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El ideario radical en la Revolución Francesa

El 17 de Julio de 1791 la Guardia Nacional bajo el mando del Marqués de La Fayette abre fuego sobre una multitud radical jacobina en el Campo de Marte de París durante la Revolución francesa, matando 50 personas. En el siguiente informe, se realizará un análisis de tres momentos diferentes del proceso revolucionario tratando de seguir la tradición más radicalizada. En primera instancia, se observará la formación de las corrientes de pensamiento previas a la Revolución y como circularon las ideas en la Francia del siglo XVIII. Luego, se buscará rastrear a los actores radicales en los primeros momentos de la subversión y cuáles eran sus objetivos próximos. Por último, se hará referencia al periodo denominado del “Terror” y se intentará observar si este fue un momento radicalizado o, más bien, conservador.

Para poder abordar las diferentes aristas del ideario radical en la Revolución Francesa, ya sea en sus antecedentes intelectuales, sujetos políticos y en el proceso histórico, se debe primeramente entender a qué se hace alusión con la etiqueta “radical” en la segunda mitad del siglo XVIII.


Cuando pensamos en la Francia de 1750 debemos ver que nos encontramos ante a un sistema monárquico, que a pesar de ciertas de ciertas vicisitudes se instituía como un sistema sólido. Si bien siempre hubo sectores opuestos al régimen, como en las guerras de religión, la fronda y otras expresiones, el movimiento intelectual que comenzaba a gestarse en los círculos universitarios y en las usinas de pensamiento racional, comenzó a crear un clima propicio para repensar la esfera política desde puntos de vista diferentes. Entre estas nuevas corrientes de pensamiento, se puede considerar como radicales a todas aquellas voces opuestas al régimen monárquico.


El movimiento intelectual al que la historiografía ha dado el nombre de ilustración, presentaba diferentes vertientes de pensamiento. La característica principal de la ilustración se fue la valoración de la “razón” como la principal forma de poder generar conocimiento en cualquier rama científica. De allí que desde el derecho y la política hasta las ciencias naturales y exactas, la búsqueda por la suprema conciencia fuera el objetivo primordial. Desde este punto de vista, la razón como fuerza generadora de conocimiento científico pudo servir para justificar monarquías, así como deslegitimarlas. Los más radicalizados en el pensamiento político, se encuadran en los sectores opuestos al régimen imperante y sus textos serán llevados como estandarte al movimiento revolucionario de 1789.


Los antecedentes intelectuales a la Revolución Francesa, pueden rastrearse en pensadores (philosophers) como Spinoza, Rousseau, Diderot y D`Holbach, entre otros. Sin intención de desarrollar profundamente en el pensamiento de cada uno de ellos, intentaré explicar en qué sentido fueron, sus razonamientos, parte estructurante de una forma de comprender el mundo francés del siglo XVIII.


Pongo en primer lugar a Spinoza ya que fue uno de los primeros en pensar el problema de la libertad. Como apunta Jonathan Israel, “Spinoza fue el primer pensador europeo importante de la época moderna en adoptar el republicanismo democrático como la forma más elevada y racional de organización política, y la más adecuada a las necesidades de los hombres. La monarquía, por el contrario, es considerada la menos perfecta, racional y adecuada para las genuinas preocupaciones de la sociedad humana”[1]. Sentada esta idea como base estructurante del pensamiento del neerlandés, Israel profundiza en que “la republica democrática de los radicales no es la aspiración del individuo a la redención espiritual lo que impulsa la tolerancia (…) sino mas bien la búsqueda de la libertad individual, la libertad de pensamiento y la libertad para publicar ideas que puedan ser “filosóficas”, en el nuevo sentido acuñado por Spinoza y sus seguidores, que significa ideas arraigadas en sistemas de pensamiento con base en la “razón natural” y, por lo tanto, incompatibles y opuestas a la concepción teológica de Dios, el hombre y el universo, de las iglesias”[2]. El segundo punto de quiebre es en el concepto de igualdad, arraigado en el “derecho natural” devenido de su concepción del “estado de naturaleza”. Su visión aparece contrapuesta a las de otros intelectuales de su época como Hobbes o Locke, que hacían de la diferencia social la base de su pensamiento monárquico. En la visión de Spinoza, “el hombre natural” nace sin diferencias como el resto de los seres de la naturaleza[3]. El sistema de pensamiento de este autor, provoca uno de los tantos quiebres con las ideas imperantes de la época e influenciara a las nuevas generaciones de “filósofos” de la Francia del siglo XVIII.


Si bien el texto de Philipp Blom recorre la vida de diferentes personajes que hicieron a la intelectualidad de la Francia ilustrada, me detendré en los casos de Rousseau y Montesquieu.


Para Rousseau, el orden social no es producto de la naturaleza, ni un producto de la fuerza sino una creación humana de orden moral. Según el autor ginebrino, ningún hombre tiene autoridad sobre su semejante. En este sentido, el hombre es considerado parte de un todo común, como unidad fraccionaria, respecto de la unidad a que pertenece. “Un hombre civil no es más que una unidad fraccionaria que depende del denominador y cuyo valor está en su relación con el entero, que es el cuerpo social”[4]. Así pues, como “ningún hombre tiene la autoridad natural sobre su semejante, y puesto que la fuerza no produce ningún derecho no quedan más que las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres”[5]. El fundamento de todo orden social es entonces un contrato que establezca la vida en sociedad. Dentro de este esquema, la sociedad fundada debe someterse solo a la voluntad general (y no de una sola persona) ya que “solo la voluntad general puede dirigir las fuerzas del Estado de acuerdo con el fin de su institución que es el bien común”[6]. Estas son las principales ideas que van a quebrar con las imperantes a mediados del siglo XVIII y que guiaran a los revolucionarios del ’89 en la organización del nuevo Estado revolucionario.


Diferente es el caso de Montesquieu, que será rescatado una y otra vez por la historiografía liberal de fines del siglo XIX como un republicano por excelencia, cuando en realidad, como ha demostrado Althuser en “Montesquieu: la política y la historia”, nunca habría abrasado a la republica como una forma de gobierno moderna, sino que era más bien partidario de una monarquía equilibrada por los cuerpos intermedios. Sin embargo, resulta interesante rescatar la obra del pensador, ya que en ella se propone una descripción histórica de tres formas de gobierno: la república, la monarquía y el despotismo. En este sentido, “la naturaleza del gobierno republicano quiere que el pueblo, o parte del pueblo, tenga el poderío soberano. La naturaleza del monárquico, que gobierne uno solo, pero por medio de las leyes fijas y establecidas. La naturaleza del despotismo, que gobierne uno solo, pero sin leyes ni reglas”[7]. En una era de imperios y grandes extensiones, según Althuser, Montesquieu nunca fue partidario de la institución republicana por considerarla arcaica e incapaz de regular grandes porciones territoriales. Por último, apoyándose en Eisenmann, Althuser concluye que Montesquieu, nunca fue partidario de la división de poderes, ya que se veían múltiples interferencias entre poderes (veto del ejecutivo a las leyes del legislativo, inspección del legislativo sobre el legislativo, injerencia del legislativo sobre el judicial), es por eso que lo que propondría Montesquieu sería una “combinación de poderes”[8] para equilibrar y repartir los mismos. En este sentido, qué aporte habría hecho Montesquieu a la tradición radical es una pregunta a responder y que encuentra su fundamento en la influencia que tuvo para que los radicales se enfrentasen a una tipificación de la realidad circundante. Al considerar como despótico al gobierno de Luis XVI se abría la puerta para el cambio social, y como veremos más adelante, la primera solución de los más moderados fue la convocatoria a una asamblea constituyente que dictara las leyes fundamentales de una monarquía constitucional.


Ahora bien, ¿Es posible que todo el desarrollo teórico de estos autores mencionados, como de muchos otros, haya tenido influencia directa sobre las masas que se lanzaron a la toma de la Bastilla aquel 14 de Julio de 1789? Siguiendo el trabajo de Robert Darnton sobre los Best-Sellers se puede encontrar parte de esta respuesta.


En su detallado recorrido sobre la comercialización de libros prohibidos por la corona, se observa que la gran mayoría de la literatura consumida por los franceses no constaban tanto en las obras de los “filósofos” aquí nombrados, sino mas bien en una cantidad de novelas, tratados, libelos (que relataban intimidades de la corte) y pornografía. Sin embargo, muchas de las ideas de los philosophers entraron en la sociedad en estos textos, como en el caso de “Thérèse philosophe”. En este relato de pornografía, se observan capítulos referidos a la libertad del ser humano con frases como “Dios os ha dado la razón para iluminaros”[9] o “si no somos libres de pensar ¿Cómo seriamos libres de obrar pues el pensamiento es su causa y la acción solo su efecto? Y, ¿puede un efecto libre resultar de una causa que no es libre? Allí hay una contradicción”. Y es justamente lo que pretendían estos textos además de entretener. Se buscaba introducir la libertad como valor necesario para el desarrollo humano. La circulación de este nuevo léxico, ideas y visiones del mundo en una sociedad interesada no desencadena necesariamente una revolución, pero sin duda la coyuntura de los acontecimientos favoreció para que estas ideas se encontraran y tomen significado en el terreno de la acción política y social.


Para seguir la historia de la Revolución Francesa desde el ideario radical, debemos realizar un extenso recorrido histórico que nos acerque a la coyuntura específica de 1789 donde él las posiciones más radicalizadas se expresa en la simbólica toma de la Bastilla. Por cuestiones de espacio, este recorrido detallado no podrá ser expuesto aquí, pero si podemos dejar sentado que las circunstancias en que se encontraba Francia en el año de la Revolución, no era la mejor. Tras una sumatoria de fracasos de la monarquía en tratar de generar una reforma del sistema desde arriba, la situación parecía insostenible para el año 89 del siglo XVIII.


Cuando Luis XVI llego al trono tomo decisiones que deshicieron todo lo hecho por su abuelo, Luis XV. Las razones políticas de Luis XVI resultan comprensibles si se revisan las decisiones de su predecesor teniendo en cuenta su voluntad de suprimir los enfrentamientos frontales con los parlamentarios y el alto clero, manteniendo al mismo tiempo la línea política de sus antecesores. Se prevé restablecer los parlamentos, pero limitando su derecho a aprobar las leyes, prohibiendo sus deliberaciones y con la posibilidad de remplazarlos en caso de necesidad. Por su parte, la cámara de pares también corre el riesgo de ser remplazada pese a que se instauran un Gran Consejo y una corte plenaria consagrada por completo al rey. En nombre del carácter sagrado del rey, la administración real se ve obligada a recular y se abandona el proyecto. Así pues, Luis XVI pierde la guerra constitucional desde su llegada al trono. No obstante, la victoria de los parlamentarios, al reforzar la autonomía de los parlamentos provinciales tiene como efecto acrecentar el bloqueo de las instituciones y prohibir todas las reformas. Así, la reforma administrativa y financiera, que ya se había iniciado, habría podido salvar el reino, pero las condiciones de su puesta en marcha la condenan. Todo esto demuestra las fragilidades del rey tras esa primera crisis. Luis XVI padece una sucesión casi ininterrumpida de derrotas que aceleran el proceso de desacralización de la función real y la ponen en entredicho ante el tribunal de la opinión pública[10]. La batalla se empezó a librar en este terreno comprando diarios y pagando voceros para cuidar la debilitada imagen de la monarquía. Sin embargo, todo esto carece de valor si no se examina la situación económico-fiscal para 1788 cuando luego del fracaso de la Asamblea de Notables de 1787 se debió convocar a los Estados Generales.


Siguiendo a McPhee, “la Francia rural estaba en crisis en la década de 1780. En Montigny, el tratado de libre comercio con Inglaterra en 1786 fue un duro revés para la industria textil; también los productores rurales se vieron sacudidos por la triplicación de los arriendos de las tierras propiedad de la Iglesia en los años ochenta y las malas cosechas de 1788. En Borgoña, por lo menos, el discurso mediante el que los pueblos ponían en tela de juicio los derechos de señorío estaba salpicado de nociones de ciudadanía y de llamamientos a la utilidad social y a la razón. (…) Esta reacción se produjo en el contexto de una prolongada inflación en la que el precio de los cereales sobrepaso el de los salarios de los labradores, y las malas cosechas de 1785 y 1788 doblaron los precios”[11]. Además, “gradualmente, el sistema de señoríos se fue convirtiendo en un poco más que una estafa. La respuesta de los señores a este desafío a su autoridad y riqueza –desde arriba y desde abajo- hizo que parecieran especialmente agresivos”[12]. El caldo de cultivo generado por esta coyuntura de crisis y la presión de la opinión pública obligó al rey a convocar a los Estados Generales. “En la primavera de 1789, se pidió a todos los habitantes de Francia que formulasen propuestas para la reforma de la vida pública y para elegir a los diputados de los Estado Generales”[13].


Fue en la formulación de los cahiers de doleances (cuadernos de quejas) donde se observan las primeras manifestaciones concretas de la población, con exigencias al poder estatal de fuerte contenido radical. Tal es el caso del Cuaderno de quejas de la comunidad rural de Thostes y Beauregard, del 8 de marzo de 1789. Cito a continuación los artículos más relevantes de dicho documento:


“Art. 6: La total abolición de la prestación personal y que los estamentos del clero y de la nobleza paguen al igual que el Tercer Estamento, proporcionalmente al número de sus criados, de sus caballos y de sus carruajes.


Art. 7: que se liberalice el comercio de la sal, siendo esta un artículo de primera necesidad, así como el del tabaco, y la abolición del registro de las pieles. […]


Art. 13: Disminuir el número de volátiles y palomares y la multitud de piezas que contienen. Es lamentable para el labriego ver como estos volátiles, que no sirven más que para la opulencia, se comen sus semillas”[14].


Si bien es claro que los cahiers no pedían una revolución, ante la precipitación de los acontecimientos serian enarbolados como exigencias ante el avance del movimiento revolucionario.


El 5 de mayo, los Estados Generales se reúnen y para el 17 de junio, el Tercer Estado pide sesionar por separado denominándose “Asamblea Nacional”. Para el 20 de junio, los integrantes del Tercer Estado, se reúnen y se proclama su intención de no separarse hasta la creación de una Constitución. El 9 de julio, se crea la Asamblea Nacional Constituyente, conformada por representantes de los tres Estados y el día 14 de julio una rebelión urbana de los sectores populares toma la Bastilla. En los meses de julio y agosto, los sectores campesinos se unieron al movimiento revolucionario.


De 1789 a 1793, la Asamblea Nacional Constituyente se da la tarea de crear el marco legal que regulara la nueva monarquía constitucional. En este periodo se crearon las leyes más radicales que terminaron de abolir al “Antiguo Régimen”. “Las tradiciones de derechos corporativos, nombramientos y jerarquía cedieron a la igualdad civil, a la responsabilidad y a las elecciones en el seno de las estructuras nacionales. […] En todos los niveles, los funcionarios habían de ser elegidos, y las instituciones en las que trabajaban tenían que ser las mismas en todas partes”[15]. El 26 de agosto de 1789, se promulgo la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, el instrumento legal que abrió el cauce a la libertad de todos los individuos de la nación y la igualdad ante la ley. En noviembre de 1790, se nacionalizaron y vendieron todas las tierras de la Iglesia para cubrir el déficit fiscal, dando un primer golpe de efecto a la propiedad dominical. A su vez, se cerraron las órdenes contemplativas y la concesión de libertad religiosa a los protestantes y a los judíos. La creciente oposición clerical a estos cambios dio lugar a la “Constitución Civil del Clero”, en este documento se instruía que la separación de la Iglesia y el Estado era inadmisible: “las funciones públicas de la Iglesia se consideraban parte integrante de la vida diaria, y la Asamblea aceptaba que las rentas publicas sustentasen económicamente a la Iglesia tras la abolición del diezmo. Por consiguiente se argumentaba que, al igual que antes la monarquía, el gobierno tenía derecho a reformar la organización temporal de la Iglesia”[16]. Sin embargo, el Art. 2 del Título II (nombramiento de los beneficios) referenciaba que “todas las elecciones se harán por votación y con absoluta pluralidad de sufragios”[17], mas aun “que la elección de obispo se hará en la forma prescrita y por el mismo cuerpo electoral indicado para el nombramiento de la asamblea departamental, en el decreto del 22 de diciembre de 1789”[18] en su Art. 3. Todo esto, subordinaba a la antigua jerarquía del Clero a la órbita de lo estatal, produciendo un quiebre con la antigua curia estamental.


En definitiva, las medidas más radicales de la Revolución sin duda fueron, la igualdad de derechos de todos los ciudadanos de la nación, la abolición del feudalismo y la sumisión de la Iglesia a la órbita de lo estatal. A lo que se suma la desaparición física de la figura del Rey (ante la evidencia de complots con las monarquías extranjeras) en 1793 dando comienzo a la guerra. Es interesante ver que los sujetos políticos de estos cambios, sin duda fueron las burguesías urbanas y del campo apoyándose en las masas de las clases populares que ofrecen su apoyo a la Revolución y se conforman como verdaderos grupos de presión para poder conseguir sus propias reivindicaciones. Más allá de los personajes particulares es interesante observar como las burguesías conducen el proceso, llevando a la rastra a cierta “clientela” de sectores populares de antiguo tipo. El caso más claro donde se observa esto es en las levas masivas de ciudadanos comunes, para afrontar la guerra a la contrarrevolución preparada desde el extranjero mientras la dirigencia burguesa se abstenía de la contienda.


Por último, me interesa hacer mención al periodo conocido como el “Terror”. Una de las interpretaciones más frecuentes y más erradas es reconocer al momento histórico conducido por Robespierre, desde el Comité de Salvación Pública, como el periodo más radical de todos. Sin embargo, violencia no es sinónimo de radicalismo sino de conservadurismo y el “Terror” fue un momento conservador de los logros de la Revolución. Para 1794, la guerra civil había sido resuelta en favor de la Revolución, los diferentes flancos externos de conflicto también habían sido derrotados, sin embargo la Ley del 22 Pradial dio inicio a una etapa de persecución y terrorismo de estado que pretendía consolidar a una fracción determinada en el poder promulgando extensas purgas a los demás participantes del juego político. Periodo que va a finalizar con la ejecución de Robespierre y sus aliados víctimas de una conspiración oligárquica que vino a imponer el llamado “Terror Blanco” como contrapartida al Terror Jacobino, lo que significo una nueva purga de “regeneración”.

La nueva república liberal, vino a imponer su propio régimen moderado. La etapa radical había finalizado años atrás, mucho antes del Terror Jacobino. Como se definió al inicio del informe, lo que hacía radical a las nuevas corrientes de pensamiento y a la propia Revolución era su oposición al régimen monárquico. Una vez desarticulados los ordenes estamentales (feudalismo), la sumisión de la Iglesia al Estado, la secularización del mismo y lograda la igualdad de derechos ante la ley; la Revolución había logrado sus objetivos fundamentales. Las circunstancias a las que sometió la contrarrevolución a Francia, obligo a esta ultima a defender sus logros con fiereza sin importar los medios. Una vez aplastada la contrarrevolución y la guerra civil, el Terror y las ideas regenerativas carecían de sentido estratégico. La republica oligárquica se estableció sobre estas bases y concretó las aspiraciones de clase de la burguesía.


Pablo Javier Coronel

Citas y Bibliografía Utilizada:

[1] ISRAEL, Jonathan I. La Ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750, México, FCE, 2012 (2001), p. 327


[2] Ibídem, p.338


[3] Véase Israel, p.341-346


[4] GROETHUYSEN, Bernhard. J. J. Rousseau, México, FCE, 1985 (1949), p. 72


[5] Ibídem, p.74


[6] Ibídem, p.75


[7] ALTHUSSER, Louis. Montesquieu: la política y la historia, Barcelona, Ariel, 1974 (1959),p.54


[8] Véase Althuser, p. 121


[9] Thérèse philosophe, ou mémoires pour servir à l’histoire du P. Dirrag et de Mlle. Eradice, 1748, selección. p374


[10] Véase MARTIN, Jean-Clément. La Revolución Francesa. Una nueva historia, Barcelona, Crítica, 2013 (2012), p. 50-51


[11] MCPHEE, Peter. La Revolución Francesa, 1789-1799, Barcelona, Crítica, 2003 (2002), P.44


[12] Ibídem, p.45


[13] Ibídem, p.53


[14] Cuaderno de quejas de la comunidad rural de Thostes y Beauregard, 8 de marzo de 1789.


[15] Op. Cit. Mc Phee, p.79


[16] Op. Cit. Mc Phee, p.92


[17] Constitucion Civil del Clero, 12 de Julio de 1790


[18] Ibídem.

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