top of page
06ec4b_fca26b446a664af5b9ed025c9aae2162~mv2.jpg

Rwanda: genocidio olvidado



En un pequeño país africano de gran densidad demográfica, Rwanda, más conocido como el “País de las mil colinas” o la “Suiza de África”, ocurrió el horror en 1994. De boca de locutores radiales, desde el año anterior, se escuchaban frases en emisiones oídas por centenares de personas, como: “Vamos a matar cucarachas”, “cuidado con la serpiente. Cuando vea una, mátela, porque si usted no lo hace ella lo hará”, "los conejos están llegando, vamos a matarlos. Tienen orejas y colas como los perros", entre muchas otras que incitaban a asesinar sin contemplaciones. Esos mensajes de odio fueron promovidos por ciertos sectores hutus, etnia que compone mayoría de la población. Apuntaban a los tutsis, grupo minoritario en la composición demográfica, y a quienes se opusieran al odio y al deseo de matar, como entre las filas de hutus moderados. Implicaba quizá lanzarse y matar a machetazos al vecino, al pariente, una madre, un padre, hermanos, etc. En Rwanda, a diferencia de la mayoría de los países de África, la diversidad poblacional es pequeña, solo hay tres grupos. Eso sería catastrófico.


La prensa argentina (y no fue la única) automáticamente tildó lo sucedido en el país de la zona de los Grandes Lagos africanos bajo los rótulos de “violencia étnica”, “lucha tribal”, “salvajismo” etc., despojando al proceso de lo que en realidad fue. No fue un impulso irracional ni una locura producto del atavismo. Se trató de un genocidio, el caso fue el de un Estado dispuesto a matar en razón de la pertenencia étnica del grupo construido como enemigo. La propaganda genocida fue muy efectiva, entre otros mecanismos, como la entrega de medio millón de armas blancas durante algunos de los meses previos, y provocó entre abril y julio de 1994 la muerte de alrededor de 800.000 personas (aunque las cifras más altas estiman hasta 1,5 millón). Realmente impactante resultó que en poco menos de 100 días se consumara el genocidio más veloz de la historia. Si se creía que el horror de la Segunda Guerra Mundial había quedado superado, Rwanda mostró de nuevo escenas de la más baja degradación humana (y no fue el único caso, desde luego, tras 1945). El mundo, en líneas generales, resultó indiferente ante tamaña y bien visible matanza, de asesinatos perpetrados a plena luz del día en donde se descargaron antiguos odios. Las noticias de Rwanda llegaron tarde, cuando el genocidio estuvo consumado.


Antecedentes

El pasado rwandés no fue un lecho de rosas. Antecedentes violentos habían ocurrido entre hutus y tutsis pero la dimensión a la que llegó la situación en 1994 alcanzó una dimensión mucho más trágica. A comienzos de la década de 1990, en un clima continental signado por una importante ola democrática, fueron varios los actores políticos en el país que hablaban en términos de reconciliación y de formación de un gobierno de coalición para dar término a un sistema de partido único establecido desde 1973. Este panorama enfureció a los sectores hutus más reaccionarios, que se decidieron a formar y pronto lanzar sus fuerzas de choque. Entre varios grupos creados, el denominador común fue un objetivo primordial: la eliminación de toda la población tutsi y sus cómplices.


Entre los futuros genocidas se dio la convicción, alentada por la prensa entre el público en general, que la Revolución de 1959 estaba en peligro y que los tutsis tramaban un asesinato en masa para recobrar el poder perdido. Por medio de dicha Revolución los hutus habían llegado al poder poco antes de la retirada de la metrópoli belga, la que favoreció en época colonial a la minoría tutsi. En consecuencia, la intriga de este grupo debía ser desmantelada como fuera. El papel de la prensa fue contundente, varios de los periódicos nacionales tuvieron nexos con las organizaciones extremistas hutus, como con el grupo Hutu Power y con las milicias Interahamwe (“los que matan juntos”, en lengua local). Los jerarcas de esta última declararon ser capaces de eliminar 1.000 tutsis en veinte minutos. Un artículo de un diario muy virulento, el Kangura, a finales de 1990, entre varios artículos publicados e inflamados de odio, lanzó una proclama sobre la pureza del ser hutu y listó sus diez mandamientos, como si asesinar al enemigo se tratara de un deber religioso, además de establecer que un hutu no debía sentir compasión por un tutsi. Estas primeras olas de odio provocaron 300 muertes y más de 3.000 desplazados en 1992. Por su parte, la llegada de la Revolución de 1959 causó un clima de guerra interna que se saldó con 30.000 tutsis muertos y al menos 300.000 personas huidas de sus hogares. Más tarde, a comienzos de los años 70, el gobierno hutu volvió a cargar contra la población tutsi, acosándola y humillándola, con un gran éxodo de unas 600.000 almas. A pesar de estos funestos episodios, la tensión y el odio continuaron respirándose en el ambiente por décadas.


El desarrollo

El 7 de abril de 1994 comenzó el genocidio, con la excusa del derribo del helicóptero donde viajaba el presidente Juvenal Habyarimana, hecho hoy no esclarecido, y que echó por borda todo intento de pacificación en un contexto convulsionado desde principios de esa década. Acusando a sectores tutsis de haber perpetrado un atentado el día anterior, comenzó a desplegarse el plan genocida hutu. Las transmisiones de la Radio Télévision Libre des Mille Collines no cesaron de lanzar mensajes incendiarios como los citados al comienzo, de tres horas de duración diaria, una cadena fundada en julio de 1993 y que en ningún momento dejó de propagar odio. Para cumplir el cometido, a diario la Radio insistía en un mensaje: “Las tumbas no están llenas aún”.


En una nación donde buena parte de la población profesa el cristianismo, varios clérigos alentaron mensajes de odio, a pesar de la prohibición religiosa de matar, y callando respecto de las matanzas cometidas, incluso en espacios sacros. Por haberse iniciado el 7 de abril, esa jornada fue escogida para que Naciones Unidas hayan instituido la conmemoración del Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio cometido en Rwanda, teniendo inicio la efeméride al cumplirse una década del comienzo del mismo.


La actitud de la comunidad internacional es reprochable. Por ejemplo, Estados Unidos se resistió a intervenir y no admitió que lo sucedido en Rwanda pudiera tipificarse como genocidio. De haberlo admitido, hubiera tenido que comprometerse y, viendo el historial de 1993 en una fallida intervención en Somalía, no quería arriesgarse a padecer otro desastre. Francia respaldó al gobierno de Kigali, rotulando la desgracia en el país como “guerra civil” y alineándose del lado hutu, solo procediendo a evacuar a sus ciudadanos. La Radio citada aplaudió la intervención gala, la que logró que los genocidas hutus al final del genocidio huyeran al vecino Congo y se perdieran entre las masas de refugiados de lo que generó una gran crisis en los Grandes Lagos africanos, un área que quedó en un significativo caos de allí en más. En el gran Congo han muerto más de 5 millones de personas desde la segunda mitad de la década de 1990, en un conflicto olvidado.


Antes y durante el genocidio se formó la oposición en el exilio al régimen hutu de Rwanda. La crisis económica iniciada a finales de los años 80, con la caída del precio internacional del café, el principal rubro de exportación del país, apuró los pasos de su formación en la vecina Uganda. Al término del genocidio el Front Patriotique Rwandais, liderado por quien desde 2000 gobierna y busca eternizarse en el poder, Paul Kagame, liberó el país. Él se hizo con el control de la situación y expulsó del poder a los genocidas, aunque se abrió otra historia marcada por nuevas matanzas, las que hoy permanecen en la penumbra, pese a celebrarse el “milagro rwandés”.


Consecuencias

Del genocidio, Rwanda salió airoso y logró posicionarse como una economía modelo dentro del variopinto panorama africano y una de las que a mayor ritmo crecen en el mundo, proyectando un 6,5% en 2018, según estimaciones de su Banco Central. Se estima que su PBI pueda elevarse de los u$s 9.000 millones actuales a u$s 20.000 millones en 2025. En materia de promoción de género va a la vanguardia: en 2015 el 63,8% de su Parlamento estaba compuesto por mujeres, el de mayor representación femenina del mundo. Con más de un millón de habitantes, Kigali es una ciudad sustentable y segura, digna de ser visitada, y capital de un país sumamente apto para el turismo y considerado uno de los menos corruptos. Sin embargo, el gobierno es objeto de críticas. Kagame quiere perpetuarse en el cargo hasta 2034 y al día de hoy es ya uno de los gobernantes en África más duraderos, tras triunfar en aplastantes resultados electorales que a más de uno han suscitado dudas. La libertad de prensa no es una fortaleza y el hostigamiento a la oposición es moneda corriente, según han denunciado varias organizaciones en defensa de los Derechos Humanos. Si bien Kagame es visto como una suerte de liberador y héroe tras la expulsión hutu, sobre él pesan delitos, puesto que en el avance hacia Kigali el FPR que comandaba asesinó al menos 25.000 hutus en julio de 1994. También fue acusado de aniquilar refugiados hutus asentados en el vecino Congo. En el plano económico, se critica que considerable parte del buen crecimiento nacional se respalde en ayuda externa.


En materia de justicia, queda mucho por hacer, y se habló bastante de la idea de reconciliación. El Tribunal Penal Internacional para Rwanda fue fundado en noviembre de 1994 y con sede en Arusha (Tanzania), comenzó a funcionar al año siguiente. Por espacio de una década impuso 61 condenas sobre 93 acusados, a pesar de las críticas por haber juzgado a tan poca gente si se toma dimensión de la cantidad de víctimas en 1994. Se destaca que fue el primer Tribunal Penal de la historia en actuar sobre responsables de genocidio. En 11.000 tribunales ordinarios (gacaca), sumados a los ordinarios, se juzgó al 65% de los dos millones de genocidas acusados en alrededor de una década. Esta modalidad, en donde también transitó gente del común, funcionó hasta junio de 2012. El problema más grave es que se dieron asesinatos, de más de 150 testigos y sobrevivientes, mientras funcionaron estos tribunales.


Las huellas del genocidio están presentes. En las personas que sobrevivieron, en quienes perpetraron los delitos y fueron capaces de pedir perdón más tarde, sobre quienes recayó la justicia. Sin embargo, al día de hoy hay hutus que no reconocen lo que sucedió en 1994. Si la negación es un flagrante delito, la memoria es restitución y justicia.

Omer Freixa


Bibliografía consultada:


* ÁLVAREZ COSTA, Elena (2011), “Dilemas de África subsahariana: acercamiento a una realidad «casi» ignorada”, en ÁLVAREZ ACOSTA, E. (coordinadora), África subsahariana. Sistema capitalista y relaciones internacionales, Buenos Aires: CLACSO, Parte I, Caps. VII y VIII, pp. 186-247.

* BROUWER, A. L. M. y RUVEBANA, E. (2013), “The legacy of the Gacaca courts in Rwanda: Survivors' views”, en International Criminal Law Review, Vol. 13, N° 5, pp. 937-976.

* CASTEL, Antoni (2009), “La justicia tradicional en la reconciliación de Rwanda y Burundi”, en Revista CIDOB d´Afers Internacionals, N° 87, pp. 53-63.

* LEMARCHAND, René (1998), “Genocide in the Great Lakes: Which Genocide? Whose Genocide?”, en African Studies Review, Vol. 41, N° 1, pp. 3-16.

* MEREDITH, Martin (2006), The State of Africa. A history of fifty years of independence, Great Britain: The Free Press, Cap. 27, pp. 485-523.

* VARELA, Hilda (2000), “De crisis humanitarias ignoradas y mitificadas: Rwanda 1994”, en Estudios de Asia y África, XXXV: 3, pp. 447-474.

* UVIN, Peter (1997), “Prejudice, Crisis, and Genocide in Rwanda”, en African Studies Review, Vol. 40, N° 2, pp. 91-115.

66 visualizaciones0 comentarios

Entradas relacionadas

Ver todo
Huellas
Artículos Recientes
Archivo
Seguinos
  • YouTube
  • Instagram
  • Spotify
  • Facebook
Buscar por Etiquetas
bottom of page