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Bolivia, una Asamblea del Pueblo en 1971


La historia de Bolivia de la segunda mitad del siglo XX parece construirse sobre dos ejes: revolución y contrarrevolución. O mejor dicho, entre la movilización de las masas para la transformación social y las respuestas de la clase dominante para mantener el orden establecido. En realidad, podemos hablar de una revolución, la de 1952, y una contrarrevolución prolongada a partir de 1964. En este trabajo me enfocaré en el período posterior, el de la década del ’70 –entre los gobiernos de Ovando y Torres y la dictadura de Banzer hasta 1978-, buscando demostrar la presencia constante de la revolución y contrarrevolución en la historia boliviana. Más concretamente, mostraré que en los primeros años de esta década y puntualmente en 1971, con la constitución de la Asamblea Popular, hubo una “situación revolucionaria” en Bolivia que fue cortada por un movimiento contrarrevolucionario poderoso liderado por Bánzer. Buscaré explicar, a partir de una definición tentativa de estos conceptos, porqué esta “situación revolucionaria” no derivó en una revolución propiamente dicha como ocurrió en 1952 y porqué fue efectiva la contrarrevolución.


Según Hobsbawm, una revolución ocurre cuando hay una transformación de la estructura estatal y la creación de un marco institucional nuevo en el contexto de una crisis general del sistema, es decir –según el término de Marx- en el macrofenómeno de una “época revolucionaria”. Si esto no ocurre, puede ser que nos encontremos frente a una “situación revolucionaria”, que se da -siguiendo a Lenin- en “la interacción entre una crisis de las clases altas,(…) y de la rebelión de las masas, empujadas a realizar una acción histórica independiente”. Es decir, esta situación ofrece posibilidades de un “estallido revolucionario” que por algún motivo no sucede, y por ende, no hay transferencia de poder de una clase a otra.

Ahora bien, toda revolución encuentra como contraparte una contrarrevolución que “aspira a proteger el orden social frente a una forma de cambio drástico”. Es decir, revolución y contrarrevolución están relacionados de forma dialéctica y no son simplemente una oposición de términos contrapuestos.


En el caso de Bolivia, la Revolución de 1952 fue tal porque sí logró un nuevo marco institucional o un nuevo aparato estatal. Mientras que para Hobsbawm la revolución boliviana fue “incompleta” porque si bien triunfó, no surgió de ella ninguna fuerza dominante, para otros autores enfocados en la historia latinoamericana y puntualmente boliviana, el triunfo de la Revolución del 52 fue imponer un Estado burgués donde no lo había, reemplazado a un Estado oligárquico precapitalista, y proyectando un programa de modernización capitalista. En el esquema de Hobsbawm, esta revolución debería pertenecer al siglo anterior, pero las condiciones bolivianas hicieron que fuera la revolución del 52 la que estableciera en el poder a la burguesía incipiente, primero a partir de un partido –el MNR-, que aparente e inicialmente proletario y a pesar de un discurso revolucionario terminó siendo un partido democrático-burgués, y después respaldada por el Ejército, que tomó desde 1964 la misión de continuar con el desarrollo capitalista en el país.


Ahora bien, en 1971 la Asamblea Popular presentó las características, al menos a primera vista, de una “situación revolucionaria” pero no llevó a una transformación del poder. Esta vez, el programa de la Asamblea era mucho más ambicioso y asociado a la ideología proletaria, pero no logró destruir al Estado burgués ni reemplazarlo por un Estado obrero. La pregunta es, entonces, porqué si en 1971 hubo un verdadero movimiento de masas (si la Asamblea era un organismo de poder popular independiente del gobierno y el movimiento campesino parecía haberse despertado con el katarismo); en el período de una crisis de hegemonía de la clase dominante (según Hernández, entre 1969 y 1971 esto ocurría con la fractura interna de las FFAA, demostrada con el primer intento de golpe a Torres); y en un “ciclo mundial de conflictividad” o al menos un marco regional de violencia popular, no hubo en Bolivia una revolución. Y, como contraparte, porqué fue victoriosa la contrarrevolución propugnada por Banzer. Mi hipótesis es que ninguna de estas tres características mencionadas fue lo suficientemente profunda y real para derivar en un cambio drástico de la estructura de poder.


En primer lugar, si bien es cierto que al interior de las FFAA había fuertes disidencias, también es cierto que la clase dominante en su conjunto comprendía el peligro de una verdadera revolución popular, y supo responder rápidamente unida a la “situación revolucionaria” de 1971 para evitar dicha posibilidad. Toda la burguesía –en especial la agroindustria cruceña- y la clase dominante apoyó el golpe de Bánzer, incluidos el MNR y la Falange Socialista, pero también “el Opus Dei, los francomasones, las Cámaras de Comercio, las jerarquías eclesiásticas, el consulado brasileño en Santa Cruz y la embajada estadounidense.” De hecho, el apoyo de Estados Unidos y Brasil al golpe demostró ser clave para su consecución. En palabras de Zavaleta Mercado, el poder del ejército actuó como el brazo armado del Estado burgués frente a un Estado proletario potencial que carecía del brazo armado. Es decir, si la Asamblea Popular quiso poner a prueba la crisis de hegemonía, se tropezó con que dicha crisis no era todavía tal, y aun la clase dominante poseía el dominio del aparato de coerción que en 1952 había tenido en sus manos la clase obrera. Según este autor –recordemos, partícipe de la Asamblea- esto no fue un error, pero no se habían dado todas las condiciones estatales para su triunfo y sin embargo la Asamblea no podía esperar para funcionar. Desde una visión teórica, podemos observar como “estructura y situación interactúan y determinan los límites de la decisión y de la acción, pero es la situación” (insuficiente en 1971) “la que delimita fundamentalmente las posibilidades de acción”.


En cuanto a la segunda característica, sostengo que el poder de las masas no fue suficiente por dos motivos: primero porque, como dije anteriormente, las masas obreras no contaban en 1971 con el poder de las armas. Es decir, sí tenían –en términos de Zavaleta Mercado- conciencia de clase para sí (a diferencia de 1952), pero no el sostén material necesario para crear un nuevo Estado. Quizás la Asamblea demoró demasiado en entender la necesidad de armarse frente a la posibilidad de contrarrevolución, y cuando finalmente pidió armas a Torres, su supuesto aliado, este se las negó, justo en el momento en que la derecha preparaba el golpe de Estado. Segundo, y en mi opinión el “error” central de la Asamblea de 1971, los protagonistas de este organismo popular obrero no supieron ver con claridad la situación de su propio país ni la necesidad del movimiento verdaderamente masivo al excluir a los campesinos por suponerlos –debido al Pacto Militar-Campesino- aliados del Ejército. Este factor, la constitución de la Asamblea Popular de una mayoría y casi exclusiva masa urbana en un país mayoritariamente rural, es decisivo para entender el fracaso de la situación revolucionaria. Por supuesto que, además, los tiempos de organización no fueron suficientes y tampoco –y con esto entro en parte en el último factor- llegaron a articularse en una “época de revolución”. Desde un punto de vista contrafáctico, era quizás necesario un mayor desarrollo del katarismo como movimiento revolucionario en las masas indígenas-campesinas y su articulación con la protesta obrera y urbana, las que podrían haber posibilitado la revolución. Pero estos dos fenómenos no se darían hasta algunos años más adelante. Como sostiene Rivera Cusicansqui, el golpe de 1971 interrumpió el ascenso de un nuevo liderazgo campesino, surgido de una generación que no había vivido en carne propia la revolución de 1952 y que proponía la radicalización del movimiento popular. En ese sentido, cabe preguntarse qué hubiera pasado si la Asamblea se constituía años después, una vez consolidado y roto finalmente el Pacto Militar-Campesino que ataba a las masas rurales al Estado.


Por último, si tenemos en cuenta el contexto macrohistórico, es fácil comprender porqué si parecía ser un período de refortalecimiento de la movilización popular, triunfó la contrarrevolución. El Golpe de Bánzer se inserta en la coyuntura regional de dictaduras y de contrarrevolución en el Cono Sur, en el marco de la Guerra Fría, de la ideología contrarrevolucionaria impartida principalmente desde Estados Unidos sobre todo a raíz de la Doctrina de la Seguridad Nacional, y de las dictaduras militares que se sucederán en Brasil (1964) y Argentina (1966) y luego en Uruguay (1973), Chile (1973) y Argentina nuevamente (1976). Durante todo el Banzerato podemos ver implicancias de este marco contrarrevolucionario regional tanto en los discursos de Seguridad Nacional, que fortalecen el papel de las Fuerzas Armadas como garantes del orden interno y de la Nación, como en la catalogación de las protestas y resistencias populares de marxistas-comunistas (por ejemplo, en la masacre de Tolata, en la cual el gobierno de Bánzer calificó a los “rebeldes” como marxistas u “extremistas extranjeros”); en los distintos métodos de represión y persecución a las masas “rebeldes” (quizás menos extrema que los casos de Argentina y Chile pero no por ello debe pasarse por alto); en la alianza con Estados Unidos (no sólo en la coordinación política e ideológica de la Doctrina de Seguridad Nacional sino también, desde una perspectiva económica, por los tratados con el FMI, la apertura a capitales extranjeros y la solicitud de préstamos, que generaron una grave deuda externa y apuntaron a mantener y desarrollar un capitalismo dependiente de Estados Unidos); e incluso en la coordinación con los países vecinos desde lo económico (la influencia de los intereses brasileños es clara) hasta el destino de los exiliados (tal es el caso del asesinato de Juan José Torres en Buenos Aires el 1º de junio de 1976) . Para Dunkerley, de hecho, esta coordinación es mucho más evidente en el hecho de que tras el autogolpe de Banzer en 1974, se recrudece el papel de las FFAA sobre la población civil y se intenta formar un Estado corporativista, imitando el modelo del régimen de Pinochet en Chile.


Por supuesto que la Contrarrevolución en Bolivia, como vemos, no estuvo exenta de contradicciones ni resistencias. Esto nos lleva a una segunda hipótesis tentativa: que en Bolivia, todas las conquistas sociales dependieron de la movilización de las masas (obreros, mineros, campesinos, indígenas) y que la tradición de lucha popular es de larga data en la historia del país. Estas masas, oprimidas desde tiempos ancestrales, pero no por eso pasivas, no insertas completamente al sistema capitalista y manteniendo lazos y tradiciones pre-capitalistas (tanto en los mineros como en los campesinos, sobretodo en el aspecto comunitario), permitieron el desarrollo de múltiples resistencias al gobierno de Banzer mucho más efectivas quizás que las de sus pares en el resto del Cono Sur.


La represión del banzerato a estas protestas y resistencias demostró que las clases dominantes habían adquirido herramientas lo suficientemente fuertes para enfrentar a las masas. Estas herramientas de consenso y coerción, que tan bien habían servido a los gobiernos anteriores para manipular a las masas como el Pacto militar-campesino o el “co-gobierno” de MNR y COB, se ponen en crisis durante el banzerato tras movilizaciones y protestas verdaderamente masivas. Dos ejemplos emblemáticos podrían ser el bloqueo de rutas y la movilización generalizada de 1974, que empieza con una huelga fabril y deriva en el bloqueo de campesinos en Cochabamba que luego serán reprimidos duramente por el Estado dando lugar a la “masacre del Valle” –dando fin al Pacto Militar-Campesino-, y la huelga de hambre a fines de 1977 y principios de 1978, que fue clave para la caída final de la dictadura militar.


Como esbocé anteriormente, para este período el katarismo constituye el eje de la reorganización autónoma del sindicalismo campesino y el campesinado y el movimiento obrero vuelven a acercarse a través de la entrada del MRTK (Movimiento Revolucionario Tupac Katari) a la COB. Si esta alianza no logra una revolución en la década siguiente es porque, tal vez, y siguiendo la tesis de Hobsbawm, no hay una coyuntura revolucionaria mundial. O porque, como sostiene Rivera Cusicansqui, la fuerza del movimiento popular boliviano radica en los sindicatos y no en un partido político. Pero no hay dudas de que es la movilización de las masas campesinas y obreras bolivianas la que quiebra la hegemonía de Banzer, ni del poder autónomo de las masas en Bolivia a través “de instancias colectivas de acción y decisión para tomar en sus manos la resolución de sus propios problemas”.


En otras palabras y citando a Hobsbawm, “en las sociedades caracterizadas por la movilización de masas, o que exigen una participación activa para imponer cambios drásticos de estructuras y objetivos, la revolución no es simplemente un medio para alcanzar esos cambios, sino, de alguna manera, la única forma de conseguir ese propósito”. Tal es el caso de Bolivia, donde revolución y contrarrevolución, incluso cuando no logran desarrollarse como tales plenamente, son las dos caras recurrentes de una misma moneda, que han ido definiendo a lo largo de los años el devenir histórico boliviano.

Lucía Gracey


Citas y Bibliografía:


Hobsbawm, Eric. “La Revolución”, en Roy Porter (ed.), La revolución en la historia, Barcelona, Crítica, 1990; p. 37.


Hobsbawm, E., Op. Cit.; p. 25.


Ibídem, pp. 41-42.


Rivera Cusicanqui, Silvia. “Luchas campesinas en Bolivia: el movimiento katarista (19701980)”, en Zavaleta Mercado, René, Bolivia, hoy, México, Siglo XXI, 1987; p. 129.


Zavaleta Mercado, René. “El poder dual en América Latina” (1973), en Obra completa, La Paz, Plural, 2011, Tomo 1; p. 415.


Zavaleta Mercado, R., Op. Cit; p. 433. Para Zavaleta, el programa de la Asamblea no era tan radical, pero debemos recordar que este autor formó parte de la Asamblea y por ende, tiene una opinión como protagonista de la Historia analizada.


Hernández, Juan Luis. “Nacionalismo militar y radicalización obrera. La época de Ovando, Torres y la Asamblea Popular (1969-1971)”, en Ni Calco Ni Copia, N° 2, Buenos Aires, 2007; p. 92.


Hérnandez, J. L., Op. Cit., p. 97.


Ansaldi, Waldo y Alberto, Mariana. “Muchos hablan de ella, pocos piensan en ella. Una agenda posible para explicar la apelación a la violencia política en América Latina”, en Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, América Latina. Tiempos de Violencia, Buenos Aires, Ariel, 2014; p. 41.


Hérnandez, J. L., Op. Cit., p 94.


Zavaleta Mercado, R., Op. Cit; p. 429.


Hobsbawm, E., Op. Cit.; p. 30.


Ver Hérnandez, J. L., Op. Cit., pp. 93-94.


Rivera Cusicanqui, S., Op. Cit., pp. 140-141.


Ver Slatman, Melisa. “Contrarrevolución en el Cono Sur de América Latina. El ciclo de dictaduras de seguridad nacional (1964-1990)”. En Gustavo Guevara (Comp.) Sobre

las Revoluciones Latinoamericanas del siglo XX, Buenos Aires, NewenMapu, 2013, pp.235254


Garretón, Manuel. “De la seguridad nacional a la nueva institucionalidad. Notas sobre la trayectoria ideológica del nuevo Estado autoritario”, en Revista Mexicana de Sociología, Vol. 40, No. 4, (Oct. - Dec., 1978), pp. 1259-1282.


Rivera Cusicanqui, S., Op. Cit., p. 146.


Ver Dunkerley, James. Rebelión en las venas. La Paz, Plural, 2003, p. 260.


Dunkerley, J., Op. Cit., p. 284.


Ibídem, p. 270.


Digo tentativa porque, por una cuestión de espacio, no me es posible desarrollar los argumentos para defenderla. Para hacerlo, debería remontarme a las luchas anticoloniales como la de Tupac Katari en 1781, que sirve de referencia para el movimiento katarista, y proseguir detallando los distintos medios de resistencia de las masas obreras y campesinas -“espontáneas” según Zavaleta Mercado – hasta la guerra del agua y del gas en la década del 2000.


Rivera Cusicanqui, S., Op. Cit., p. 144; y Dunkerley, J., Op. Cit., p. 266.


Rivera Cusicanqui, S., Op. Cit., p. 163.


Hérnandez, J. L., Op. Cit., p. 99.


Hobsbawm, E., Op. Cit.; p. 57.

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