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El Concilio Cadavérico

La escena era sin dudas ridícula, por no decir macabra y repugnante. El cuerpo muerto desde hacía nueve meses del Papa Formoso estaba en medio de la capilla y esperaba paciente que quienes iban a juzgarlo terminaran de ocupar la sala.

De a poco los cardenales y obispos convocados se fueron acomodando en las butacas, que formaban un semicírculo alrededor del altar donde estaba el cuerpo. El ingreso de los purpurados era dificultoso porque apenas entraban se quedaban unos segundos en el umbral, inmóviles, sin palabras ante tamaño espectáculo, y luego avanzaban pausadamente hacia sus asientos sin dejar de fijar sus miradas atónitas en la siniestra figura. Como era de esperarse, el recinto estaba inundado por un hedor putrefacto, insoportable, que algunos intentaban neutralizar presionando un pañuelo perfumado contra sus narices y, los menos preparados, cubriéndose la cara con el brazo mientras seguían espiando por el rabillo del ojo.


El cadáver estaba sentado en un trono que descansaba sobre un pequeño altar, para estar a la vista de todos. Las brillantes y trabajadas ropas ceremoniales con las que había sido vestido contrastaban con el tono pálido y traslúcido de la piel. Su espalda estaba rígidamente apoyada sobre el trono y se inclinaba levemente a la izquierda, mientras que las piernas las habían acomodado flexionadas hacia la derecha, como para hacer contrapeso. Los brazos descansaban sobre el regazo y las manos, una sobre la otra, daban a la marioneta una sensación de paz y tranquilidad. Sobre la cabeza, que se sostenía pobremente reclinada en el respaldo, se había deslizado la mitra, que ahora le cubría casi toda la frente y nadie se había ocupado en acomodársela. El ex Papa parecía un muñeco circense disfrazado para una obra de títeres de poca monta que, inmóvil y patético, esperaba el juicio del público expectante.


Formoso fue Papa de la Iglesia Católica desde el año 891 hasta su muerte, el 4 de abril de 896 d.C. Su pontificado no tuvo momentos memorables pero las disputas por los territorios italianos perjudicaron su gobierno. La poderosa familia Spoleto tenía por ese entonces control sobre Roma, y Guido Spoleto había forzado a Formoso para que coronara emperador carolingio a su hijo Lamberto. El Papa, para contrarrestar a los Spoleto, inició una política de apoyo a Arnulfo de Carintia, rey de Francia Oriental, que codiciaba los territorios italianos. Con la ayuda del Papa, Arnulfo avanzó sobre Roma y se hizo coronar emperador.


Formoso murió y poco tiempo después Arnulfo cayó gravemente enfermo y abandonó Italia. Entonces Lamberto se hizo nuevamente con el poder y obligó al sucesor de Formoso, Esteban VI, a juzgar al ex pontífice por su insolencia.

En enero de 897, Esteban VI lo hizo desenterrar, vestir con ropas ceremoniales y lo juzgó por sus acciones en vida ante un tribunal. Este juicio se conoce hoy como “Concilio Cadavérico” o “Sínodo del Cadáver” y se llevó a cabo en la Antigua Basílica de San Pedro (Basílica Constantiniana). Allí, cardenales y obispos siguieron con atención las acusaciones de Esteban y la defensa de Formoso, que estuvo a cargo de un diácono. La realidad era que no había nada de qué culparlo, pero como necesitaban alguna razón que se pudiera llevar a juicio se lo acusó, entre otras cosas, de haber accedido ilegalmente al Pontificado. De alguna manera lograron mayoría para hallarlo culpable de todos los cargos y se declaró nula su elección como Papa, como así también todas sus acciones realizadas como pontífice.


Pero la tragicomedia no había terminado: finalizado el juicio, los presentes se abalanzaron iracundos sobre el cuerpo pútrido del pontífice, le arrancaron con saña las ropas y le cercenaron los tres dedos de la mano derecha, con los que usualmente se imparte la bendición. El cuerpo desnudo quedó tirado sobre las escalinatas del altar y allí permaneció hasta que el recinto se hubo vaciado.


Este Concilio, grosero, corrupto y plagado de mendacidad, aunque parezca increíble, sucedió en realidad. Luego, los restos mutilados de Formoso fueron llevados a una sepultura secreta donde permanecieron por unos meses. Al año siguiente, en 898 d.C., el Papa Juan IX declaró nulos los tribunales en contra de personas fallecidas y Formoso fue perdonado y restituido al Vaticano.

Sin embargo, poco tiempo después su sucesor, el Papa Sergio III, desconociendo lo dispuesto por Juan IX, anuló el perdón y volvió a juzgarlo en el año 904, aunque por suerte esta vez Formoso no fue obligado a presenciar su segundo juicio post mortem.


Una vez más el muerto fue hallado culpable y su cadáver arrojado al río Tíber para que “desapareciera de la faz de la tierra”: Pero éste se atoró en las redes de un pescador que avisó a los monjes de un monasterio vecino, quienes piadosamente guardaron el cuerpo.


Luego de la muerte de Sergio III, en 911, los restos de este pobre hombre regresaron definitivamente al Vaticano donde descansan hasta hoy.


Diana Fubini

Bibliografía

-Saba, Agostino, Storia dei papi, Torino, Unione tipografica editrice torinese, 1936

-Saba, Agostino, Storia Della chiesa: dal potere temporale dei papi a Bonifacio VIII, Torino, Unione tipografica editrice torinese, 1945

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