrario: los trabajadores voluntarios eran difíciles de disciplinar y tenían mayor capacidad para presionar a los empresarios mineros en su derecho a recibir una parte del mineral que producían (la corpa), que muchas veces era la mejor parte, y por ende no eran convenientes. Los patrones los contrataban no por los impulsos de la baja del precio mundial de la plata, sino por falta de una mejor alternativa. Y ello se debía a que la resistencia indígena había reducido la disponibilidad de los indios mitayos. Pero, además, la relación de los mingas con los empresarios, al reclamar su derecho a una parte de la producción, era una “relación de participación” al estilo de la “aparcería” que Wallerstein describía para la semi-periferia (Stern, “Feudalismo”: 33-35).


El estudio de Tandeter complejiza aún más la situación. Si el sistema mundial hubiera tenido más incidencia sobre las unidades de producción minera que las condiciones locales, explica el autor, Potosí habría sido abandonado, puesto que el “boom” de la plata mexicana –en términos económicos abstractos– hacía a Potosí poco rentable. Pero, como sostiene el autor, eso no ocurrió y la producción anual se duplicó entre 1740 y 1790. Esto fue posible no por el lugar que ocupaba Potosí en la economía mundial, sino en el espacio económico sudamericano. Pero, en concreto, el elemento que permitió este salto productivo fue la renta mitaya (Tandeter: 4-5).


Al igual que Stern, Tandeter explica que la migración anual de la mita se había reducido abruptamente para la segunda mitad del siglo XVIII más que a causa de la caída demográfica, por estrategias indígenas como la huida, arreglos con magistrados locales o el pago en moneda (obtenido a través de actividades alternativas en las comunidades de origen) para evadir la carga de la mita (Tandeter: 6-7). Pero agrega: con menor disposición de mitayos, los empresarios mineros encontraron la solución en intensificar la explotación a partir de la fijación de tareas (Tandeter:9). Esto significaba que el trabajador no debía cumplir con una jornada diaria, sino en una cantidad estipulada de producción. El mitayo debía entregar esa cantidad de mineral hubiera terminado su turno de trabajo o no, y el incumplimiento implicaba castigos económicos y extraeconómicos. Esta coerción fue posible no por un incentivo mundial, sino por las condiciones locales y coloniales de dominación. De esta manera, para finalizar sus tareas el mitayo se veía obligado a trabajar incluso en sus semanas de descanso sin ser remunerado. Y a veces, también, utilizaba su escaso salario para contratar trabajadores libres que lo ayudaran a cumplir tareas y faenas (Tandeter:24). Este fenómeno, impulsado en parte por la mita pero no exactamente equivalente, es lo que Tandeter llama “renta mitaya” y es lo que hacía rentable a la minería en Potosí (Tandeter:18).


Podemos equiparar en cierta medida el trabajo mitayo por fijación de tareas al “trabajo coactivo a destajo” de Wallerstein para la periferia. Sin embargo, hacerlo reduce la realidad de la América Colonial y deja de lado las características propias del sistema y el rol de empresarios mineros e indígenas en la configuración de esta forma particular. Además, Tandeter explica que en las minas potosinas coexistían formas de trabajo forzado con formas de trabajo libre (Tandeter:39-40).


Los trabajadores libres o yanaconas se remontaban a la época de la guayra, en la cual ellos controlaban independientemente el proceso productivo en su totalidad, pero con la introducción del azogue pasaron a ser trabajadores asalariados. Aunque a diferencia de Stern, Tandeter afirma que la oferta de trabajadores libres en Potosí no fue abundante en ningún momento del siglo XVII, reconoce que los mingas no eran convenientes para los empresarios porque se movían con bastante libertad (Tandeter:34).


En el análisis de Brading, en cambio, la fuerza de trabajo dominante resulta más clara. Los trabajadores mineros de México, dice Brading, “constituían una fuerza laboral libre, bien pagada y geográficamente móvil que en muchas regiones era prácticamente socia de los patrones” (Brading:201). Esto último se debía a que los trabajadores exigían una participación en forma de mineral, y en consecuencia, la mano de obra constituía un porcentaje muy alto de los gastos de producción para los propietarios de minas (Brading:210). En México parece predominar la forma de “aparcería”, como sostiene Stern para Potosí. Pero la argumentación de Brading se acerca a Wallerstein cuando sostiene que la reducción de los costos de producción que permitió el florecimiento de la minería después de 1770, se debe, por sobre todos los factores locales y sistémicos, a la entrada de capital inversionista. Es decir, a un factor externo de la economía mundial (Brading:216-217).

En conclusión, para el caso de la producción de plata en la América colonial, resulta más adecuada la visión de Stern con ciertos matices. El modelo de Wallerstein, como todo tipo ideal, corre el riesgo de perder de vista las particularidades de los casos que abarca. Es que más allá de si había más mitayos que trabajadores libres o con “participación”, hablar de la periferia solo como predominio del trabajo coactivo a destajo es no considerar todas las múltiples formas del caso puntual y concreto de la América colonial, es reducir a una tipología un mundo diverso y heterogéneo. En cierta medida, “el sistema mundial” se asemeja a la “mano invisible” de Adam Smith, al superar todos los niveles y a su vez estar en todos ellos sin ser algo concretamente definido. La articulación de modos de producción y formas de trabajo al interior de la misma unidad productiva, como sostiene Stern, me parece más acertada. El sistema mundial no siempre fue la fuerza causal decisiva, sino una de las grandes “fuerzas motrices” (Stern, “Feudalismo”:39), entre las cuales las resistencias indígenas y los intereses locales parecen haber sido mucho más claves en la minería colonial que las determinaciones del sistema mundo capitalista.



Lucía Gracey

Bibliografía y citas:

[1] Considero que no haber leído directamente los tres tomos de Wallerstein resulta un límite a mi interpretación, ya que mi entendimiento sobre su modelo proviene sobretodo del resumen hecho por Stern.

[2] La pregunta 1 explica el uso del sistema jurídico por parte de los indígenas para evadir la carga de trabajo forzado.

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