ISSN 1853-2756     
    Lunes 21 de abril de 2014 Publicación mensual | Año: 5 | Edición: 52
 
 
 
ROMA REPUBLICANA
   
 
03.09.2011 | Los métodos coercitivos en la política romana durante la crisis de la República (1 parte)
   
 
 
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Diego Gerardo Naselli
Profesor en Historia

El termino coercer, del latín coercere, significa contener, mantener dentro de ciertos límites, encauzar, refrenar o reprimir diversas acciones por intermedio de distintos métodos. Por lo tanto, los métodos coercitivos son modos de acción donde se utiliza la coerción para reprimir, contener o cambiar la voluntad de distintos grupos o individuos obteniendo como premio beneficios particulares. Estos métodos pueden ser tanto «violentos» -manifestados a través de acciones con algunos tintes de brutalidad- como «no violentos» -practicados mediante la entrega de ciertos bienes- con el fin de encauzar o reprimir la voluntad de diversos actores sociales. Entre los distintos modos de coercer se incluyen la corrupción, el soborno, la conjura y la conspiración, la persecución, el asesinato, la presión política (tanto militar como popular).
El objetivo del trabajo es analizar de qué manera influían los métodos coercitivos sobre los canales institucionales, y cómo los sectores dominantes hacían uso y abuso de ellos en la lucha por espacios de poder, sin tener en cuenta los efectos negativos que dicha práctica pudiera tener a largo plazo sobre la estabilidad y legitimidad del sistema político. Dentro de este contexto se estudiará las contradicciones entre las normas jurídicas y las prácticas, para destacar la forma en que las transgresiones políticas contribuyeron al desarrollo progresivo de una legislación que buscaba reprimirlas, pero que no pudo contener la inevitable caída del sistema institucional.

Los métodos coercitivos “no violentos” en la política romana
Los métodos coercitivos estaban inmersos en la vida política de la República romana y eran utilizados por las facciones como formas de presionar para obtener poder. Estos métodos, en su mayoría, se practicaban mediante acciones grupales de bandas facciosas dirigidas por ciudadanos importantes, quienes intentaban, mediante la violación de todo tipo de leyes, llegar al poder y obtener ciertos beneficios para ellos, para sus amigos y para sus clientes. Las distintas facciones eran usadas por sus líderes como grupos de presión dentro del sistema institucional romano enfrentándose a los diversos opositores políticos. Si bien los distintos modos de presión se ejercieron casi periódicamente en el período republicano el punto de inflexión que produjo un aumento en la práctica de los mismos apareció en la década del 80 a.C. con el advenimiento del régimen de Lucio Sila y su posterior muerte, la cual abrió el juego político a un colectivo de personajes de la nobilitas romana interesados en participar y apropiarse de espacios de poder dentro del Estado.(1) Para controlar al Estado, estos ciudadanos aristocráticos, pertenecientes tanto a la facción de los populares como a la de los optimates, no tuvieron ningún inconveniente en utilizar los métodos coercitivos e infringir la legislación romana.

El soborno y la corrupción
Ambas son prácticas coercitivas no violentas donde un individuo entrega dádivas o «regalos» a otro, intentando provocar un cambio de opinión sobre una decisión en particular. En el período posterior a la muerte de Sila hasta el asesinato de Julio César, tanto el soborno como la corrupción eran prácticas ilegales muy utilizadas dentro de los canales institucionales del sistema político romano para comprar votos, adquirir apoyo político para los procesos eleccionarios, sobornar a competidores a las magistraturas, etc. Varias leyes, como la lex Calpurnia del 149 a.C., la lex Calpurnia del 67 a.C. y la lex Tulia del 65 a.C.,(2) intentaban castigar e incluso detener este tipo de prácticas pero los líderes facciosos, contradiciendo todas las leyes, usaban el cohecho como una forma de concentrar en su figura todo el poder político posible.
El hecho de sobornar para conseguir un resultado positivo en las elecciones a las magistraturas era un método muy utilizado por los distintos personajes de la nobilitas republicana. Para ganar una elección, ellos sobornaban a sus competidores e intentaban cambiar su decisión de presentarse como candidatos a los diversos cargos. Cátulo, personaje con gran poder dentro del Senado, intentó convencer a Julio César, mediante una gran suma de dinero, de retirarse de la candidatura al cargo de Pontífice Máximo pero este último no aceptó el soborno e igualmente se presentó a la elección saliendo vencedor.(3) También, una forma de soborno habitual para lograr un triunfo electoral era la compra de votos mediante la entrega de una suma de dinero a grupos específicos de la sociedad romana. Los candidatos a las magistraturas, conociendo con anticipación donde votaba cada tribu, centuria, o curia, intentaban sobornar principalmente a las primeras en sufragar para tener ciertas posibilidades de ganar las elecciones. Los candidatos, nobles o ecuestres, a las magistraturas u otros cargos dentro del Estado, a veces, no contaban con los medios suficientes para realizar una compra masiva de votos, debiendo acercarse a ciudadanos romanos más ricos y, mediante prestamos, obtener recursos suficientes para el reparto de dinero entre los diferentes grupos sociales. Craso, personaje rico e influyente, logró, mediante el soborno a gran escala, el acceso de Publio Sila, sobrino del dictador Lucio Sila, y de Publio Autronio a los cargos de cónsules (66 a.C.); Craso, por medio de este tipo de apoyos económicos controlaba una parte de la nobilitas y, a su vez, conseguía tener seguidores leales en cargos públicos. En la elección a cónsules para el año 59 a.C., Julio César (además de formar el triunvirato con Craso y Pompeyo, el primero con un importante poder político-económico y el segundo con un significativo poder militar, para alcanzar las más altas magistraturas y controlar el sistema político de la República) se unió a su competidor por el cargo Lucio Luceyo, quien era poco influyente pero muy rico; César intentando acceder al cargo de cónsul convenció a Luceyo de entregar su dinero entre las centurias en nombre de ambos. El Senado, temiendo el ascenso de César, apoyó al tercer candidato en las elecciones para cónsul, Marco Bíbulo; los optimates le ofrecieron dinero para entregar entre las centurias y así ganar el apoyo de estas en contra de los otros candidatos. César, por los populares, y Bíbulo, por los optimates, ganaron las elecciones y fueron nombrados cónsules para el año 59.(4) Pero el soborno electoral llegaba al extremo cuando al comienzo de la guerra civil entre Julio César y Gneo Pompeyo, los aspirantes a las magistraturas colocaban mesas dentro de la ciudad de Roma donde con total impunidad compraban votos al pueblo, y donde cada ciudadano apoyaba al mejor postor.(5)
El soborno y la entrega de dinero era también empleado como una forma de seguir controlando los grupos facciosos incluso desde el exterior de la península itálica. Ciudadanos aristocráticos, en el ejercicio de cargos políticos en otras provincias romanas o en lucha contra enemigos externos, enviaban dinero a seguidores, amigos y clientes para mantenerlos leales a sus figuras. Julio César, como procónsul en la Galia, remitió grandes sumas de dinero a sus «amigos» en Roma para sobornar al pueblo y permitirles ocupar cargos estratégicos en el sistema institucional romano; César, a través de sus agentes dentro del Estado, siguió teniendo influjo y poder sobre el sistema político aunque estuviera alejado de Roma. Marco Antonio fue quien recibió importantes caudales de metálico enviados desde la Galia por César para ser usados en la conquista del cargo de tribuno de la plebe y, luego, el de sacerdote de los agüeros;(6) en estos puestos Marco Antonio funcionó como un agente de César relacionado directamente con los sectores populares, principal grupo de presión de la facción popular. Sin embargo, Julio César, al conseguir una alta concentración de poder político y militar después de derrotar a Pompeyo en la guerra civil y de ser nombrado dictador, no necesitó sobornar a las tribus para elegir candidatos leales a su persona quienes pasarían a ocupar las distintas magistraturas, solo debió enviar una circular con la siguiente anotación «César, dictador, a tal tribu. Os recomiendo a tal persona y a tal otra, para que obtengan su cargo con vuestro voto»(7), de esta manera empleaba todo su poder para controlar el sistema institucional en su conjunto.
El hecho de entregar dinero, recompensas, bienes, alimentos, el intento de anular las deudas, proponer medidas a favor del pueblo en general o a individuos en particular, y, en caso de los generales, a sus soldados, puede ser interpretada como una forma más de corrupción porque concentraba alrededor de ciudadanos nobles y ecuestres amplias clientelas. Tanto Julio César como Gneo Pompeyo, Craso, Marco Antonio, Clodio, Dolabela entregaron dinero, bienes y/o alimentos a sus «amigos» y clientes, además de favorecer con ciertas disposiciones al pueblo en general. Craso ayudó con dinero a César cuando éste era acosado por sus acreedores, produciendo una relación de amistad y de ayuda política entre ambos. Marco Antonio repartió mucho dinero entre sus amigos y clientes, llegando a entregar a uno solo de ellos la suma de doscientos cincuenta mil sestercios. Dolabela, agente de César y yerno de Cicerón, ocupando el cargo de tribuno de la plebe, quiso implementar una ley para abolir las deudas del pueblo, y así ganar su apoyo. Clodio, patricio de linaje, tribuno de la plebe y amigo de César, contaba con el apoyo de sectores populares urbanos, a quienes favoreció al establecer la gratitud del trigo público. Pero fue Julio César, dentro de la facción popular, quien mayor cantidad de bienes repartió entre sus seguidores, amigos y clientes. Cuando César, ausente de Roma, pidió, a través de comisionados, el consulado y la prórroga del mando de sus provincias recibió la negativa desde Roma porque para las elecciones a las magistraturas el aspirante debía estar presente en la ciudad; el procónsul obtuvo como defensores a Emilio Paulo (futuro cónsul en el 50 a.C.) y a Gayo Curión, un violento tribuno de la plebe; pero esta defensa no fue gratis, al primero le entregó una importante suma de dinero (mil quinientos talentos) y al segundo lo redimió del pago de sus deudas. Con respecto a las legiones a su cargo les aumentó el sueldo a sus soldados, les entregó trigo y hasta llegó a darle un esclavo a cada uno. También entregó préstamos con intereses muy bajos e incluso sin interés a los integrantes del Senado; hizo regalos, a expensas de las riquezas públicas y privadas, a quienes lo visitaban tanto en Roma como en la Galia; y dio el derecho de ciudadanía en bloque a las tropas de galos transalpinos bajo su mando. Al comienzo y durante la guerra civil, César repartió entre los legionarios veteranos miles de sestercios y campos; y, entregó al pueblo, trigo, aceite, dinero, además de perdonarles el alquiler por un año.(8)
No solamente los integrantes de la facción de los populares realizaban la entrega de dinero, alimentos o bienes al pueblo. Lucinio Murena, antes de su elección a cónsul, distribuyó por las tribus entradas a los espectáculos y otorgó comidas al público en general, hechos por los cuales fue acusado del delito de soborno electoral; Cicerón, defensor de Murena en el juicio, justificó el accionar del cónsul porque solo había seguido la costumbre practicada por todos.(9) También el Senado efectuó la entrega de alimentos a la plebe romana, principalmente en momentos de crisis. Cuando la guardia de Cicerón atacó a César, el pueblo salió en su defensa; Catón, por el temor a la reacción de la plebe, indujo al Senado a entregarle trigo por algunos meses para aplacar sus ánimos y comprar cierta tranquilidad social temporaria.(10) Por lo tanto, el soborno y la corrupción durante la crisis de la República fueron practicados por la mayoría de los ciudadanos nobles o ecuestres, de una u otra facción, quienes seguían la costumbre pero infringían las leyes promulgadas para castigar estos métodos.

Conclusión
A partir de los casos analizados se puede aseverar que la práctica de los métodos coercitivos a fines de la República estaban en contradicción con la mayoría de las normas jurídicas romanas; no obstante la ampliación de la legislación reprimiendo los delitos políticos, los ciudadanos nobles y ecuestres pertenecientes a las distintas facciones no se guiaban por las leyes para luchar por espacios de poder en el sistema institucional romano sino por la costumbre establecida por medio de la práctica política cotidiana; solo se apoyaban en las normas jurídicas cuando estas beneficiaban directamente sus intereses de concentrar el poder y controlar el sistema político republicano. Según la posibilidad de participar de los ciudadanos de familias nobles y ecuestres en los canales institucionales de decisión política, los métodos coercitivos usados por ellos influían de modo diferencial en el sistema institucional; el soborno, la corrupción y la presión política tanto militar como popular fueron empleados dentro de los canales institucionales de participación política para reprimir, contener o cambiar la opinión sobre una decisión en particular; la conjura y la conspiración fueron modos de coercer utilizados para controlar el Estado y obtener el poder por fuera de la vía institucional; y, la persecución y el asesinato tuvieron un papel ambiguo ya que algunos de estos modos de coercer fueron legitimados a través de la promulgación de diversas leyes por lo tanto se consideraban prácticas políticas «legales» pero, a su vez, el devenir político cotidiano llevaba a perseguir y asesinar a competidores políticos sin justificación legal por lo tanto se consideraban prácticas políticas «ilegales». Después de todo, los métodos coercitivos fueron funcionales al sistema político romano porque reproducían las formas de obtener y concentrar poder pero a su vez degradaban el sistema institucional republicano hasta su caída definitiva. Sin embargo, los modos de coercer no murieron con la República, siguieron reproduciéndose durante gran parte del Imperio.

Notas:
(1) ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, "Catilina: Un golpe de Estado abortado" en: Historia 16, año XXII, nº 256, España, pp. 68-69.
(2) SAGRISTANI, Marta, "Las relaciones clientelares en la Roma de la Tardorepública" en: Anuario de la Escuela de Historia, año 1, nº 1, Córdoba, Arg., 2001, nota 54, p. 90; y CICERÓN, "En defensa de Lucinio Murena" en: CICERÓN, Obras completas, vidas y discursos, tomo V, Ediciones Anaconda, Bs. As., Arg., p. 388.
(3) PLUTARCO, Vidas Paralelas, Alejandro-Julio César, vol. I, tercera edición, Espasa-Calpe, Bs. As., Arg., 1945, Colección Austral, [César] p. 94.
(4) SUETONIO, Vidas de los Doce Césares, César-Augusto, Planeta DeAgostini, Barcelona, España, 1995, [César] pp. 32-33.
(5) PLUTARCO, Op. Cit., [César] pp. 114-115.
(6) PLUTARCO, Op. Cit., [César] pp. 108-109; PLUTARCO, Vidas Paralelas, Demostenes-Cicerón, Demetrio-Antonio, vol. II, Espasa-Calpe, Bs. As., Arg., 1948, Colección Austral, [Antonio] pp. 126-127.
(7) SUETONIO, Op. Cit., [César] p. 62.
(8) Sobre Craso y César, PLUTARCO, Op. Cit., [César] p. 98; sobre Antonio, PLUTARCO, Op. Cit., [Antonio] p. 126; sobre Dolabela, PLUTARCO, Op. Cit., [Antonio] p. 129; sobre Clodio, NICOLET, Claude, "El ciudadano y el político", en: J. ANDREAU, J.M. CARRIÉ, A. GIARDINA, y otros, El hombre romano, Alianza Editorial, p. 59; sobre Paulo, Curión y César, SUETONIO, Op. Cit., [César] p. 47, PLUTARCO, Op. Cit., [César] p. 115; sobre la relación entre César y sus soldados, SUETONIO, Op. Cit., [César] pp. 43-44; sobre la entrega de prestamos y regalos, SUETONIO, Op. Cit., [César] p. 44; sobre la entrega de la ciudadanía en bloque, SUETONIO, Op. Cit., [César] pp. 40-41; sobre César, sus soldados y el pueblo, SUETONIO, Op. Cit., [César] p. 58.
(9) SAGRISTANI, Marta, "Las relaciones clientelares en la Roma de la Tardorepública" en: Op. Cit., p. 90; y CICERÓN, "En defensa de Lucinio Murena" en: CICERÓN, Op. Cit.,  pp. 418-419.
(10) PLUTARCO, Op. Cit., [César] pp. 95-96.
 

   
 
 
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