ISSN 1853-2756     
    Miércoles 16 de abril de 2014 Publicación mensual | Año: 5 | Edición: 52
 
 
 
SAN MARCOS SIERRAS Y VILLA CARLOS PAZ
   
 
09.04.2011 | Pasados similares, realidades diferentes (IIª parte)
   
 
 
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José Antonio Casas
Profesor en Historia

Los inicios de la modernización capitalista
Apenas comenzada la segunda mitad del siglo XIX, el panorama que presentaban la mayoría de las estancias serranas que ocupaban el Valle de Punilla no distaba mucho de la difícil realidad que exhibía una nación que, esta vez con bases más sólidas, comenzaba a identificarse y ser construida por el Estado central que había emergido el 25 de mayo de 1810. Poco, hasta entonces, había cambiado en la estructura económica y social de estas unidades productivas, golpeadas como muchas regiones del interior por el traumático giro de la economía rioplatense hacia el Atlántico y la decadencia de la ruta altoperuana, además de los continuos conflictos bélicos por definir el “modelo” de país deseado por cada sector en disputa. En definitiva, y como en buena parte de esa “Argentina” que estaba naciendo de un parto delicado y doloroso, las dificultades económicas y la inestabilidad política hacían que no sólo el contexto se pareciese más al orden colonial que al soñado por los más fervientes revolucionarios, sino que también, y aún más grave, en algunos lugares la penuria y el abandono fuesen las consecuencias que los mismos presentaban luego de tan traumáticos años.
En los casos que nos ocupan, sin embargo, hay una diferencia sustancial que separa la identificación de esta situación con la realidad vivida durante la centuria decimonónica en aquellas estancias donde, en la actualidad, se asientan las localidades de San Marcos Sierras y Villa Carlos Paz. Si bien las fuentes son muy escasas e incompletas, por lo que se puede conocer vemos que con respecto al “pueblo de indios” surgido en la otrora estancia San Marcos, poco de lo sucedido en esas décadas afectó significativamente a la comunidad comechingona. Su relativo alejamiento de las principales vías de comunicación y el menor peso demográfico y económico de la comunidad, sumado a la posibilidad de subsistir de forma autónoma sin necesidad de integrarse a los circuitos comerciales y de otro tipo de los que dependiese su desarrollo, fueron algunos de los factores que permitieron no sólo la pervivencia de este pueblo originario bajo sus pautas culturales hasta la última década de ese siglo, sino que también contribuyó de alguna manera a que el impacto de las guerras de la independencia y las luchas civiles no afectaran ni pusieran en grave peligro la vida bajo dichos parámetros.
Mientras tanto, en las estancias del sur de Punilla las dificultades no eran pocas, y el traspaso seguido de las propiedades a manos de diferentes familias y capitales sin que se hiciesen significativas obras y/o avances de infraestructura en las mismas marcaba, sin dudas, el cuadro de situación de toda una época.
Pero, en pocos años –a lo sumo algunas décadas en ciertos casos-, este horizonte iba a cambiar notoriamente. La profundización de los procesos de industrialización capitalista durante la segunda mitad del siglo XIX conllevaron a la acentuación de una división internacional de trabajo impuesto por estas economías, donde los países periféricos –coloniales o semicoloniales- se incorporaban de lleno al mismo como proveedores de materias primas y alimentos y receptores de la oferta de la producción manufacturera y servicios financieros de las naciones centrales. Uno de ellos fue la República Argentina, cuyo ordenamiento institucional definitivo a partir de 1880 le permitió sentar las bases materiales y humanas necesarias para consolidar un modelo primario exportador que tendía a favorecer, a nivel socioeconómico, a una élite terrateniente y comercial, y en su dimensión espacial a las regiones pertenecientes a la pampa húmeda o vinculadas directamente a las líneas ferroviarias más importantes.
La provincia de Córdoba, tal como lo señala Beatriz Moreyra,(1) sufrió un cambio radical en su centro de gravedad económica geográfica, ya que la preeminencia del modelo agroexportador fue transfiriendo progresivamente a la región sudeste el mayor peso de su estructura productiva, mientras que la otrora poderosa región del norte cordobés comenzaba a languidecer ante la imposibilidad de competir en las condiciones que presentaba la época del “orden y progreso”.
El notable crecimiento de la economía mediterránea impactó fuertemente en una ciudad capital que, en muchos aspectos, poco había cambiado desde los tiempos de la colonia. El desarrollo de nuevas infraestructuras públicas y privadas, la oferta de servicios públicos en mayor número y calidad, y el aporte inmigratorio impulsó la modernización capitalista de la urbe fundada por Jerónimo Luis de Cabrera, la cual en pocos años se afianzó como una de las ciudades demográfica y económicamente más importantes del país.
Esta expansión, por supuesto, iba a tener una gran influencia sobre las áreas más cercanas. En el caso de las estancias serranas que formaban parte de la parte del oeste y noroeste de la campaña, éstas comenzarían a vivir profundas transformaciones a nivel de su estructura socioespacial como consecuencia de su adaptación al ritmo y las demandas de la gran urbe capitalina.

Santa Leocadia y La Quinta, germen del desarrollo capitalista de Villa Carlos Paz
A comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, la estancia Santa Leocadia era una de las propiedades más extensas del sur del Valle de Punilla. Luego de ser adquirida definitivamente por Rudecindo Paz en 1869, contaba con más de cinco mil hectáreas, las cuales con el correr de los años se dedicaron, fundamentalmente, al ganado bovino y la siembra de alfalfa y cereales. Por entonces, y en vista de las dificultades en el transporte de mercaderías, la producción servía sobre todo para el autoconsumo.
Hacia la última década de esa centuria, sin embargo, se produciría un hecho que cambiará para siempre el destino de la región. A fin de satisfacer la creciente demanda de agua para consumo y riego de la ciudad de Córdoba, el gobierno provincial decide llevar a cabo la construcción de un dique a poca distancia de la confluencia de los ríos Cosquín, Los Chorrillos y San Antonio. Esta obra, planificada por el ingeniero Carlos Casaffousth y adjudicada a Juan Bialet Massé, demandó la expropiación de una importante cantidad de tierras necesarias para cubrir el embalsamiento del lago a formarse una vez concluidos los trabajos. Parte de las mismas pertenecían a la estancia Santa Leocadia del Sr. Paz, quien además de recibir una compensación monetaria por ello(2) obtuvo otros beneficios económicos.(3)
Asimismo, la estancia se veía favorecida a nivel de la red de comunicaciones, directamente, por la construcción de una serie de puentes que facilitaba la movilidad alrededor del lago San Roque y la comunicación entre las propiedades situadas a la vera de ambas márgenes de los ríos,(4) e indirectamente, por el tendido de la línea ferroviaria que pasaba por el dique y unía la ciudad de Córdoba con Cosquín y las localidades del norte de Punilla y buena parte del noroeste provincial.(5)
Pese a todo, gran parte del potencial que traía consigo esta nueva infraestructura física no pudo ser aprovechado plenamente por Rudecindo Paz, ya que murió a pocos años de concluirse la misma. Sería su hijo Carlos Nicandro, único propietario de la estancia luego de recibir su parte de la herencia y comprar el resto a sus hermanos, quien haría realidad la expansión productiva de la Santa Leocadia bajo los parámetros del modo de producción capitalista.
Una vez llevada a cabo una serie importante de obras de ingeniería claves para sostener el sistema productivo de base pecuaria y complementado por actividades agrarias, como por ejemplo el canal de riego concluido en 1906, Carlos N. Paz comenzó a atraer una mayor demanda de mano de obra para sostener una producción cuya vitalidad expansiva descansaba en la provisión de este tipo de bienes primarios a los mercados de Córdoba. Si bien con algunos de ellos mantenía una relación de acuerdos de arrendamientos y mediería, muchos otros pasaron a trabajar como peones y albañiles -entre otros oficios- asalariados. De esta forma, Paz había logrado no sólo consumar una fuerte concentración de los bienes de producción en su poder,(6) sino que además logró hacerse de un buen número de trabajadores que dependían de venderle a su patrón la fuerza de su trabajo a cambio de un salario.(7) Sujeto a la creciente demanda del mercado capitalino, logró impulsar esta unidad productiva más allá de los límites de la subsistencia, efecto que se consolidó con su importante rol como jefe político de la zona, representante del Partido Concentración Popular (luego conocido a partir de 1913 como Partido Demócrata) vigente en el poder político provincial por aquellos años.
Sus vínculos cercanos con el gobierno de la provincia le permitieron ejercer la suficiente influencia para que el camino que planeaba construirse uniendo la ciudad capital con el valle de Traslasierra pasase por sus tierras, hecho que además de posibilitarle mayor rapidez, seguridad y nuevos mercados para su producción, permitiría el arribo al lugar de un número cada vez más elevado de ocasionales visitantes o touristas, quienes le aportarían desde entonces un beneficio económico y político complementario.(8)
Pero Santa Leocadia no era la única estancia que había logrado superar los límites productivos heredados de la colonia y adentrarse en los mercados de producción y comercialización capitalista. Con la llegada de los jesuitas a La Quinta (situada al oeste de la propiedad de Paz), y en especial a partir de su administración en manos de Antonio Font (1918),(9) ésta cobró un decidido y fuerte impulso económico, sustentado en el aprovisionamiento de carnes, leche, legumbres, etc., a las instituciones que la orden tenía en la ciudad de Córdoba. Con los recursos obtenidos, Font contó con los materiales suficientes para erigir obras de infraestructura de tamaño y calidad sorprendentes para la región, como fueron sus templos religiosos y las edificaciones productivas.
Al igual que lo sucedido en la Santa Leocadia, los jesuitas contrataron a numerosos trabajadores provenientes, sobre todo, de localidades vecinas como Malagueño, La Calera, Tanti, etc., varios de los cuales trabajaban parar ellos a cambio de una retribución monetaria. Asimismo, la ampliación de la infraestructura de alojamiento forjada por Font facilitó la llegada de numerosos visitantes de la orden a La Quinta, acrecentando así la fama de las sierras cordobesas como sitio ideal para el disfrute de la naturaleza y el aire puro de las mismas.
De esta forma, gracias al impulso que generaba una gran metrópoli en su cercanía, las estancias mencionadas cobraron un auge inusitado e impensado pocas décadas atrás, cuando los difíciles tiempos de la construcción del Estado-nación argentino las habían sumido en un contexto de decadencia e incertidumbre. El creciente mercado de la capital ofrecía mayores posibilidades a los dueños de las estancias, quienes aprovechaban el incremento del lucro resultante de las actividades comerciales en Córdoba para apuntalar el desarrollo de nuevas obras que les permitían, a su vez, receptar mayores recursos, tanto económicos como sociales y, en ocasiones, políticos.
Asimismo, el desarrollo de nuevas vías de comunicación facilitó no sólo el tránsito de mercaderías, sino también de personas que, por diversas causas, llegaban a “Los Puentes”, uno de los nombres con que muchos reconocían a este paraje del sur de Punilla. En poco tiempo, surgieron los primeros hoteles para recibir a estos ocasionales visitantes, y en ciertos casos –por afinidad política y/o socioeconómica con Carlos N. Paz- las primeras viviendas para familias pertenecientes a los sectores más altos de la sociedad cordobesa. Paz, quien ya había donado el terreno para la construcción de la primera escuela del lugar y fijado las zonas de ocupación de su estancia de acuerdo al nivel económico de sus pobladores, encargó trazar –de acuerdo con la historiografía oficial- un plano con la determinación urbana del futuro pueblo a desarrollarse inevitablemente como consecuencia del progreso. Si bien hay algunos investigadores locales que han sostenido que este plano con fecha de 1913 es de dudosa datación, y que por ende la fecha de fundación debería tomarse a partir de la mensura del año 1921,(10) existen elementos que, más allá de esta disputa, permiten verificar que en estas primeras décadas del siglo XX comenzaron a surgir una serie de instituciones, edificaciones y trazados que, desde la década de 1930, servirían de base para el crecimiento urbanístico de la comunidad.(11) La incipiente actividad comercial, hotelera y de servicios marcaba, sin dudas, el empuje de un sector que, ante la falta de un mayor dinamismo de la producción pecuaria y agraria, esperaba el momento propicio para articularse a un factor de desarrollo económico y social diferente, que hasta entonces sólo alcanzaba a pocos sitios y era disfrutado por un grupo minoritario de la sociedad: el turismo. Pero será sólo a partir de la década de 1930 cuando las cadenas que limitaban este potencial se verán liberadas, gracias a la decidida acción de una burguesía “extranjera”(12) preparada para sacar el máximo beneficio de una población en camino de urbanizar su modo de vida.

A través del Estado, Tay-Pichín se convierte en el “moderno” San Marcos Sierras    
Mientras las “fuerzas del mercado” lograban la modernización de las unidades rurales del valle de Punilla, hacia principios de la década de 1890 era el Estado provincial que impulsaba la transformación de la comunidad indígena de San Marcos o Tay-Pichín en un espacio poblacional cuyo modo de subsistencia se amparaba bajo los parámetros del mercado capitalista.
De acuerdo con el relato de Yamil Nievas del Castillo, este hecho se desarrolló entre los años 1891 y 1893:

El 22 de diciembre de 1891, la Legislatura, por ley 854, hace Mensurar, por medio del Departamento Topográfico, las tierras ocupadas por las comunidades indígenas, [sus integrantes] resolvieron que una Comisión de Comuneros, indicara el lugar para trazar una Villa.
El agrimensor Ramón S. Vivanco, comisionado para ir a aquel sitio, citó a los vecinos, hizo las mediciones sobre el terreno, confeccionó el plano, se remataron las parcelas y quedó disuelta la “Comunidad indígena”.
Las autoridades de Catastro aprueban lo confeccionado por Vivanco y el 27 de diciembre de 1893, se levanta un acta que es firmada por los interesados “en ese día y en ese lugar”. Según esa subdivisión, la Estancia de San Marcos, consta de 5925,7 hectáreas.(13)   

A fin de entender las razones de esta decisión, sin dudas debemos tener en cuenta la llegada del ferrocarril de la ciudad de Córdoba hasta Cruz del Eje, hecho que le permitió a los pueblos serranos contar con una moderna y más segura vía de comunicación. Si bien el funcionamiento de este ramal se puso en marcha hacia 1892, ya se venía construyendo la infraestructura necesaria para permitir que el tren uniera los pueblos serranos con la capital. Esto, en poco tiempo, alteró la tranquila atmósfera de la comunidad indígena, la cual ya no pudo conservar su antiguo status comunal. Las tierras adyacentes a los cerros de San Marcos, abundantes de algunos recursos necesarios para apuntalar las obras ferroviarias, fueron una tentación imposible de soslayar para quienes estaban a cargo del proyecto.

Un francés compró una de las casas más antiguas del pueblo que fuera residencia de los dueños de la estancia; había llegado como “contratista” del ferrocarril para la provisión de durmientes para las vías y taló quebrachos colorados en gran cantidad, ya que por esa época la vegetación era exuberante. Desde entonces las lomas y cerros quedaron casi “pelados” y comentan los viejos lugareños que los troncos secos de los otrora “añosos” quebrachos quedaron como mudos testigos de aquel [sic] tala.(14)

De esta forma, el Estado había dispuesto la distribución de las tierras a fin de que las mismas adquiriesen el carácter privado indispensable para sentar las bases capitalistas sobre las que, desde ese mismo momento, se construiría una sociedad apegada a las normas del “progreso” imperante. 
A partir de entonces, de forma progresiva comenzaron a llegar al poblado serrano los primeros inmigrantes, tanto de procedencia extranjera como de origen provincial y nacional. Algunos de ellos, los menos, traían consigo el capital suficiente que requerían las inversiones que le permitirían a San Marcos Sierras adentrarse en las vías de la modernización capitalista.

Los inmigrantes compraron y alambraron las tierras, apareció la propiedad privada, el comercio, se abrieron caminos, como el que une San Marcos Sierras con Capilla del Monte, llegaron los automóviles, ómnibus, taxis, etc.
[…]
Aparecieron las primeras pensiones y hosterías, los bailes con grabaciones y orquestas, el cine, el teatro, los pintores, poetas y escritores, los investigadores, en fin, San Marcos Sierras comenzó a conformarse como pueblo.(15)

Estas tierras, como explica Nievas del Castillo, pasaron fundamentalmente a explotarse para la producción hortícola, ya sea ésta para consumo directo o bien como materia prima destinada a su manufacturación.(16) El mercado de destino principal de la economía local eran las cada vez más pujantes localidades de Punilla, además de lo que se comercializaba en Cruz del Eje.

Por aquella época, la “comunidad indígena” quedó atrás y el lugar comenzó a ser conocido como el “pueblo de las quintas”; (luego fué [sic] la miel) ya que era el proveedor de frutas, verduras y hortalizas del Valle de Punilla.(17)

Desde esta misma corriente inmigratoria, como sucedía en buena parte del país, surgió también la mano de obra necesaria para poner en marcha el potencial productivo en manos de la burguesía local.(18) Sus trabajos, remunerados generalmente con dinero, permitieron consolidar una sociedad de sesgo capitalista, imponiéndose progresivamente a un modus vivendi comunitario y doméstico. Se podría decir, en forma resumida e inspirándonos en la clásica definición de Waldo Ansaldi, que se trató de una transformación “desde arriba”, llevada a cabo por la función piamontesa del Estado (en este caso provincial) a falta de una burguesía local que impulsase por sí misma semejante proceso.(19)
Bajo este contexto, y a semejanza de lo que ocurría con las estancias del sur de Punilla, la población local empezó a forjar las primeras construcciones indispensables para el sostenimiento de una moderna comunidad. Luego del acto de colocación de la piedra fundamental de la nueva escuela en 1912, comenzó cuatro años después la construcción del canal de riego de la banda sur, además de recibirse por donación el terreno para la edificación de la sede policial. Éstos eran, en definitiva, los primeros pasos en la conformación de un pueblo que, al igual que el poblado conocido como “Carlos Paz” o “Los Puentes”, se regía bajo el marco de convivencia típica de los poblados de las sierras cordobesas. Asimismo, había un valioso potencial a ser aprovechado, pero esta vez distinto al de sus pares punillenses: el alejamiento de las grandes urbes, la preservación del hábitat natural y una vida alejada del veloz ritmo de la urbanización resultaron ser un gran estímulo para la llegada de un sector social que, a partir de los años treinta, le dio a San Marcos Sierras una identidad única y diferente: los naturistas.

Continuará…

Notas:
(1) MOREYRA, Beatriz, La producción agropecuaria cordobesa. 1880-1930, Centro de Estudios Históricos, Córdoba, 1992.
(2) “Finalmente, el 24 de agosto de 1887, Rudecindo Paz cedió al gobierno de la provincia un terreno en San Roque que fue tasado en 80.000$... pero en el transcurso de dicho año se decidió elevar la altura del dique, por lo tanto el terreno a inundarse sería mayor que el tasado, realizando el Departamento Topográfico un nuevo informe fechado el 25 de agosto de 1888 que concluyó con una tasación total de 133.703 $. Tras prolongadas gestiones judiciales para determinar el valor de los campos, Rudecindo Paz entregó la superficie expropiada el 12 de noviembre de 1888.”, en: DE DENARO, Liliana, Pedanía San Roque. Donde los proyectos dieron sus frutos, Corintios, Córdoba, 2009, p. 40.
(3) “El 28 de diciembre de 1888, Rudecindo Paz le escribió al Ministro de Gobierno D. José del Viso, haciéndole llegar la siguiente propuesta: “Debiendo principiar en breve a represarse las aguas en el lago San Roque, ofrezco a SS sacar las cercas y los árboles comprendidos en los mismos en la zona que se me ha expropiado, limpiando en lo posible el terreno. Este trabajo lo haré gratuitamente siempre que se me deje utilizar en beneficio propio las maderas que pudiera sacar de allí”.
El 2 de abril de 1889 lo autorizaban a ejecutar la propuesta “siendo entendido que en ningún caso podrá interrumpir el libre tránsito por los caminos públicos.”, en: Ibíd., p. 42.
(4) “[En 1889] el Gobierno de Córdoba contrata el arreglo del camino desde Córdoba hasta el Cajón o Cuesta de San Roque, con el señor Nicolás Paoli, y recibe en 1889 la obra realizada por Perkins & Cía. Del camino y puentes desde Carlos Paz hasta el arroyo Las Mojarras y ese mismo año se contrata a Nicolás Paoli para arreglar el camino de la Cuesta de San Roque hasta el puente viejo del centro de Carlos Paz […].”, en: CABRAL, Carlos Hernán y TÁNTERA, Edgardo, Proyección histórica de Villa Carlos Paz, Editorial Iris, 2ª edición, Villa Carlos Paz, 1994, p. 31.
(5) “En la correspondencia que debía llegar a Carlos Paz, el remitente debía consignar todos los datos incluyendo la leyenda “por vía Cassaffousth”; ésta llegaba a la estación del ferrocarril ubicada en las proximidades al Dique, y a las dos de la tarde un empleado de Don Carlos que posteriormente dependió de los hermanos Carena, llamado Jesús López iba algunas veces a caballo y otras en sulky a retirarla para luego ser clasificada por las hijas de Don Carlos y luego ser distribuidas.”, en: CARENA, Ezio Armando, Villa Carlos Paz en el recuerdo, Tomo I, Tipografía Norfield, Córdoba, s/f, p. 136.
(6) “A partir de esa fecha [1901] Carlos N. Paz va consolidando sus posesiones y realiza nuevas compras de campos como “El Pantanillo” o el “Alto de las Arañas” (hoy Villa del Lago) que fue adquirido al Sr. Luz Moyano, reuniendo unas 1.600 has. […]. Luego compró “La Toma” al Sr. Cruz Palacio y “Agua de las Zorras”, tierras que anexó a su estancia y que fueron agregadas a la mensura que estaba realizando el Perito Manuel Indarte a partir de septiembre de 1907.”, en: TÁNTERA, Edgardo, 100 AÑOS. Los Jesuitas, El Canal y Carlos Paz, Quo Vadis, Bs. As., 2006, p. 13.
(7) "[...] la mayoría de los pobladores [del pueblo Carlos Paz] revisten la categoría de asalariados y peones rurales, [además de] algunos comerciantes a los que se suman en la temporada veraniega las numerosas familias procedentes de la ciudad de Córdoba […].", en: CABRAL, Carlos Hernán y TÁNTERA, ob. cit., p. 60.
(8) En la Conferencia de Jefes Políticos convocada por el gobernador Ramón J. Cárcano en 1914, Carlos N. Paz hizo hincapié en su discurso en la importancia de trazar una vía de comunicación entre Córdoba y los departamentos del oeste provincial, camino que sostenía debía pasar por Los Puentes: “Existen otras poblaciones de mayor importancia que en la actualidad están completamente incomunicadas con este departamento, como así también no poseen comunicación con los caminos de herradura que conducen a los departamentos de San Alberto, San Javier, Pocho y Minas.
Sería resolver el problema de vialidad, llevando a cabo la construcción de un camino de automóvil que cruce las Sierras de Achala, comunicando los departamentos ya mencionados, teniendo en cuenta que el departamento Punilla es más viable por el turismo de toda la República, como también del extranjero.”, en: DE DENARO, Liliana, Carlos Nicandro Paz. Estanciero-Político-Fundador-Fundamentalmente Visionario, Imprenta Corintios, Córdoba, 2009, p. 20.
(9) Para una lectura más profunda de la presencia de los jesuitas en La Quinta, ver: BINIMELIS, Antonio, El Legado Jesuítico en Villa Carlos Paz y obra del Hermano Antonio Font S.J., Quo Vadis Ediciones, Villa Carlos Paz, 2007.
(10) Ver: CARENA, Ezio Armando; MORAL, Pedro G., Antecedentes de la fundación de Villa Carlos Paz. 16 de julio 1921, s/d.
(11) De acuerdo con la historiografía oficial de la ciudad, se reconoce al plano trazado por el perito Lucas Vásquez González en 1913 como el hecho fundacional del pueblo Carlos Paz, el cual, según Liliana De Denaro, “[…] serviría como lugar de descanso al creciente número de viajeros que transitaban la zona rumbo al norte de Punilla o Traslasierra, ofreciendo un bello entorno.” DE DENARO, Liliana, Pedanía San Roque. Donde los proyectos dieron sus frutos, ob. cit., p. 75. En él, se trazaban las primeras arterias y loteos de la zona céntrica, la cual ya albergaba en la denominada “Banda Norte” una serie de edificaciones destinadas a ser ocupadas y aprovechadas por el sector socioeconómico más elevado, al que pertenecía el Sr. Paz. En la otra “banda”, vivían los trabajadores y pequeños comerciantes, además de los habitantes de la estancia La Quinta. En ambas, hacia principios de la década de 1920 ya contaban con los primeros servicios de electricidad, además de agua corriente provista por canales y acequias. La escuela Carlos N. Paz (1911) y el hotel del mismo nombre, al que en pocos años se sumó el hotel Yolanda, son otros hechos a tener en cuenta en este incipiente proceso de aglomeración demográfica y urbana.
(12) Se hace referencia a lo “extranjero” como proveniente de otras provincias de la República Argentina y, en algún caso, procedente de algún país vecino.
(13) NIEVAS DEL CASTILLO, Yamil, La historia de un pueblo. San Marcos Sierras, Iª parte, Ediciones Rumi Huasi – La Luna Que, Bs. As., 2006, p. 21.
(14) Ibíd., p. 22.
(15) Ibíd., p. 23. Las negritas son del autor de este trabajo.
(16) “Con la llegada de los inmigrantes […], se sembraron las tierras con diversidad de cultivos, como cebolla, ajo, batatas, tomates, pimientos, alfalfa, cebada, etc., se plantaron olivos, citrus, viñedos, nogales; se instalaron bodegas, fábricas de dulces y hasta una tienda.”, en: Ibíd., p. 22.
(17) Ibíd., p. 23.
(18) “También llegaron los constructores o albañiles y los apicultores, que convirtieron a San Marcos Sierras, en el pueblo de la miel; y fueron los pioneros en la provincia de Córdoba.”, en: Ibíd., p. 22.
(19) La función piamontesa del Estado es un concepto elaborado por el sociólogo Waldo Ansaldi, a fin de explicar los casos de centralización estatal llevada a cabo por un Estado y no por ningún grupo social en particular. Dicho proceso fue típico en el caso de la unificación del Estado italiano en la segunda mitad del siglo XIX, tarea que tuvo a su cargo el Estado piamontés. Ver: ANSALDI, Waldo, “Soñar con Rousseau y despertar con Hobbes. Una introducción al estudio de la formación del Estado Nacional Argentino”, en: ANSALDI, Waldo; MORENO, José Luis, Estado y sociedad en el pensamiento nacional, Cántaro Editores, Bs. As., 1989.

   
 
 
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